El desafío de la segunda temporada es unir los cabos sueltos de la primera entrega y hacer verídico un mundo enorme que juega con la realidad y la ficción.

  • 11 mayo, 2018

Por: Juan José Richards

En la primera temporada de esta serie de ciencia ficción nos enteramos de que los visitantes de Westworld pagan una enorme cantidad de plata por experimentar cómo era la vida del Lejano Oeste y también que llegan a este parque de diversiones –emplazado en un enorme y árido valle– para hacer lo que quieran, sin que sus actos tengan ninguna consecuencia.

¿La promesa? Descubrir quién es uno realmente. ¿La clave? La memoria, pero no la de los huéspedes sino que la de los “anfitriones” de este juego. Es decir, la carga recae en los habitantes de Westworld: robots, en apariencia idénticos a los humanos que los visitan. Estos droides fueron diseñados para que no puedan matar y están programados para repetir a diario las narrativas que los encargados del parque han escrito para ellos.

Como los robots olvidan, no hay secuelas reales. Por eso los visitantes se refieren a este lugar como “un paraíso” en el que no existe la culpa ni nadie que pueda juzgarlos. Es decir, una tierra sin dios ni ley. Esto hasta que, claro, el parque se transforma en un infierno. Tal como en Jurassic Park (1993) el caos irrumpe cuando las criaturas –parte fundamental de la atracción– comienzan a tomar decisiones por su propia cuenta. El parecido con la película de Spielberg no es casual, ya que abmas están basadas en novelas de Michael Crichton.

Si la primera temporada de Westworld narró cómo una creación del hombre puede adquirir conciencia a través de los recuerdos y sueños, la segunda temporada plantea un escenario incierto: qué harán los robots después de que descubren que son solo piezas reemplazables en un juego de millonarios. Sabemos que el primer paso es la rebelión, pero no sabemos hacia dónde lleva. El guion plantea varias posibilidades, todas muy atractivas, pero quizás lo más interesante sea ver cómo los guionistas hilan los distintos niveles de la trama sin perder veracidad.

Este desafío despierta un guiño a otra serie. Es que en su ambición y estructura, Westworld también se parece a Lost (2004). Al igual que esa producción –su primera temporada fue un éxito y se calcula que es la más vista entre las series originales de HBO–, es un drama de ciencia ficción protagonizado por un multitudinario elenco (cinco actores principales, una decena de secundarios y otros veinte que orbitan en torno a esos) y detrás de ella se encuentra el productor J.J. Abrams.

Pero a diferencia de Lost, que se extendió por seis temporadas y terminó por decepcionar a muchos de sus seguidores con su final abierto, aquí los cabos que aparentemente estaban sueltos en la primera temporada han encontrado un final creíble. Los guionistas se han preocupado de mantener el guion apretado y entretenido. La recién estrenada segunda temporada avanza rápido y a medida que lo hace, como espectadores nos damos cuenta de que los alcances de Westworld superan los límites del parque y sentimos un doble vértigo: queremos saber qué hay más allá y tenemos la esperanza de que el guion sea capaz de soportar un escenario mayor, mucho mayor. Tan grande como el tamaño de la Tierra.