Por: Aldo Cerda | ActionAbility Institute

  • 23 diciembre, 2019

La idea era seductora. Generar el foco de atención mundial en Chile durante dos semanas, construyendo la agenda climática de la próxima generación. La imagen de Greta Thunberg en complicidad con el presidente Piñera, enfrentando unidos el desafío de desacoplar el desarrollo económico de las emisiones de gases de efecto invernadero y dar una muestra del liderazgo del Sur para los problemas que el Norte nos endosó. La oportunidad de dar visibilidad a los avances de Chile en materia de economías renovables, bioeconomía forestal o generación de un cluster del hidrógeno. En síntesis: a la mayoría nos pareció una buena idea.

La Cancillería se oponía a ella. Quienes más conocen el complicado derrotero de las negociaciones climáticas no fueron capaces de alertar que el diseño original de una COP en Brasil buscaba sensibilizar al anfitrión para que relajara algunas de sus objeciones a los acuerdos, y que en el mismo momento que Chile se propuso para organizarla, se sabía que los brasileños apostarían a jugar contra los plazos impuestos por el Acuerdo de París y dejarían los temas del artículo 6 -creación de mercados de carbono como mecanismo de flexibilidad para la reducción de emisiones- para la COP26. El bloqueo estaba sentenciado.

Una COP no es un foro, ni un “evento” ambiental. La mayor parte de las ONG que celebraron su realización en Chile y que después coparon los espacios en Madrid, pensaron que ahí se podía “sacar al pizarrón” al Estado chileno sobre los temas pendientes de la agenda ambiental. No es el lugar. El gobierno erró al pedir financiamiento privado para el evento. Las empresas, presionadas, sintieron que habría lugar para mostrar sus historias y estrategias climáticas y ello generó un espacio de oposición a lo que se percibía como una captura de la agenda, hasta ciertas formas de greenwashing. La preparación de la COP estuvo centrada en Cerrillos, cuando lo relevante era adelantar las negociaciones en Bruselas, Itamaraty, Washington o Beijing.   

Probablemente, el único chileno que hubiera logrado algún resultado modesto en las negociaciones hubiese sido el ex presidente Lagos, quien conoce el entramado institucional de la ONU -al ser uno de los enviados especiales del tema hace unos años-, y porque se necesita peso y fuerza política internacional para atraer a los tomadores de decisión. Y aun así el resultado no está asegurado, como lo demuestra la experiencia fallida de la COP de Copenhague 2009, con el presidente Obama a la cabeza.

Nos tranformamos en el chivo expiatorio perfecto de la inacción climática. Eso es rotundo. ¿Ganamos algo o solo tenemos que aceptar pagar el precio de nuestro amaturismo? Hay tres ámbitos donde la apuesta trajo resultados positivos y son todos del ámbito interno:

a) Relevamiento de la carbono neutralidad: ninguna empresa importante del país pudo evadir el sentido de responsabilidad compartida respecto a este desafío, y todas se han movilizado en mayor o menor medida para demostrar logros concretos en el corto plazo. La COP25 aceleró el sentido de urgencia y ello se reflejará en la propuesta de las nuevas NDC (compromisos de Chile frente al Acuerdo de París) el 2020.

b) Incorporación de la ciencia: el recien creado Ministerio de las Ciencias buscaba “su lugar en el mundo” y el cambio climático fue el hogar perfecto donde depositar la energía de los investigadores.

c) Awareness ciudadano: la gente se une en torno a esta causa, y quizás lo más lamentable de que la COP25 no se realizara en Santiago era la multiciplicidad de iniciativas privadas y de la sociedad civil, que buscaban catalizar acciones de concientización y de respuestas individuales y colectivas a la emergencia climática. La respuesta amarga de la gente a los escasos avances en las negociaciones es un dato de la causa. El tema llegó para quedarse.