Después de completar una durísima década a nivel creativo y empresarial, el regreso de Woody, Buzz y sus amigos es automática señal de bonanza para Pixar: espera ganancias por un billón de dólares, pero sobre todo la chance de replantear su misión, cambiar de líderes y buscar nuevos horizontes.

  • 21 junio, 2019

A mitad de camino en Toy Story 4, Bo Peep –la estilizada pastorcita de porcelana, desaparecida desde la segunda entrega de la serie– lleva a Woody al tope de un carrusel de parque de diversiones. Desde allí no solo se ven los juegos y sus visitantes, sino la calle de enfrente, la de más allá y luego la ciudad, las nubes y el cielo. Woody podrá tener un niño que lo cuida, un techo sobre su cabeza y toda una tropa de juguetes que comandar en múltiples aventuras, pero Bo Peep tiene ante sí nada menos que el mundo.

Para una compañía como Pixar, que con 25 años y 21 largometrajes a cuestas ha hecho de la familia, la amistad y la calidad de los lazos afectivos, la fuente principal de sus ficciones, esta enérgica defensa de la libertad y el camino propio equivale poco menos que a una refundación, a una nueva declaración de principios, y puede que eso sea justo lo que la empresa necesita de cara a la nueva década, porque la que se está acabando vaya que fue difícil para Buzz Lightyear y asociados.

El negocio sigue estando en azul, pero el panorama actual dista mucho del que existía en junio de 2010, cuando el estreno de Toy Story 3 coronaba al estudio como el emprendimiento más lucrativo y creativo en Hollywood: al contrario que sus competidores, Pixar no necesitaba salvarse cocinando una secuela tras otra, y sus mejores esfuerzos (Los increíbles, Ratatouille, Wall-E, Up) tenían aspecto de clásicos instantáneos. Adquirida por Disney en 2006, después de años de negocios en conjunto, sus personajes superaban por lejos en popularidad y adhesión, a los de la compañía del ratón.

Fue entonces –con el mundo por delante– que todo se complicó, y en varios frentes porque:

-Ser una empresa Disney implica secuelizar. De los diez títulos estrenados en la última década, seis han sido continuaciones (Cars 2 y 3, Monsters U, Buscando a Dory, Los increíbles 2, Toy Story 4) y sólo cuatro originales (Valiente, Intensamente, Coco y El buen dinosaurio).

-Los costos fijos subieron. El presupuesto promedio de un filme de Pixar ronda los 200 millones de dólares, a los que se suman otros 200 por concepto de marketing. De acuerdo a esas cifras, películas como Valiente (540 millones de recaudación), El buen dinosaurio (332), Cars 2 (562) o Cars 3 (383) se quedaron cortas. No esperen el regreso del Rayo McQueen. No volverá.

-Llegó la sequía creativa. Aplicando los estándares a que el estudio nos tenía acostumbrados, los únicos nuevos clásicos de esta década han sido Intensamente (2015) y Coco (2017). La primera porque fue la única instancia en que la compañía pareció estar pisando terreno nuevo; la segunda, porque –aparte de apostar con fuerza por lo latino (otra novedad)– es básicamente una estupenda colección de “grandes éxitos”, con todas las temáticas favoritas de Pixar agregadas al mix.

-La compra de Pixar por parte de Disney implicó la partida de sus dos hombres clave hacia la casa matriz: Ed Catmull –creador de los algoritmos que permiten la animación digital– fue nombrado presidente de la división animada de Walt Disney Studios, y John Lasseter, el padre de Woody, Buzz, Nemo, Sully y un sinnúmero de otros personajes, pasó a convertirse en el jefe creativo de esa división. Desde allí orquestó el contraataque de Disney al mercado animado de la mano de Ralph el demoledor (2012, Frozen (2013), Zootopia (2016) y Moana (2016). Las críticas fueron favorables y las ganancias inmensas: de modo que toda la energía de Pixar no se perdió, simplemente se trasladó de lugar.

-Faltaba el golpe de gracia: la caída del mismísimo Lasseter, acusado de actitudes impropias con sus colegas mujeres. Presionados por la efervescencia del movimiento MeToo, a Disney no le quedó otra que dejarlo ir y entregarlo en bandeja al mejor postor: hoy, encabeza la división animada de Skydance, para escándalo de todas sus denunciantes.

No fue el único en marcharse. En febrero pasado, Lee Unkrich –montajista de la primera Toy Story y director de la segunda, la tercera, Buscando a Nemo y Coco, un baluarte presente en Pixar desde el inicio– también anunció que se iba, que se salía del juego.

Es en este escenario de recambio, de adioses obligatorios y sentidas despedidas, que Toy Story 4 se despliega en miles de pantallas, lista para recaudar al menos un billón de dólares (así de optimistas son las estimaciones), pero también para reforzar interrogantes pendientes. ¿Habrá más secuelas? Lo más probable. ¿Dónde está la generación que reemplazará a los pioneros? De que existe, existe: son los realizadores que crean los cortometrajes que corren antes de cada película; pero incluso ellos necesitan de alguien con mirada de conjunto y nervio para darles su oportunidad. ¿Pixar volverá a ser la chica bonita de la fiesta, esa con que todos quieren bailar? De eso, no hay seguridad: en términos de tamaño y repercusión mediática, el estudio palidece ante el impacto generado por los otros negocios de Disney (Star Wars y, sobre todo, Marvel). Mejor ni entrar a competir ahí. Sin embargo, eso que parece un problema en el fondo es una ventaja: sin quererlo, Pixar ha vuelto a ser “pequeño”. Es verdad que ya no se manda a sí mismo, pero ahora que la atención de los jefes está en asuntos más urgentes quizás haya margen para arriesgar, innovar, cambiar de aires.

No es casualidad que ese sea, precisamente, el tema central de las nuevas aventuras de Woody y Buzz: los años que pasaron junto a Andy, su dueño original, se han vuelto recuerdos muy lejanos; las vacaciones que emprenden junto a la pequeña Bonnie y su familia los llevan literalmente a la carretera, a lugares desconocidos, a perderse, separarse y reencontrarse con viejos amigos como Bo Peep, quien ya no es una damisela en apuros, sino una intrépida amazona, una virtual figura de acción que vive al aire libre. Aunque la película no siempre esté a la altura de esa notable revelación, tiene suficiente combustible para infundir en ese viejo vaquero de tela y relleno un anhelo de nuevos horizontes. Buscarlos –“ir al infinito y más allá”–significa renunciar a cosas muy queridas. Pixar lo tiene claro. Sus espectadores, también.