En la hora del recuento, nada en la década audiovisual supera como fenómeno a la masificación del streaming: la gente se acostumbró a poner play, dejó de comprar entradas para las salas y ayudó a crear a un titán mediático (Netflix). Los que sí fueron al cine, consumieron Marvel y Disney, como si el mundo se fuese a acabar. ¿Y qué hay de las otras películas, los clásicos del mañana? Siguen ahí y seguirán, pero hay que cuidarlas: así como están las cosas, su futuro no está asegurado.

  • 12 diciembre, 2019

Vamos al grano. ¿Cuál fue la mejor película que vieron esta década?

La que les voló la cabeza y los atornilló en el asiento. La que no olvidan, la que se repitieron varias veces, recomendaron a los amigos o se compraron en blu ray. La que los emociona todavía, cuando se la topan en la tele. La que -a juicio de ustedes- tarde o temprano se convertirá en un clásico.

Ok, ya tienen el nombre. ¿Recuerdan dónde la vieron? ¿Era en inglés, en español o en otro idioma? ¿Fueron porque había ganado premios, porque leyeron las críticas, o porque simplemente estaba en cartelera? ¿Era con actores o de monos animados? ¿De superhéroes o con gente de a pie?

Dependiendo de las respuestas, la década audiovisual que cada uno de nosotros experimentó puede ser radicalmente distinta: como nunca en la historia del cine, los últimos diez años fueron testigos de una intensa fragmentación fílmica y luego de una violenta concentración de contenidos y recursos. La galaxia explotó en todas direcciones y después se contrajo al tamaño de una nuez, arrastrando en ese intenso viaje a productores, cineastas, artistas y técnicos, pero sobre todo a la audiencia, a espectadores que allá por 2010 creyeron estar mirando en todas direcciones, pero que en las puertas de 2020 parecieran estar condenados a ver más de lo mismo.

¿Qué nos pasó? Es cosa de mirar alrededor nuestro: ahí están los que completaron el arduo tour por las 22 películas de Marvel, y que volverían a repetírselas. También los que, poco a poco, fueron abandonando el embrujo de Star Wars y lo cambiaron por nuevos y más adictivos cultos. Los que renunciaron a seguir yendo a una sala de cine para entregarse con pasión a su smart TV y los que fueron un paso más allá y ahora miran, sin culpa alguna, sus series favoritas en el celular. Los que se aburrieron de la cartelera limitada de las multisalas en el mall y se aventuraron por nuestra Cineteca o las salas independientes. Los que se acostumbraron a consumir secuelas, reboots y franquicias como quien se devora una hamburguesa de doble queso. Ah, y los que celebraron nuestros dos premios Oscar, prometiendo ver más cine chileno, y rápido olvidaron la palabra empeñada…

Partimos cada década creyendo que somos un tipo de espectador y la finalizamos convertidos en otro. Si no me creen, pregúntense ustedes mismos: ¿cuándo fue la última vez que compraron un filme en DVD, que revisaron la programación de los canales del cable o esperaron para ver una película en TV abierta? ¿La pantalla en la que estás leyendo esta nota es la misma que ocupas para mensajearte por whatsapp y para loggearte a Netflix? No me extrañaría.

En algún momento de esta compulsiva y revuelta década, el cine se digitalizó sin vuelta y el espectador pasó de ser alguien que se compra una entrada a un sujeto pasivo que, sentado desde su sofá, va surfeando carátulas sin cesar y sin que lo convenza ninguna. ¿Cuándo ocurrió? ¿2014, 2016, el año pasado? Tal vez fue para mejor: ahora ya no hay que ir a darse vueltas por el videoclub y una app como Netflix es mucho más barata que la suscripción al cable. O quizás se volvió peor: ¿qué pasa cuando la serie que seguías en streaming abandona la app? ¿Cómo la continúas?

Del espejismo 3D a los límites del streaming

Lo que en principio parece un dilema doméstico está al corazón de lo que transformó en estos años nuestra relación con las imágenes. Verán, para efectos de este 2020 que se nos viene encima, una película ya no es sólo una “película” (es decir, un relato audiovisual que nos entretiene, nos conmueve y nos hace reflexionar). Hoy, en cambio, una película es esencialmente “contenido”: una unidad de información que se suma a otras unidades similares y a veces las reemplaza. Piénsenlo por un minuto. Quien maneja la cantidad necesaria de contenido, maneja los recursos. Así es como se programan hoy las películas en las multisalas, y así están desplegadas en el menú de Netflix. Es la forma en que las vende Amazon y la manera en que acabamos consumiéndolas, una detrás de otra. Contenido. ¿Suena muy deprimente?

Al principio de la década, sin embargo, no lo parecía. Allá por 2010 -en plena crisis subprime-, la industria parecía en extremo saludable: el estreno de Avatar, el año anterior, había batido récords y despertado interés por el 3D y otra clase de narrativas inmersivas. Maestros como Spielberg (Tintin), Scorsese (Hugo), Wim Wenders (Pina) y Werner Herzog (La caverna de los sueños olvidados) preparaban sus propias aventuras en tres dimensiones; Peter Jackson se lanzaba a filmar El Hobbit en 48 cuadros por segundo (al doble de la velocidad habitual de proyección de un filme) y los estudios lo dejaron hacer hasta que la fantasía se desinfló: filmar con cámaras estereoscópicas resultaba carísimo. Era mucho más fácil crear el efecto 3D en postproducción, a la mala; pero claro, no se veía igual y el público dejó de comprar tickets. Fin del sueño futurista.

No pasó lo mismo con la conversión del formato físico al cine digital, iniciada en la década anterior. A ese tren no lo detuvo nadie, al punto que hoy nos cuesta recordar los días en que una película se proyectaba a partir de pesados rollos de polyester de 35 mm de ancho y no estaba contenida en un disco duro con clave. La transformación -que a nivel mundial se completó, aproximadamente, en 2015- significó gastos millonarios para los dueños de las salas, pero abarató de golpe los costos y tiempos de filmación de una película: un rodaje de 60 días ahora podía realizarse en un mes, y eso sin hablar de las infinitas posibilidades para trabajar el montaje, la corrección de color, el sonido y los efectos especiales. Felicidad.

El problema vino después: si un rollo de 35mm puede durar unos 200 años, ¿cuánto tiempo se puede almacenar una película en formato digital? De partida, no puedes guardarla eternamente en un disco (porque la info se corrompe), sino que debes ir migrando constantemente el material de una cinta de almacenaje a otra, a un costo que con el tiempo se vuelve astronómico. ¿Quién tiene el dinero suficiente para hacerlo? Los estudios. Y sólo lo tiene para títulos que generen dinero. Un botón de muestra: se calcula que, a menos que nuestra Cineteca Nacional intervenga, cerca del 90% de las películas chilenas filmadas en esta década se perderá, alojadas en discos que ya no se podrán reparar.

Alguien dirá: “pero, qué importa; si ahora todas las películas están en la nube, en la web”. Bueno, en eso consistía la extraordinaria promesa del streaming: que el cine dejase atrás, y de una vez por todas, los formatos físicos. Ahorrar espacio en tu biblioteca, cargar la película en un dispositivo o -mejor aún- usar una porción de tu banda ancha para descargarla desde un servidor remoto. En rigor, un servicio como Netflix hizo con las películas lo que años antes YouTube había hecho con la música, generando miles de millones en el proceso y una gran experiencia en los usuarios, hasta que estos se dieron cuenta de los límites del sistema. Los servidores no eran infinitos: para dejar su espacio a nuevos títulos, los antiguos iban dejando la plataforma. Las licencias de los productos expiraban: este 31 de diciembre, Friends desaparecerá de Netflix, para volver a mediados del próximo año en la plataforma de Warner, porque mientras la gran N roja se ve obligada a producir a toda velocidad sus propios programas para dar variedad a su app… los competidores se están armando hasta los dientes: aparte de la N roja, el mercado de streaming en 2020 incluirá a Apple, HBO Max, CBS Universal y al que se asoma como el candidato a vencer: Disney +. Visto lo anterior y si el precio del dólar te lo permite, ¿cuántos servicios de streaming estarías dispuesto a contratar? Pregunta para la próxima década.

Marty versus el ratón

El papel que Disney jugó en todo este proceso fue clave: no sólo porque al licenciar buena parte de sus clásicos a Netflix permitió que en menos de diez años esta pequeña empresa de arriendo de películas se convirtiera en uno de los cinco grandes estudios de Hollywood, sino porque en ese mismo lapso, la compañía del ratón se encontraba abocada nada menos que a conseguir la dominación mundial. La tarea ya está prácticamente conseguida tanto en términos de mercado (fueron pioneros a la hora de operar en China) como de acceso a franquicias: hoy poseen los filmes de Pixar, Marvel, Lucasfilm (Star Wars) y desde hace un año, todo el catálogo de 20th Century Fox. De los siete filmes que han superado los mil millones de dólares en recaudación durante 2019, Disney produjo o coprodujo los seis primeros (Avengers: Endgame, El rey león, Spider-man: lejos de casa, Capitana Marvel, Toy Story 4 y Aladdin). Canasta redonda para los accionistas de la empresa, pero un triunfo que se ha conseguido a expensas de algo fundamental. miren la lista otra vez y se darán cuenta de lo que une a este sexteto. Todo es material previamente existente, secuelas, filmes interconectados o remakes. Cero material nuevo. Cero creatividad. De hecho, Disney parece estar minando su catálogo con la lógica del fracking petrolero: fracturando la materia prima, pero corriendo altos riesgos contaminantes. Saturando a su audiencia con lo que ésta consume sin parar (cintas de superhéroes, animación y nuevas versiones de clásicos), a riesgo de colapsar incluso hasta los más fieles.

Así las cosas, no extraña que el director Martin Scorsese -otro de los protagonistas de la década- haya insistido en las últimas semanas en referirse a los productos Marvel no como cine sino como la versión audiovisual de un parque de diversiones. Su declaración causó previsible polémica en el medio, pero lo más notorio fue la reacción airada de los fanboys, quienes atacaron incansablemente al director de El irlandés en las redes (como si éste fuera a leer sus posteos); un fenómeno a mitad de camino entre la lealtad corporativa y la barra brava que en esta década se ha ido repitiendo con más y más intensidad, a medida que las cintas de gente con capa iban convirtiéndose en el centro de la producción hollywoodense y relegando todo lo demás a los márgenes, incluso a los filmes de Oscar. Interesantemente, Scorsese no mencionó en sus declaraciones a la séptima película que traspasó en 2019 el umbral de los mil millones: Joker, el payasito triste y descontrolado, que reventó la taquilla, anticipó numerosos estallidos sociales (incluido el nuestro) y cuyo modelo “para mayores” -un segmento fuera del alcance de Disney- podría convertirse en piedra basal para el cine-espectáculo que vendrá. Otra pregunta para la próxima década.

El buen Henri

¿Y el otro cine? ¿Ese de gente que no vuela por los aires ni posee una historia de origen o archienemigos? Al contrario de lo que ocurrió en la década pasada, cuando se benefició de una súbita mundialización, creada por la expansión del DVD y la moderna estructura de los festivales de cine, las películas como alguna vez las conocimos hoy lo tienen más difícil. Por un tiempo, Amazon Studios y Netflix funcionaron en clave de paraguas protector de jóvenes realizadores, pero en la medida que las guerras del streaming se resuelvan a punta de clicks, ese camino se cerrará también para ellos. No es casual que directoras mundialmente reconocidas como la argentina Lucrecia Martel hayan conseguido estrenar sólo una película en diez años (Zama) y que tipos tan respetados como Almodóvar le hagan la cruz a todo lo que no ponga a las salas del cine al centro de la experiencia; pero claro, él puede hacerlo porque la mayor parte de su obra está y estará siempre asociada al viejo formato, a la antigua forma de mirar, provisto que ésta continúe existiendo. Hay razones para creer que lo hará: aunque cada vez cuesta más que la audiencia salga de casa, la experiencia de sala aún es considerada como un plus. Quizás ya no da para recintos de 400 butacas y más (reservados para Star Wars y sus secuaces), pero sí en cines de pequeño formato, alejados del modelo del mall y más cerca de la lógica de un club, con concepto, miembros suscritos y misión. En la medida que los servicios de streaming sólo promocionen producto nuevo y masivo, serán los microcines los llamados a cultivar las vanguardias, rescatar los clásicos y diversificar las formas de mirar. No es una tarea muy distinta a la que hace casi 90 años emprendieron Henri Langlois y la Cinemateca Francesa. En su tiempo, muchos le dijeron que el buen Henri estaba loco, que una aventura así no tendría futuro, pero se les olvidaba un detalle. La historia -en especial la historia del cine- tiende a ser circular.

Y LAS MEJORES SON…

¿Será posible que con, sólo reunir cierta cantidad de títulos, uno pueda calar la esencia de una época?

La verdad, el primer impulso es tirar la esponja y admitir que ninguna lista alcanzará a satisfacer todos los caminos insinuados durante los 2010s (revisen el recuadro de las mejores 36, para ver si coinciden con las suyas). A comienzos de la década, el mundo audiovisual apostaba por David Fincher, tras ver su fascinante versión de los orígenes de Facebook (The Social Network, 2010), pero el manto de aspirante a maestro americano lo arrebató Paul Thomas Anderson, quien con su retrato del líder de un reservado y caprichoso líder de un culto (The Master, 2012), anticipó de forma escalofriante los trumpianos días que se venían por delante. Aunque los cines se repletaron con megaproducciones basadas en comics, los mejores espectáculos no necesitaron de gente con superpoderes: nos bastaron una carnavalesca versión del apocalipsis (Mad Max: Fury Road, 2015), una aventura al interior de la propia conciencia (Inception, 2010) y la magnetizante evocación de una era perdida (Once Upon a Time in Hollywood, 2019), y también la aparición de una nueva oleada de cine de terror, ideal para conjurar un presente plagado de tensiones familiares, políticas y medioambientales, expresados en un cine de elementos mínimos: una madre, su hijo y una casa cargada de viejos terrores (The Babadook, 2014); o un grupo de colonos desterrados al borde de un bosque, que cada noche llama a la hija mayor, a compartir sus misterios (The Witch, 2016). Los 2010s fueron además terreno fértil para toda clase de experimentos: filmar, durante 12 años, cómo un niño va transformándose en adolescente (Boyhood, 2014); internarse en la selva colombiana en un viaje iniciático, en el que se hablan 25 lenguas diferentes (El abrazo de la serpiente, 2015); rescatar una película inconclusa de Orson Welles y atrapar el soplo de su genio (The Other Side of the Wind, 2018); o simplemente largarte a filmar con tus actrices favoritas y terminar con una cinta de 14 horas de duración, tan genial como desbocada (La Flor, 2018). Da escalofríos advertir que los mejores títulos de este decenio se despliegan como detalladas crónicas de desintegración del núcleo social ya sea visto desde una perspectiva económica (The Wolf of Wall St., 2013), de manipulación política (Leviathan, 2014), profunda desigualdad de clase (Post Tenebras Lux, 2014), encubierta guerra civil y de vecino contra vecino (The Act of Killing, 2012); un escenario donde incluso el centenario combate entre fe y ateísmo se desfonda, en medio de cavernarias pulsiones fanáticas (Más allá de las colinas y First Reformed). Es un escenario donde no queda títere con cabeza, pero uno que también le da libertad de acción a cineastas a punto de cumplir 90 (Godard y Varda), que permite a Scorsese filmar una obra magna (The Irishman) y es testigo de la consagración del inmenso talento del ruso Andrey Zvyagintsev. Hace diez años se lo consideraba el gran heredero de Tarkovsky; hoy es él quien va abriendo camino a lo que vendrá en los próximos diez.

Mad Max, Fury Road

El abrazo de la serpiente

La Flor, 2018

Post Tenebras Lux, 2014

Las 100 mejores de los 2010s

2010

Alle Anderen (Alemania), de Maren Ade

Inception (USA), de Christopher Nolan

Incendies (Canadá), de Denis Villeneuve

Madre (Corea del Sur), de Bong Joon-ho

Meek’s Cutoff (USA), de Kelly Reichardt

Nuestro querido mes de agosto (Portugal), de Miguel Gomes

Somewhere (USA), de Sofia Coppola

The Ghost Writer (UK), de Roman Polanski

The Social Network (USA), de David Fincher

Toy Story 3 (USA), de Lee Unkrich

You Will Meet a Tall Dark Stranger (USA), de Woody Allen

The Social Network

2011

El caballo de Turín (Hungría), de Béla Tarr

Érase una vez en Anatolia (Turquía), de Nuri Bilge Ceylan

La cueva de los sueños olvidados (Alemania), de Werner Herzog

Margaret (USA), de Kenneth Lonergan

Misterios de Lisboa (Portugal), de Raúl Ruiz

Moneyball (USA), de Bennett Miller

Oslo, 31 de agosto (Noruega), de Joachim Trier

The Tree of Life (USA) de Terrence Malick

Una separación (Irán) de Ashgar Farhadi

2012

Amour (Francia), de Michael Haneke

Holy Motors (Francia), de Léos Carax

Más allá de las colinas (Rumania), de Christian Mungiu

Óxido y hueso (Francia), de Jacques Audiard

Paranorman (USA), Travis Knight

Stories We Tell (Canadá), de Sarah Polley

The Act of Killing (Indonesia) de Andrés Oppenheimer

The Master (USA), de Paul Thomas Anderson

Silver Linings Playbook (USA), de David O. Russell

Skyfall (UK), de Sam Mendes

The Master

2013

Adiós al lenguaje (Francia), de Jean-Luc Godard

Before Midnight (USA), de Richard Linklater

De tal padre, tal hijo (Japón), de Hirokazu Koreeda

El cuento de la princesa Kaguya (Japón), de Isao Takahata

Es difícil ser Dios (Rusia), de Aleksei German

Her (USA), de Spike Jonze

Inside Llewyn Davies (USA), de Joel y Ethan Coen

La vida de Adele (Francia), de Abdellatif Kechiche

Like Someone in Love (Japón), de Abbas Kiarostami

The Wolf of Wall Street (USA), de Martin Scorsese

Upstream Color (USA), de Shane Carruth

The Wolf of Wall Street

2014

A Most Violent Year (USA), de J.C. Chandor

Alma negra (Italia), de Francesco Munzi

Boyhood (USA), de Richard Linklater

Citizen Four (USA), de Laura Poitras

Grand Budapest Hotel (USA), de Wes Anderson

Leviathan (Rusia), de Andrey Zvyagintsev

Locke (UK), de Steven Knight

Mr. Turner (UK), de Mike Leigh

Nightcrawler (USA), de Dan Gilroy

Post Tenebras Lux (México), de Carlos Reygadas

Sueño de invierno (Turquía), de Nuri Bilge Ceylan

The Babadook (Australia), de Jennifer Kent

Timbuktu (Mauritania), de Abderrahmane Sissako

2015

Cavalho dinheiro (Portugal), de Pedro Costa

El abrazo de la serpiente (Colombia), de Ciro Guerra

El pequeño Quinquin (Francia), de Bruno Dumont

Mad Max: Fury Road (Australia), de George Miller

Taxi (Irán) de Jafar Panahi

The Big Short (USA), de Adam McKay

The Revenant (USA), de Alejandro G. Iñarritu

Taxi

2016

Aquarius (Brasil), de Klever Mendonça Filho

Cameraperson (USA), de Kirsten Johnson

Green Room (USA), de Jeremy Saulnier

Hell or High Water (USA) de David Mackenzie

La La Land (USA), de Damien Chazelle

No Home Movie (Bélgica), de Chantal Akerman

Paterson (USA), de Jim Jarmusch

Sieranevada (Rumania), de Cristi Puiu

The Love Witch (USA), de Anna Biller

The Witch (USA), de Robert Eggers

2017

A Ghost Story (USA), de David Lowery

Brawl in Cell Block 99 (USA), de S. Craig Zahler

First Reformed (USA, 2017), de Paul Schrader

Phantom Thread (USA), de Paul Thomas Anderson

Visages Villages (Francia), de Agnes Varda

Western (Bulgaria), de Valeska Grisebach

You Were Never Really Here (UK), de Lynne Ramsay

Zama (Argentina), de Lucrecia Martel

2018

Amazing Grace (USA), de Sydney Pollack y Allan Elliot

A Star is Born (USA), de Bradley Cooper

Guerra fría (Polonia), de Pawel Pawlikowski

I Am Not a Witch (Zambia), de Rungano Nyoni

Hereditary (USA), de Ari Aster

La Flor (Argentina), de Mariano Llinás

Roma (México), de Alfonso Cuarón

Sin amor (Rusia), de Andrey Zvyagintsev

The Mule (USA), de Clint Eastwood

The Other Side of the Wind (USA), de Orson Welles

The Rider (USA), de Chloe Zhao

Un elefante sentado y quieto (China), de Hu Bo

2019

Atlantique (Senegal), de Mati Diop

Diane (USA), de Kent Jones

Dolor y gloria (España), de Pedro Almodóvar

Joker (USA), de Todd Phillips

High Life (Francia), de Claire Denis

Once Upon a Time in Hollywood (USA), de Quentin Tarantino

Parasite (Corea del Sur), de Bong Joon-ho

The Irishman (USA), de Martin Scorsese

The Souvenir (UK), de Joanna Hogg


¿Y en Chile?

En términos puramente de resultados, esta ha sido la década más exitosa en la historia de nuestro cine: dos premios Oscar -incluyendo uno a Mejor Película Extranjera (Una mujer fantástica), presencia destacada en los festivales más importantes, un título que superó los dos millones de espectadores (Stefan vs Kramer, en 2012) y sobre todo la maduración de la llamada generación “novísima”, que ha cumplido con creces lo que ya había insinuado en los 00s. Eso sí, no todo son buenas noticias: mientras algunos cineastas intentan localizar su base de operaciones afuera (Lelio y Larraín), los que permanecen en Chile han quedado a merced de fondos concursables, escasa motivación de las compañías de streaming por incorporarlos a sus plataformas y nulo interés de nuestra TV por coproducir. Eso pinta un complejo panorama para la nueva generación de realizadores, quienes en los 2020s no lo tendrán fácil, ante el desafío de superar la cosecha de estos años.

Como botón de muestra, aquí va una selección de diez títulos esenciales:

Nostalgia de la luz (2010), de Patricio Guzmán

NO (2012), de Pablo Larraín

Gloria (2013), de Sebastián Lelio

La once (2014), de Maite Alberdi

Crónica de un comité (2014), de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola

Invierno (2015), de Alberto Fuguet

El viento sabe que vuelvo a casa (2016), de José Luis Torres Leiva

La directiva (2017), de Lorena Giachino

La casa lobo (2018), de Cristóbal León y Joaquín Cociña

Los reyes (2019), de Bettina Perut e Iván Osnovikoff