¿A qué se dedica un espectador cuando no hay estrenos de cine, y cuando -comparado con lo que está sucediendo “allá afuera”- el streaming se vuelve irrelevante y los canales abiertos no dan el ancho? Una solución es apagar la tele. La otra es seguir mirando, pero afinando la visión.

  • 9 noviembre, 2019

No les pasó que estas semanas que pasaron les costó ver películas? Se quedaron atrás en las series y tampoco buscaron otras nuevas. Es casi seguro que lo último que vieron en un cine fue Joker. Y si prendieron la tele fue para ver noticias; luego, se saturaron con la cobertura, con los rostros que opinaban, con el loop de imágenes que corrían, y entonces la apagaron, estresados por la sobrecarga audiovisual e intuyendo que era el momento de darle la espalda al aparato, porque lo que estaba ocurriendo allá afuera, sea que lo miraras por la ventana o salieras a la calle, provocaba sensaciones más intensas que cualquier ficción, y por eso no podías seguir consumiendo historias ajenas. Te bastaba y sobraba con la tuya.

En el momento en que escribo estas líneas -primer fin de semana de noviembre-, el escenario es inédito: las multisalas todavía no funcionan con horario completo, no se han estrenado nuevas películas en casi veinte días y algunos filmes como Pacto de fuga, la producción chilena sobre la fuga de presos políticos en 1990, programada originalmente para el 24 de octubre, simplemente salieron del calendario y no tienen fecha para comenzar a circular. Peor lo tuvo Maléfica 2, que llegó a salas el jueves 17, justo antes que las protestas se masificaran y que, por lo mismo, hará historia como la superproducción Disney que menos recaudó en su paso por los cines nacionales. Cumplo con mencionarlo, aunque creo que a su audiencia potencial el dato no le importará en lo más mínimo, y me pregunto si esa indiferencia habrá afectado también al streaming.

Hace un par de semanas, alguien de mi timeline en Twitter se quejaba (y con razón) de que no encontraba el ánimo para ver el primer capítulo de Watchmen, en HBO: fue uno de los debuts de serie más esperados de la temporada, pero en ese momento (el domingo 20 de octubre) no había estómago para ver otra distopia social, independiente que llegase con excelentes críticas. En realidad, no había estómago para ver ninguna cosa. Después de un largo finde con la televisión apagada, el lunes 21 la prendí, para ver si decía algo distinto a lo que escuchaba por la radio: alcancé a Don Francisco llorando en cámara. Apreté off. No se diga más. Esa misma noche -la tercera del toque de queda- puse el bluray de Casino con la excusa de revisar uno más de los filmes de mafiosos de Scorsese de cara a la inminente aparición de The Irishman, a fines de noviembre. Escapismo, dirán ustedes. Y sí, escape a full. A veces hay que escapar, aunque sea por un rato.

Recién un par de días más tarde me atreví a dar unas vueltas por Netflix. Sin concentrarme mucho, vi el primer capítulo de Inside Bill’s Brain, la miniserie documental sobre Bill Gates, pero la dejé hasta ahí. No pude seguir: quedé ahogado entre su vocación filantrópica, las anécdotas de su vida, sus triunfos y sus pérdidas. Incluso en las derrotas el sujeto salía bien parado y sin fisuras, como si el programa fuese en realidad una especie de infomercial y no un producto basado en una historia real.

Tal vez ya estaba hipersensibilizado y con exceso de información. Y no era el único: por más que esta sea una era en la que vivimos bombardeados de estímulos visuales -todo el día, todos los días-, la cabeza del espectador medio continúa funcionando a la antigua. Construyéndose desde “fuera hacia adentro”. Lo que experimentamos en el aquí y ahora inevitablemente modelará nuestra percepción de lo que vemos en la pantalla, y el efecto se redobla ante escenarios de crisis. De modo que, integradas a un nuevo set de acontecimientos, cosas que usualmente nos confortan y deleitan ahora nos pueden resultar intragables. O insultantes: buscando algo que mirar tras el fiasco de Bill Gates pasé por las “búsquedas populares” de Netflix en Chile. En el primer y segundo lugar aparecían The Purge 1 y The Purge 3, identificadas por sus nombres latinos: La noche de la expiación y 12 horas para sobrevivir: el año de la elección. Insólito. ¿En qué mundo de locura Netflix se atrevía a recomendarme un par de películas de terror acerca del caos que se desata una noche en Los Angeles, donde el gobierno permite que incendios, saqueos y asaltos sean usados como válvula de escape para reducir al mínimo la violencia urbana el resto del año? Puedo entender la ironía de la “recomendación”, pero ¿acaso la app y su algoritmo se estaban riendo en mi cara? Si era un chiste, no tenía nada de gracioso.

No es que nuestros canales abiertos hayan hecho la pega mejor. Al final de la tarde del viernes 25 -ese de la “marcha más grande de todas”- era cosa de volver de la calle, prender el aparato y ver que los animadores de turno estaban interpretando esas imágenes multitudinarias como si fuese el final de la Teletón. Como si la meta se hubiese logrado y el programa estuviese listo para echar a correr la cortina de créditos, cada uno para su casa, buenas noches los pastores. Fin. En su momento pensé “imposible que estén reduciendo todo lo que pasó a esto”, pero con el correr de los días los he entendido mejor: en términos del negocio y la lógica televisivos, no les quedaba otra que intentar asimilar a ese millón doscientas mil personas como un elemento más de un show cuya estructura de fondo, poco y nada tiene que ver con lo que está ocurriendo afuera de la pantalla, en la vida real. No importa si lo que se registra son marchas, cabildos, hechos violentos, saqueos o manifestaciones de armonía. Es el show en sí el que lleva la voz cantante, incluso cuando no está al aire, como comprobaron miles de televidentes hace unos días, cuando en vez de cubrir la marcha de turno, Canal 13 optó por transmitir Titanic. Mala idea. Súbitamente, el humorista y crítico de cine que habitan al interior de cada espectador despertaron y las redes sociales se llenaron de cómicos posteos sobre el filme de Jim Cameron, pero no sobre la romántica y desdichada historia de amor entre DiCaprio y Kate Winslet, sino acerca de las diferencias de clase y la desigualdad que separaban a los amantes. Si la gente en sus casas entendió el subtexto social desde el minuto uno, ¿cómo fue que al canal se le pasó? ¿Tanto les cuesta dejar de lado la “realidad televisiva”? ¿O será que en estos días todos estamos mirando debajo del agua? Las preguntas sobran, en estos días extraños y movidos.