Quizás lo que más inquieta de Joker es que –a pesar del circo mediático en torno suyo, del León de Oro de Venecia, de los ataques de la crítica y de su eventual identificación con los “indignados” que fantasean con derribar el sistema– la película se toma en serio a sí misma; de verdad cree en este agente del caos, la soledad y el horror.

  • 12 octubre, 2019

Actualizando el timeline de Twitter, a la salida de la función de Joker, me detuve en un posteo sobre las últimas protestas en Hong Kong: eran policías y manifestantes persiguiéndose por una larga avenida, en un extenso movimiento de cámara donde vuelan ropas, mochilas y paraguas, se escuchan balas y gritos, y más de un bombazo. Parecía una película. Más aún: se parecía mucho a la película que acababa de ver. Era cosa de reemplazar las máscaras antigases por unas de payaso, y la realidad comenzaba a acercarse de forma inquietante a la ficción. Porque, claro, aunque el personaje principal está sacado de las revistas de cómics, Joker no es exactamente una película de héroes. Nadie vuela por el aire, viaja al espacio, salva al mundo o reduce el crimen con tecnología de punta. Nadie parece estar comprometido a imponer la calma o el orden, porque esto más bien parece una casa de locos.

De seguro que al crear DC Black –una etiqueta especializada en relatos unitarios y de perfil adulto–, Warner no estaba pensando en elaborar reflexiones acerca de la crispación social de estos días, sino en explotar del modo más efectivo un mundo imaginario que ha generado millonarias ganancias a lo largo de los años, pero es indudable que el filme de Todd Phillips y Joaquín Phoenix les entregó dos productos por el precio de uno. En las semanas que vendrán, los millones recaudados servirán para darles confianza sobre su estrategia, en un momento en que la compañía debe aplicar máxima astucia para competir en un negocio dominado por los filmes de Marvel/Disney. Sobre lo otro, caben las dudas. El universo de Batman se ha revelado particularmente apto a la hora de alojar patologías urbanas y delirios de poder y control, de modo que no extraña verlo en el corazón de los muchos  dolores y angustias sufridos por Arthur Fleck (Phoenix), un marginado que ha optado sin mucha suerte por la comedia como vocación y terapia para tratar sus elevados niveles de perturbación mental: mientras sueña con aparecer en el show televisivo de Murray Franklin (Robert de Niro), el tipo se empeña en pulir una rutina de stand up que no va a ninguna parte y en ir arrastrando sus días disfrazado como payaso todo terreno, haciendo publicidad callejera, animando cumpleaños, yendo a hospitales, lo que sea. Cuando todo eso se va al carajo, cuando el consultorio deja de entregarle sus remedios, cuando su querida madre –con la que vive– muestra su propia paranoia, Fleck simplemente deja de resistir y se deja conducir donde la máscara –que ha llevado toda una vida puesta encima– lo quiera llevar. No es el único: el filme está repleto de sujetos que se aferran a lo poco que tienen con uñas y dientes, gente que abusa del prójimo antes que este abuse de ellos, zombies humanos adictos a los medios y que empatizan de inmediato cuando estos comienzan a cubrir cierto crimen cometido por un tipo con disfraz de payaso. Adivinen quién.

Si la trama les resulta familiar es porque, en lo que respecta a su argumento, Joker es una suerte de mazamorra entre Taxi Driver (el justiciero solitario), El rey de la comedia (su obsesión con los medios), Network (la identificación del público con esa variedad de locura), Psicosis (los delirios del protagonista) y un buen número de otros títulos –desde El gabinete del doctor Caligari y Atrapado sin salida hasta La naranja mecánica–, todos adaptados al interior de una Gotham City que evoca abiertamente el Nueva York de fines de los 70, una ciudad en crisis y en quiebra, cuyo recuerdo ha sido conservado a la perfección por decenas de películas acerca del infierno urbano. Hay quienes se han quejado por tantas referencias (en especial, las que tienen que ver con los filmes de Scorsese), pero estas se justifican en la medida que el propio personaje acaba por construirse y vestirse con material ajeno y de desecho, resignificando la basura consumida y luego arrojada por otros. Desde el ragtime que adorna el inicio de la cinta hasta la sardónica That’s Life, el clásico de Sinatra –y canción de cierre en cada capítulo del late show de Murray Franklin–, Joker opera dentro de los confines de una cultura del espectáculo que se define tanto en términos de carnaval como de cementerio: Arthur Fleck será un caso terminal, pero en su destartalado departamento ha estado consumiendo y adormeciéndose por décadas con las mismas películas, canciones y fantasías frecuentadas por el ejército de indignados que de pronto lo convierte en el símbolo de algo que parece una insurrección, pero que rápido se revela como otra estafa colectiva más, en la que lo único de valor es ese pobre idiota de cara blanca y pelo verde que va desplegando su miseria como si fuesen los pétalos de una flor. Eso porque, al contrario de lo que sucede en la celebrada The Dark Knight (2008), donde el director Christopher Nolan llevaba al límite la rutina del gato y el ratón entre el guasón y Batman, el antihéroe de Joaquin Phoenix no necesita validarse como contrapeso y némesis de hombre murciélago, sino como criatura que celebra sin vergüenza alguna su propia condición de inadecuado y marginal.

Y ahí es donde empiezan los problemas: ya que al eliminar de la ecuación al supuesto paladín de la justicia, desaparece de la historia toda pretensión de empate, de lucha entre bien y mal, restauración moral o gallito de poder. ¿Qué queda en su lugar?

Es materia de debate

Algunos críticos estado-unidenses que asistieron al debut de la cinta en el reciente Festival de Venecia (donde se llevó merecidamente el León de Oro a Mejor Película), captaron de inmediato el enfoque antisistema, pero sin aventurarse a identificar la furiosa horda de payasos que repletan las calles con un grupo político en particular. ¿Se trata de votantes de Trump o de opositores al gobierno? Otros fueron más lejos al insinuar que Warner Bros. había creado un producto hecho a la medida de la subcultura de los incels o célibes involuntarios, hombres que en diversas comunidades virtuales se definen a sí mismos como frustrados, resentidos, misóginos y racistas, y que –en al menos cuatro casos– han reivindicado para sí recientes matanzas colectivas. Eso de inmediato despertó el recuerdo de los doce muertos por el tiroteo en un cine de Aurora, Colorado, en julio de 2012, precisamente durante una función de Batman: The Dark Knight Rises. El estudio entró en modo control de daños, limitando el acceso de los periodistas a la premiere americana del filme, e incluso se habló de que algunas cadenas impedirían el acceso de gente disfrazada a sus cines. Joaquin Phoenix se paró y se fue cuando un entrevistador sacó el tema a colación, mientras algunos medios apenas pueden resistir la tentación de seguir buscando clicks con notas que solo existen para avivar la polémica. Un tanto opacada por todo ese circo –que más temprano que tarde se desvanecerá– se asoma la mueca del propio payaso, desde ya candidata a máscara favorita del próximo Halloween. Construida, al principio, a costa de generosas dosis de maquillaje y humillación; en la recta final, acaba por reemplazar al propio rostro, a la persona. No más Arthur Fleck. En su lugar, esa sonrisa. Roja.