¿Se han dado cuenta de que las series se han vuelto más cortas? Con tanto programa nuevo dando vuelta, y mucha gente dejándolas a la mitad, la industria ha optado por comprimir sus narrativas, ahorrar costos y apostar porque la audiencia mantenga la atención. La estrategia funciona. Por Christian Ramírez

  • 19 septiembre, 2019

A fines de mes, en la TV estadounidense se alcanzará una suerte de récord: la notable sitcom It’s Always Sunny in Philadelphia iniciará su temporada 14 en el canal FX, igualando la marca establecida por The Adventures of Ozzy and Harriet, allá por 1962. Pero lo más probable es que eso no le importe a nadie salvo a los fans. Porque la audiencia, esa audiencia que cada noche desliza el cursor del control por su pantalla plana, buscando algo nuevo que mirar en streaming, hace rato dejó de preocuparse por el número de temporadas de un programa.

Lo que solía ser una marca de solidez y excelencia –que la serie y su elenco regresaran el año siguiente, y el siguiente–, ahora no es garantía de nada. MASH llegó a los doce ciclos, Cheers a los 11, Friends a 10 y Seinfeld cerró en 9; pero esas cifras son de cuando los dinosaurios caminaban por la tierra y la televisión abierta pesaba lo suficiente para moldear la agenda. El cable, el streaming y la eventual guerra de apps que pronto se desatará entre Netflix, Disney, Apple y Warner, han convertido ese terreno en un campo minado, al punto de que el 19 de mayo pasado, cuando el último capítulo de Game of Thrones aún no salía al aire, muchos anunciaban que un fenómeno mediático de ese tamaño no volvería a repetirse jamás. Pero, ¿cuáles serían las razones?

De partida, los costos. Si una serie se renueva, cada año que pase su presupuesto aumentará. El valor promedio de un episodio de la octava temporada de GoT era de 15 millones de dólares, el más alto alcanzado por un programa semanal. Aunque HBO hubiera querido, no habría podido seguir estirando el chicle: ese modelo de negocios ya no daba para más. Otro elemento clave es el elenco. En la medida que la “era dorada” de la TV continúa, cada vez es más sencillo atraer actores destacados, muchos de los cuales vienen huyendo de la avalancha de películas de superhéroes, secuelas y reboots que azota a la industria. Pero el sueño de tener a Meryl Streep en tu show –algo que consiguió la segunda temporada de Big Little Lies– siempre es efímero: los productores la contrataron a sabiendas que su personaje no regresará, al menos en el corto plazo. Por último, no hay que olvidarse del público y su capacidad para conservar el interés. En un escenario donde debutan 300 series al año, nadie es capaz de verlo todo; de modo que lo que se privilegia es la novedad y la capacidad del producto para despertar curiosidad. Así, el show revelación del mes pasado puede hacer agua al mes siguiente, si el interés de la audiencia se desplaza en la app a la columna de los “recién llegados”. Si en los viejos tiempos era más sencillo hacer control de daños –a los programas “desinflados” simplemente se les sacaba del aire–, hoy no es tan fácil: Netflix y sus competidores funcionan encargando temporadas completas, apostando porque el usuario hará click sobre todos los capítulos, pero al mismo tiempo corriendo el riesgo de que el sujeto abandone. De hecho, ¿alguno de ustedes supo cómo terminó Orange is the New Black? La séptima temporada subió a Netflix a fines de julio, pero pocos se dieron por enterados. Medio mundo estaba mirando otra cosa. ¿Qué? Series más cortas, claro.

Productos autocontenidos. De esos que se maratonean entre sábado y domingo, y se pueden comentar a partir del lunes. De hecho, gran parte de lo que ha marcado a fuego el año televisivo posee esa impronta. Si ya vieron Chernobyl (5 episodios), Years and Years (6), la segunda temporada de Fleabag (6) o la segunda de Barry (8), entenderán perfecto. Es material de altísima calidad, pero que no obliga a estar más de cinco horas frente a la tele. Y lo mejor: quedas libre para abordar sin culpa el siguiente ítem en tu playlist. Meta superada.

Chernobyl

No es una fórmula nueva. Al contrario, es una de las más antiguas: la BBC adoptó el formato de seis episodios a fines de los 60, para no fundir a los guionistas y para ahorrar costos. Hollywood, en cambio, siempre consideró a las series como dispositivos para alojar tandas comerciales, de suerte que a mayor cantidad de capítulos por temporada, mejor. Hasta principios de este siglo, el estándar era de 22 nuevos episodios por año, los que bajaron a 13 una vez que HBO impuso su fórmula con las hoy legendarias The Sopranos, Deadwood y The Wire.

Fleabag

Durante una década esos 13 capítulos parecieron manejables –GoT funcionó con esa lógica, también Mad Men y por supuesto Breaking Bad–, pero en los últimos tres años la tendencia se quebró: Better Call Saul, la secuela de BB, solo aporta 10 episodios en cada entrega, y lo mismo ha ocurrido con American Horror Story, Veep y la elogiadísima Sucession. El reciente acuerdo de coproducción entre HBO y BBC –y cuyos primeros frutos fueron Chernobyl y Years and Years– tal vez lleve el modelo aún más lejos, en un momento en que las apps de streaming necesitan contenidos diversos, y no más capítulos de lo mismo.

Quien parece haberlo tenido todo claro –y desde hace años– es David Simon, el creador de The Wire. Desde que la serie terminó, en 2008, el hoy considerado padre fundador de la “nueva televisión” ha vuelto a apostar por el formato largo en solo una ocasión más –con Treme (36 episodios)–; el resto de su siempre excelente material es de corto aliento: The Corner (6 capítulos), Generation Kill (7), Show Me a Hero (6). No es casual que la esperada tercera temporada y final de The Deuce –una serie ambientada en el mundo de la pornografía neoyorquina, durante los años 70– contemple únicamente ocho entregas (para un total de 26 capítulos). El pequeño formato no solo ayuda al espectador a terminar lo que empezó, sino que le permite al director trabajar rápido y barato: “Toda esa gente que fantasea con presupuestos de 100 millones de dólares por temporada para crear el nuevo Game of Thrones está perdiendo el tiempo. El modelo no da”, ha dicho lapidario, mientras finiquita el montaje de su nuevo show: una adaptación de El complot contra América, la novela antifascista de Philip Roth. En tanto, The Deuce regresa el 20 de septiembre. Qué ganas de verla. Y de terminarla cuanto antes.

The Deuce