Si Tarantino se supera a sí mismo con Érase una vez en Hollywood, no es porque empleó todos sus recursos e ingenio en realizarla. Al revés: es porque soltó el pedal del acelerador y se dejó llevar.

  • 19 agosto, 2019

Es su mejor filme desde Jackie Brown”. “Ficciona la historia, tal como en Inglorious Basterds”. “Está mucho mejor que The Hateful Eight”. “¿En qué lugar rankea respecto de las otras?”.

Llama la atención cómo algunos comentarios sobre Érase una vez en Hollywood, la comparan insistentemente con otros títulos de Tarantino, como si eso sirviera para justificar con plenitud su existencia. Tal vez él mismo tiene algo de responsabilidad en el asunto, ya que a lo largo del tiempo ha sugerido que sus obras están evidentemente interconectadas, pero en esta ocasión fue un poco más lejos: al presentar la película en el pasado Festival de Cannes comentó que se trataba de su cinta “más parecida a Pulp Fiction”. Y, hasta cierto punto, tiene razón: ambos relatos están ambientados en Los Ángeles; ambos interconectan un trío de historias y ambos superan por mucho el umbral de las dos horas de metraje –Pulp dura 154 minutos; Once Upon a Time, 164–; pero vista la película y examinada la evidencia, toda comparación debería frenarse ahí. Más allá de los evidentes rasgos en común con el resto de su obra, el director de Kill Bill nunca había intentado algo en esta escala: la recreación de un momento en el tiempo y el espacio, hasta en sus más ínfimos detalles. Atrapar tres días de 1969, en la vida de tres personas: Rick Dalton, actor de TV en crisis; Cliff Booth, su doble en escenas de acción y su amigo todo terreno; y Sharon Tate, modelo, actriz e integrante del Jet Set hollywoodense, junto a su marido, el cineasta Roman Polanski. La cámara guiada por QT y Robert Richardson –su virtuoso director de fotografía– los sigue a través de la ciudad entre el 8 y 9 de febrero de ese año, y luego da un salto hasta el 8 de agosto, horas antes de que Tate y tres amigos fuesen brutalmente asesinados por miembros del clan liderado por Charles Manson.

Por sí sola, la idea de esa inminente tragedia que pende sobre uno de los personajes debería bastar para hacer de la historia un relato contrarreloj, uno que minuto a minuto vaya acercándonos en forma inexorable a nuestro encuentro con el horror; pero la placidez, el control narrativo y el magnetismo que el realizador infunde a sus escenas son de tal magnitud, que el espectador no tiene otra alternativa que dejarse transportar hacia ese lugar habitado por letreros de neón, cowboys televisivos y canciones pop; una ciudad de fábula donde la publicidad habita en todos lados, la radio AM se escucha en los autos y los cines aún son rotativos. Una era análoga, sin celulares, redes sociales ni internet y que Tarantino decidió replicar por todo lo alto sin recurrir a efectos especiales, consiguiendo que hasta las objetos más banales adquieran volumen, volviéndose casi táctiles. No extraña que su recreación de las largas cuadras del Sunset Strip a fines de los 60 quite el aliento; es ese nivel de precisión y belleza el que finalmente da sentido a toda la empresa: Érase una vez en Hollywood no es el mero homenaje a los épicos filmes de Sergio Leone, que muchos supusieron al principio; es QT internándose literalmente en el terreno de Visconti. En su intento por hacer del cine un crisol capaz de contener a un mundo que ya no existe, que se fue con el tiempo, que se trizó por la violencia. Es lo más cerca que llegará de un objeto visual como El Gatopardo (1963). Es su propia versión de esa Arcadia de la que alguna vez formaste parte –en 1969, Tarantino tenía seis años–, pero a la que ya no puedes regresar más que en sueños, o conjurándola para que se manifieste en todo su esplendor desplegada en la gran pantalla. Es la razón por la que Tarantino sigue filmando y proyectando películas en 35 milímetros, cuando casi nadie lo hace. Es una suerte de estación de llegada, el espacio emocional al que te devuelves después de nueve largometrajes y casi treinta años de aventuras. No extraña saber que estuvo escribiendo el guion durante cinco años: es la clase de ficción que llegas a habitar con tanta intensidad, que resulta tan difícil de crear como de abandonar.

Por lo mismo, sorprende también la sencillez de los recursos que el cineasta utiliza para sostenerla. Los datos básicos son dos: la carrera de Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) va en caída, mientras que la de Sharon Tate (Margot Robbie) se dispara. Tarantino riza el rizo al convertirlos en vecinos: cada noche, un alcoholizado Rick puede sentir cómo el tren que se lleva a Tate, Polanski y los suyos se aleja veloz, dejándolo a él varado en la estación, condenado a interpretar papeles secundarios en programas de TV hasta que su propia carrera se haga humo. Cliff Booth (Brad Pitt, extraordinario) no tiene ese problema: como doble de acción se ha pasado la vida entera frente a las cámaras, saltando, peleando y corriendo riesgos insólitos; pero, una vez puestas en la pantalla, todas sus hazañas se adjudican a otros. A los actores, a los rostros. Es un hombre invisible, y eso no es ni tragedia ni problema. Simplemente es.

El pragmatismo de Cliff –esa suerte de actitud zen suya– más temprano que tarde acaba por contagiar al filme entero: los personajes se sumergen en sus vidas privadas y, al contrario que en el resto de sus películas, Tarantino no intenta imponerles trama ni objetivo alguno. Simplemente los deja ser. Rick va al estudio a rodar un episodio de western. Sharon deambula por Sunset y no resiste la tentación de entrar al cine a ver una de sus películas. Cliff maneja por la autopista, sube el volumen de la radio y siente el calor en una tibia tarde de invierno. Nadie está pendiente del futuro, de ese 8 de agosto que espera a la vuelta de la esquina. ¿Por qué habrían de estarlo? Si hasta la audiencia, los espectadores, estamos hechizados al ver cómo revive ante nuestros ojos un día cualquiera, de hace cincuenta años.