La acusan de teleseriesca, pero dudo que esta temporada aparezca una serie que resuma mejor que Years and Years nuestra ambivalente relación con la década que se viene. Entre la innovación y el descalabro. Entre la incertidumbre y la fascinación.

  • 19 julio, 2019

Theresa May se dirige a Bruselas con una nueva propuesta para negociar el Brexit. La actriz Doris Day falleció ayer, a los 97 años”. Las frases que emanan desde la radio de un automóvil se cuelan inadvertidas durante el primer capítulo de Years and Years, y uno las deja pasar como si nada hasta que, pocos segundos más tarde, uno pone stop y piensa: “Pero si esas noticias ocurrieron hace solo unas semanas –en rigor, el 13 de mayo pasado– y si las series tardan meses en filmarse, ¿cómo lo hicieron?”. En realidad, el “cómo” no es lo importante –es obvio que fue una adición de último minuto en la postproducción–, sino el “por qué”.

A medida que el episodio –veloz, urgente, histérico– continúa desplegándose en pantalla, la respuesta llega por sí sola: producida a medias por HBO y BBC, la serie recurre a esa ilusión de total inmediatez en un audaz intento por atrapar el futuro en seis apretados episodios que recorren quince años en la vida de los Lyons, una familia británica de clase media, avecindada en Manchester. De 2019 a 2034. En una Inglaterra que marchó directo hacia el Brexit. En un mundo donde Trump obtuvo un segundo período (entregando luego el poder a Mike Pence) y donde el conflicto chino americano escaló sin medida, tal y como ocurrió con la crisis de los refugiados, ahora disparada a nivel planetario, mientras el clima se deteriora a paso acelerado ante la impotente mirada de quienes no pudieron (o no quisieron) hacer nada en su momento para evitarlo.

Anclados como estamos, a mitad de camino todavía en 2019, no cuesta mucho imaginarse un escenario así; sobre todo porque la inquietante sensación de estar viviendo “al borde” es algo que se percibe de forma cercana, casi inminente. ¿Es un efecto de fin de década? ¿La sensación de que los años 20 del siglo XXI se avizoran muy duros y amenazantes? ¿La súbita resurrección del autoritarismo o las perspectivas de una feroz automatización tecnológica?

Creada por Russell T. Davies –cabeza pensante detrás de series como Queer as Folk y el revival de Dr. Who–, Years and Years no se planteó en su origen ninguna de esas grandes y ambiciosas preguntas. Su origen fue mucho más modesto y al borde de lo casual: los grupos de WhatsApp familiares. “La aplicación reinventó mi familia, y en el buen sentido”, explicó el guionista a The Verge, a principios de julio, cuando la serie comenzó a emitirse en la señal de HBO. “Si me preguntas cuánto solía hablar con mis sobrinas, habrá sido un par de veces al año con suerte. Ahora todos estamos en contacto permanente, y ese cambio está al centro del programa”.

Davies no exagera. Recurrente en cada capítulo es el instante en que alguno de los Lyons abre el chat familiar coordinado por Signor, aparato que evoca la mecanizada cordialidad que esperamos de dispositivos como Siri, Alexa o Google asisstant, pero que en realidad está más cerca del clásico estereotipo del mayordomo inglés; o al menos así lo trata Muriel, matriarca del clan y abuela de Stephen (asesor financiero), Daniel (oficial de vivienda), Rosie (madre soltera) y Edith (activista política). Son las correrías, los dolores y alegrías de este cuarteto de nietos, lo que proporciona el combustible que alimenta buena parte de la trama, pero la chispa que la enciende no está en ellos, ni en sus trabajos, hogares o causas. Está en las pantallas de sus dispositivos: en la voz y el rostro de Vivian Rook, deslenguada opinóloga que, aparición tras aparición, discurso tras discurso, deviene en celebrada líder populista y seria aspirante al poder. Encarnada por una eléctrica Emma Thompson, Rook tiene más de algún parecido con Boris Johnson, y Russell T. Davies no lo desmiente: “A lo largo de toda esta década nos reímos de las idioteces de Johnson en la televisión. Pero de alguna forma lo avalamos. Recién ahora vienen las quejas, ahora que está a punto de llegar al poder”.

Claro que, en vez de perseverar en la futurología política, Years and Years reserva sus mejores dardos para la sorprendente capacidad de adaptación de las personas en escenarios de deterioro moral y social; una cualidad que, si bien los hace naturalmente perseverantes, también los puede dejar ciegos: es solo cuando la crisis golpea a su puerta que la familia Lyons mira más allá de su puerta, y se ve obligada a negociar, pero no necesariamente con la realidad: en un apunte digno de Black Mirror, Bethany –la hija mayor de Stephen– le confiesa a sus padres que cree ser trans. De inmediato, ellos responden que apoyarán al completo su transición al sexo masculino, pero Beth los para en seco. No está hablando de transexualidad, sino de transhumanismo. Lo que ella desea es fusionarse con la máquina. No solo estar conectada a la red sino, algún día, “ser la red”.

La radical aspiración de Beth –un escenario donde la vida privada se intersecte, por fin, con la vida digital–, es, por lejos, la intuición más jugada de una serie que, lanzada a mitad de temporada, bien puede ser la perfecta contraprogramación a Chernobyl, también producida por el binomio HBO/BBC. Pero, mientras esta última jugaba con temores e incertidumbres del pasado, la cocina dramática de Years and Years tensa la cuerda al máximo al servirse de inquietudes y angustias muy del presente; y quizás por eso funciona mejor como un artefacto de visión compulsiva, de esos que se despachan en un par de noches o en el fin de semana, consumido a una velocidad suficiente como para pasar por encima de sus lugares comunes, simplificaciones, cabos sueltos y una estructura que en sus peores momentos le debe más al formato teleserie que al sofisticado modelo serial en la era del streaming. Quién sabe. Tal vez esa imperfección es el justo precio a pagar por devorar una historia acerca de los temores de pasado mañana.