Pablo Luna es el hijo mayor de Pablo Zalaquett. Tiene 28 años, es arquitecto de Columbia y desde 2016 vive en Bali. Ahí armó un estudio dedicado a la construcción y a la joyería con bambú. En ese lugar fue también donde creó su nueva identidad: en 2017 decidió cambiarse de apellido. “Mi padre tiene su historia, yo la mía”, explica el artista.
Por: Isabel Ovalle

  • 21 junio, 2019

Se llamaba Pablo Zalaquett Bustamante, tenía 24 años y le faltaban solo dos semanas para terminar un Major de Arquitectura en la Universidad de Columbia, Nueva York. Entonces, recibió la oferta que le cambió la vida.

En mayo de 2016, John Hardy, un afamado empresario canadiense, joyero y hotelero, lo llamó para decirle que lo había elegido como ganador de un concurso para diseñar la expansión de su lujoso hotel Bambu Indah, en Ubud, Bali. La obra incluía un desafío adicional: debía hacerse solo con bambú, elemento cuyo trabajo él desconocía por completo.

El hijo mayor y homónimo del ex alcalde de Santiago partió al Sudeste Asiático únicamente para realizar esta obra. Pero ahí, y cautivado por la cultura del lugar, se quiso quedar: aprendió a meditar, se hizo vegano, se emparejó con una nigeriana-canadiense y armó una oficina en plena jungla asiática que hoy se dedica al trabajo de este material.

Además, se cambió de nombre. Hoy se llama Pablo Luna, ha construido tres hoteles y es dueño de una línea de joyas elaboradas también con bambú. “Mi padre tiene su historia, yo la mía”, indica el joven desde Bali.

El baño de La Pintana

Nunca fue muy bueno para los trabajos manuales. En el colegio solo le gustaba el fútbol y tenía algo de interés por las humanidades. “Nadie se imaginó que me graduaría como arquitecto en Nueva York, todavía tengo amigos que no se la deben creer”, explica Luna, quien tampoco era un alumno destacado por sus notas. Su promedio bordeaba el 5,7.

Terminó la enseñanza media en 2008 y, sin darle mucha vuelta al asunto, entró a estudiar Ingeniería Comercial a la Universidad Adolfo Ibáñez. A los dos años tenía dudas. Entonces recolectó ahorros y préstamos, y salió a “recorrer el mundo”. “Quería conocer otras realidades y culturas”, confiesa el arquitecto. En esa época su padre era alcalde de Santiago y él, un joven de 18 años que prefirió hacerle el quite a la exposición pública.

En África, Asia y Europa encontró su vocación. “Descubrí el amor por el arte y las humanidades”, asegura Luna, cuya madre es la periodista Sylvia Bustamante, quien además es diseñadora de flores y fundadora de Floristas del Mundo.

De vuelta en Chile siguió estudiando la misma carrera, en la misma universidad, pero ya no quería vivir con sus padres. Se enteró entonces de que la fundación Techo para Chile pondría a disposicion una casa en La Pintana para que universitarios ayudaran a la comunidad.

Durante seis meses vivió junto a otros cuatro jóvenes, todos de distintos estratos sociales, en esa comuna. En las mañanas iban a la universidad y en las tardes compartían con los vecinos de la población. Fue en esa casa donde, con cero experiencia en arquitectura, hizo su primera “obra”.

Postuló a un crowdfunding con el que reunió 200 mil pesos y con la ayuda de un maestro del barrio, remodeló con sus propias manos el baño del block donde vivían. La pieza estaba prácticamente destruida y él la convirtió en el mejor espacio del lugar.

De esa experiencia en La Pintana, rescata las relaciones que forjó con los vecinos –con varios mantiene contacto hasta hoy–, y que más que “turismo social”, como él mismo lo califica, lo que más le quedó fue entender que conocer el entorno era fundamental para poder proponer soluciones efectivas y generar un mayor impacto. Zalaquett junior, sin pensarlo, sacaba conclusiones políticas.

Servilletas dibujadas

En 2013 su madre ganó una beca para estudiar Escritura Creativa en la NYU (Universidad de Nueva York) e invitó a sus cuatro hijos –Pablo (28), Silvia (27), Juan (26) y Sofía (20)– a irse con ella y su actual marido, Fernando Gallardo (crítico hotelero del diario El País). Ninguno lo dudó. “Era una gran oportunidad para todos”, indica un cercano a la familia. Se instalaron en el Upper East Side y los dos mayores, Pablo y Silvia, los únicos universitarios en ese momento, retomaron sus estudios en la Gran Manzana.

Zalaquett junior se inscribió en cursos de inglés y postuló “sin ninguna fe” al college de Columbia. Su currículum académico y sus notas del colegio no auspiciaban demasiado su admisión, sin embargo, la entrevista de postulación fue clave. “Tuve la suerte de que la persona que me recibió se había leído los mismos libros que yo y pasamos toda la hora discutiendo ideas y visiones de vida, lo que seguro me jugó a favor. Además, era sudamericano”, asegura.

Según Luna, en Columbia encontró su vocación y siguió su carrera como arquitecto. “Hasta ese minuto, yo solo por el fútbol había sentido algo así”, reconoce.  Ahí, dice, aprendió que la arquitectura se trata de ideas y de conceptos, más que de maquetas. Hasta la fecha no hace renders ni dibujos sofisticados: sus ideas las bosqueja en servilletas y se las muestra a potenciales clientes.

Carbon calculator

Durante el último semestre de su carrera, Zalaquett trabajó en la biblioteca de la universidad para juntar unos pesos extra. Ahí conoció a Carina Hardy, otra alumna de esa casa de estudios. Un día le ofreció 200 dólares por hacer de flete para su familia y trasladar cosas de una bodega a otra. El estudiante aceptó el trabajo.

En la mudanza notó que las antigüedades y obras que llevaba eran de muchísimo valor. Así se enteró de que su padre, John Hardy, era un conocido magnate canadiense, dueño del hotel boutique de lujo Bambu Inda y del Greenschool, un colegio alternativo de elite en Bali.

Dos semanas después, el empresario lo llamó para decirle que estaba buscando a un arquitecto de confianza que fuera a trabajar con ellos a Indonesia. Para eso debía postular y resolver un desafío ecofriendly: desarrollar un Carbon Calculator. “Es un programa que debía determinar cuántos bambús Hardy debía plantar para hacer el off set (netear) de un viaje de 100 mil milllas en business class, equivalente a los 5 viajes de Nueva York a Bali que él hacía en promedio al año. Todo esto para ser lo más sustentable posible y contrarrestar el consumo de CO2 de los aviones”, explica Luna.

Para esto recurrió a la ayuda de un grupo de amigos de Estados Unidos y Chile, quienes a través de programaciones Excel y algoritmos que Pablo Luna desconocía, lo ayudaron a dar con el resultado que Hardy tenía en su cabeza.

Diego Charlin, amigo desde el colegio, fue quien más contribuyó en este proceso. Viajó a Nueva York a colaborar con Pablo. De esa experiencia Charlin recuerda: “A pesar de lo lejano que le parecían los números, Pablo nunca se achicó frente a este desafío, supo pedir ayuda, manejó la presión y lo logró”. 

La estimación que obtuvo fue que cerca de 500 clumps (un clump equivale a 20-50 bambúes que crecen uno al lado del otro) logran mitigar el consumo anual de CO2 del Bambu Indah Hotel (incluyendo los traslados en avión de su dueño).

En mayo de 2016 consiguió el trabajo y a los dos días de graduarse, partió junto a los Hardy rumbo a Bali.

La meditación y veganismo

Llegó a Indonesia sin ninguna experiencia con el bambú. Tampoco la tenía en construcción. Sin embargo, sus tareas exigían ambas destrezas: tenía que hacer un puente, Minang Bridge; un lugar de meditación, Meditation Shala; y tres luxury tents (habitaciones de lujo). “Hardy es un tipo exigente. De él nunca aprendí técnicas, sino que me insistió que era clave que conociera a la gente local, que trabajara codo a codo con ellos y así entender cuál es el secreto para maniobrar el bambú”, cuenta.

Así aprendió que un árbol cualquiera toma 20 a 120 años en madurar, mientras que el bambú en solo 4 años está listo para la construcción. También, que cada vez que se corta un bambú, nace otro en su lugar, y que si se sabe trabajar, es un material flexible, pero tan fuerte como el metal.

El expertise de Pablo en el manejo del bambú lo llevó a hacer cursos durante un año en la Bamboo U (universidad El Bambú), idea concebida por John Hardy para enseñar sobre su potencial como material de construcción ecológico. En ese contexto conoció a un grupo de inversionistas mexicanos que están desarrollando una ciudad junto al arquitecto inglés Thomas Heatherwick cerca de Tulum, en México: ellos lo invitaron a diseñar dos hoteles de bambú para esta nueva localidad.

No solo eso. En Indonesia se codeó con varias celebridades asiáticas, entre ellas, Adam Cheyer, el creador de Siri; el príncipe de Malasia; los dueños de Airbnb y los personajes de Spiderman. “No podía creer el giro que había dado mi vida”, confiesa.

El contrato inicial de tres meses se extendió a un año y medio, tiempo en el que conoció a Chi Chi Okoro, una instructora de yoga, 10 años mayor que él, mitad nigeriana, mitad canadiense. Y se enamoraron.

Por ella conoció el veganismo y juntos meditan todos los días a las 4 de la mañana para luego boxear una hora, leer un rato y empezar a trabajar a las ocho. No practica ninguna religión, pese a que se formó en un colegio legionario y que el 90% de la población indonesia es musulmana.

Luna

Mientras se desarrollaba profesionalmente como artista en Bali, Pablo Zalaquett papá era parte de una de las investigaciones políticas más grandes de la historia de Chile: el caso Penta. A principios de 2017, el ex edil fue formalizado por delitos tributarios: se le acusó de facilitar boletas y se le decretó arraigo nacional y firma mensual.

En ese momento viajó a Chile para acompañar a su padre y apoyarlo durante el proceso. “Fue un soporte no solo para él, sino también para su familia”, explica un amigo. Lo mismo pasó en su momento cuando Stefan Krammer solía imitarlo. “A él claramente siempre le afectó (el show de Krammer), pero le bajaba el perfil. Le preocupaba mucho más que pudiera afectarles a sus hermanos que a él porque tiene un rol muy protector en su familia”, cuentan en su entorno.

De vuelta en Bali, tomó la decisión. Cambiaría su apellido convencido de que cada persona es artífice de su propia identidad: “Los apellidos marcan y te identifican con una postura, con un tipo de formación. No quiero que mi trabajo se asocie a la política”, reconoce.

Ya no se llamaría más Pablo Zalaquett. En cambio, eligió un nombre más “místico” y en onda con lo que él estaba viviendo. Se llamaría Pablo Luna. “Quería desligarse de todo vínculo político, empresarial. Ser independiente, crear su identidad. No ser ‘hijo de’”, asegura un cercano. Él complementa: “Quería crear mi propio personaje, tal como mi papá tiene el suyo”.

El arquitecto profundiza sobre su transformación: “Mi nombre es Pablo Luna y el juego es que Pablo quiere alcanzar la Luna. Pablo es un personaje que quiere una vida feliz, que usa el arte como cohete, y que se esfuerza día a día en articular este lenguaje para su objetivo”.

Eso sí, explican sus cercanos, aún no ha hecho trámites en el Registro Civil. “Es solo un cambio nominal. Por ahora no lo necesita, porque está lejos del país, pero apenas lo requiera, lo hace”, indican.

Joya

Tras terminar su contrato con Hardy, Luna comenzó a trabajar para otro gran empresario, Walker Zabriskie, dueño del hotel Stone House de Bali y de la marca de muebles que lleva su mismo nombre.

Zabriskie lo reclutó para hacerse cargo del Tree House y Farm House, dos ampliaciones de su hotel. La construcción está levantada sobre pilotes de bambú de siete metros de altura con vista a la jungla y las plantaciones de arroz, con un techo ondulante de teja de cobre hecho a mano y una terraza tejida con el mismo material. “Su capacidad para visualizar un proyecto y darle vida es rara y poderosa. La pasión y la capacidad de Pablo para comprender y transformar mis pensamientos en acción y su eficiencia son en gran parte la razón por la que hemos tenido tanto éxito trabajando juntos”, comenta el empresario.

En 2018 quiso independizarse. Y creó Pablo Luna Studio. Al principio, su foco era la arquitectura y el arte. Pero desde fines del año pasado, amplió su expertise: ahora también hace joyas.

A partir de los restos de bambú que quedaban esparcidos en las construcciones, el arquitecto fue armando collares, entre otros utensilios y accesorios. En diciembre, en medio de una fiesta en un conocido bar de Bali, se le acercó Bandana Tewari, editora de Vogue India, impresionada por su collar.

La mujer le encargó una colección de joyas: sería algo totalmente disruptivo para el mundo de la moda, pensó ella. Luna dedicó los siguientes seis meses en elaborar una colección de 41 piezas de bambú con oro y plata, las que tuvo que testear en Brasil y otros países para ver la reacción del material ante los cambios de clima. Hace dos meses se las presentó a Tewari, quien quiere difundir internacionalmente su trabajo. “Al igual que su personalidad, su colección tiene un sentido de tranquilidad profunda, pero lo suficientemente lúdico como para hacer de un árbol selvático una obra con estilo”, indica la editora de Vogue.

En todo esto, Pablo cuenta con un equipo de trabajadores locales: tres carpinterios que lo ayudan en la construcción, y tres joyeros. El arquitecto reconoce que vive bien, que gana entre 2.000 a 2.500 dólares al mes, que ahorra poco y que trabaja mucho. “¿La verdad?, en este momento no necesito más”, reflexiona.

Eso sí, no descarta volver a Chile. “Mi sueño es que me resulte hacer algo en Chile para poder replicar mi trabajo allá, además de poder estar con mi familia y amigos”, concluye.

 

Penta: “La mayor lección es que la transparencia es un valor fundamental en mi vida”

De su entorno aseguran que la relación de Pablo con su padre es buena. “Es cercano, se quieren mucho. Pablo Zalaquett va mucho a Bali, de hecho, recién lo visitó”, indican cercanos a Luna.

Él responde: 

-¿A tu padre le importó el cambio de apellido?

-Yo creo que en un principio sí, pero entendió perfecto las razones de mi búsqueda personal, como yo también creo en la suya.

-¿Nunca te interesó la política? ¿Te afectan los coletazos que esta tiene en tu familia?

-Desde muy chico me desapegué de la política porque era un tema demasiado recurrente en mi casa. Yo soy político de otra forma, busco impactar en la sociedad pero de otra manera. Respecto a las consecuencias de los actos políticos (haciendo referencia al caso Penta), yo no soy nadie para juzgar, lo apoyo y también tengo mi opinión. La mayor lección es que la transparencia es un valor fundamental en mi vida y en mi forma de trabajar.