Pablo Zavala es instructor de buceo y fotógrafo, y en Algarrobo opera Narval, su propia escuela de buceo. A comienzos del verano que se fue, Pablo recibió una llamada de Rafaela Landea, la mujer a cargo del Melimoyu Ecosystem Research Institute (MERI), un centro de investigación ligado a Patagonia Sur; la organización chileno-estadounidense de conservación […]

  • 8 abril, 2013
Melimoyu

Melimoyu

Pablo Zavala es instructor de buceo y fotógrafo, y en Algarrobo opera Narval, su propia escuela de buceo. A comienzos del verano que se fue, Pablo recibió una llamada de Rafaela Landea, la mujer a cargo del Melimoyu Ecosystem Research Institute (MERI), un centro de investigación ligado a Patagonia Sur; la organización chileno-estadounidense de conservación que lidera Warren Adams.

El objetivo de la llamada era invitar a Pablo para que viajara a Melimoyu a fin de hacer una prospección subacuática de su desconocida costa. Había un imperativo en la propuesta: hacerlo de inmediato pues el propio Warren Adams se había topado con Celine Cousteau, la nieta de Jacques, y la había invitado al sur. En ese entonces Celine no podía ir. Pero ahora sí. Es más: Celine ya estaba en viaje.

No hay tiempo que perder, le dicen. Alguien debe mostrar a la célebre nieta qué ver y dónde ir. Y ese hombre es Zavala, quien acepta de inmediato la propuesta, entre otras cosas, porque muchos años atrás, en Puerto Montt –donde su papá, doctor, se había hecho un fanático del buceo– escuchó el relato del momento en que Jacques Cousteau llegaba en helicóptero a la laguna San Rafael, el mismo día en que su viejo lo había hecho en avioneta. Y ahí habían intercambiado unas palabras.

Ahora sería el hijo quien se encontraría con Celine: otra leyenda viva de los Cousteau.

Travesía por mar y tierra

Aunque en un principio no es fácil salir (el viaje se retrasa y se retrasa) finalmente en Algarrobo ponen todas las cosas en una camioneta y parten al sur; con los bolsos, tanques, aletas, trajes y mascarillas en el pick up. Son 1400 kilómetros a toda prisa hasta llegar primero a Chiloé. En Quellón se embarcan a Chaitén, cruzando en transbordador el siempre movido Golfo del Corcovado. Al otro lado, cada vez con más claridad, se ve enhiesto el Melimoyu; el mítico volcán del que se tejen no pocos cuentos. Ente ellos que fue en sus inmediaciones donde el escritor Miguel Serrano, en circunstancias que viajaba en el buque Covadonga de la Armada a la Antártica, habría tomado contacto con extraterrestres que le revelaron –según el relato mitológico del narrador– la verdadera naturaleza del volcán: una puerta para acceder a Agartha, una civilización en el inframundo que no pocas culturas dan por cierta.

Desde el transbordador, la presencia del volcán se vuelve cada vez más fuerte: y cómo no si el Melimoyu es un volcán de aspecto siniestro, con dos temibles cachos en la cumbre. Claro que antes tenía cuatro. De ahí el nombre en mapudungún: Meli Moyu, Cuatro Cachos. El mismo al que los chilotes, mucho más directos, llaman Cuatro Tetas. Finalmente, los buzos desembarcan en Chaitén y, por tierra, recorren otros 220 kilómetros hasta llegar a Raúl Marín Balmaceda; el bello pueblo donde los recoge la lancha del MERI. Desde ahí tienen que navegar una hora más en dirección al sur.

El cansancio es igual al entusiasmo. Más cuando, tras el extenuante viaje, los viajeros finalmente llegan al exquisito lodge de Patagonia Sur. Celine Cousteau arribaría al día siguiente en compañía de su marido: Çapkin Van Alphen, también buzo, camarógrafo submarino y productor de documentales. Esa noche no queda más que descansar y escuchar el rumor insomne de la selva fría.

Paraíso perdido

En los 80 esta remota región fue habitada por cincuenta familias que, a poco andar, llegaron a la sana conclusión que sería muy difícil vivir ahí. Décadas después trataron de vender infructuosamente. Eso, hasta que su deseo llegó a oídos de Conservation Land Trust. Con Warren Adams de por medio, compraron varias propiedades. Y, finalmente, unieron 16 mil hectáreas en un gigantesco santuario ecologista (Patagonia Sur), sólo comparable al que había constituido Tompkins un poco más al norte.

Hoy Patagonia Sur es un proyecto maduro que ha logrado vender bonos de carbono y ha jugado un rol clave en la campaña “Reforestemos Patagonia”, que busca plantar un millón de árboles nativos. Además, en la zona –que contempla terrenos en el mismo Melimoyu y en el vecino valle California– ofrecen sofisticadas parcelas bajo un innovador concepto que reinterpreta la vieja servidumbre de paso. Es decir, independientemente de quién y cómo compre, las tierras serán conservadas a perpetuidad. Aparte, el proyecto suma un turismo de excepción gracias a Patagonia Sur Reserve que agregan espectaculares excursiones y pesca a gran nivel.

Fue con este ideario que Patagonia Sur facilitó la creación, hace un año, del Instituto de Investigación de Ecosistemas de Melimoyu (MERI), cuya misión ha sido investigar y conservar los ecosistemas terrestres y marinos de la reserva. Clave en esta idea ha sido lo que han hecho en el mar: especialmente el estudio de las gigantescas ballenas azules que todos los veranos lanzan enormes chorros frente a la propiedad, en las aguas del Corcovado, donde se alimentan.

En sus investigaciones sumaron el trabajo que ya habían realizado la Universidad Austral y el Centro Ballena Azul. Así, con ayuda de la misma Universidad Austral, más las universidades de Concepción y Cornell y la asesoría técnica de Gulf of Maine Research Institute (en Portland, Oregon) empezaron a estudiar, desde el año pasado, los cantos, el lenguaje y el dialecto de las ballenas que, ellos creen, no llegan ahí sólo para alimentarse sino también para sociabilizar.

Mundo submarino

El viaje de Pablo Zavala y su equipo, más el de Celine Cousteau, era otro intento por entender mejor esta remota geografía. Ahora bajo el agua. La acción estaba por empezar. El primer día de buceo, el desafío mañanero es sumergirse en apnea en un bajo de la isla Yalack, a cuarenta minutos de navegación. Allí encuentran lobos marinos, bancos de erizos, locos y choritos, anémonas de distintas especies.

Luego ponen proa en dirección a la isla Refugio y, buceando una pared, se deslumbran con esponjas rojas, verdes, violetas que contrastan con los corales látigo de color amarillo intenso. Pablo, buzo impenitente, se sorprende con la presencia de estrellas de mar que nunca antes había visto.

En otro rincón de la isla aparecen delfines australes y peces aguja. La gran sorpresa, en el canal Pedregoso de la misma isla Refugio, es una pared que cae hacia el inmenso azul profundo. Abajo, coquetean anémonas, nudibránquios, cabrillas y unos peces muy pequeños parecidos a los trombolitos. Ya en la tarde, sorprendidos con la inmensidad, se relajan en las tinajas calientes. Es hora de admirar la bahía Melimoyu desde la terraza del lodge.

Al día siguiente, ahora con tanques, los buzos regresan a los islotes del canal Pedregoso y bajan 40 metros. El mar, sin fin, sorprende con más esponjas, corales látigo y cardúmenes de rollizos. En la tarde de ese día se internan por el río Marchant con el fin de encontrar ranitas de Darwin. Celine se maravilla con los bosques de cipreses.

La revista Fortune estuvo una vez en Melimoyu y dijo que era como Avatar en versión gélida. Y debe ser porque en este atípico paraíso se escucha el rumor de ríos y cascadas y, a lo lejos, se adivina la presencia de pumas y pudúes. En el mar, en tanto, el que tenga buen oído podrá escuchar el movimiento de las orcas y el grito de los cormoranes imperiales.

De fondo: otra vez, pero ahora casi para tocarlo, aparece el Melimoyu cuya antípoda geográfica estaría en el Desierto del Gobi, en Mongolia. Emociona verlo tan cerca y cómo no si hay quienes insisten en que no es menos místico que Montserrat en Barcelona o Akakor, en la Amazonía andina.

Esa noche Wilfredo, biólogo de la misión, está de cumpleaños y lo celebran con un cordero al palo. No faltan, junto al fuego, las elucubraciones respecto al Melimoyu: el volcán que tendría una puerta secreta que conduciría a Shamballa; la principal ciudad en Agartha. No por nada fue aquí, en el Melimoyu, donde algunos buscaron el camino a la Ciudad Perdida de los Césares.

Celine Cousteau escucha con atención. Comienza un aguacero. Nadie se mueve en días. Cuando sale el sol, vuelven al canal Pedregoso de la isla Refugio y avistan una medusa gigante que, con sus tentáculos extendidos, podría llegar a medir 4 ó 5 metros. Luego, en otro canal, ven unas especies de colas de zorro blancas y amarillas, también unas estrellas rarísimas: el cuerpo es blanco y redondo y de él salen unos brazos que parecen ramas. “Parecen raíces”, piensa Pablo, mientras a su alrededor unos camarones transparentes se mueven rápido por todos lados como si se tratara de saltamontes marinos.

Es el fondo del Melimoyu. Y las cosas son distintas. •••