El Caribe mexicano, ese que se hizo popular en Chile gracias a la irrupción de destinos como Cancún, Playa del Carmen y ahora último Tulum, se niega a pasar de moda. Cada año pareciera que existe algo nuevo por conocer: un pueblo poco visitado, una reserva de la biósfera, un sorprendente mega resort, o una playa desierta. Aquí develamos esos secretos.
Por Alfonso Bezanilla.

  • 26 septiembre, 2018

-¿Te acuerdas, Teresa, cuando hasta podíamos dormir la siesta, porque en las tardes el pueblo parecía fantasma?, pregunta Rubén González, mesero del restaurante El Camello de Tulum, a la cajera que asiente con la cabeza, mientras cuenta un fajo de billetes de 20 pesos. 

-Bueno, eso hace rato que ya no pasa –continúa el hombre conversando para graficar el hecho de que Tulum, pueblo costero de la península del Yucatán, dejó desde hace un buen rato, de ser un lugar tranquilo y despoblado.

Y González tiene razón. Poco queda de ese lugar que hace algo más de una década comenzaba a hacerse popular en el boca a boca de mochileros que buscaban la combinación perfecta de playas de color turquesa, arena blanca, ruinas mayas y un pueblo tranquilo, que solo cumpliera con las necesidades básicas de dar alojamiento y comida –y kilómetros de playas– a quienes se aventuraban a visitarlo. 

Hoy, Tulum cuenta una historia diferente. Sobre la carretera que la corta en dos y conecta hacia el sur con Chetumal y posteriormente con Belice, y al este con ciudades emblemáticas del mismo como Playa del Carmen y Cancún, ha surgido un movimiento turístico efervescente, donde han aumentado los cafés y tiendas de souvenirs a ritmo coordinado con la cantidad de visitantes, los mismos que hoy pueblan sus restaurantes a horario corrido y que ya no permiten ni a Teresa ni a Rubén, dormir la siesta. 

Ecuación invencible

La Riviera Maya ha tenido una explosión turística desde finales de los 80 hasta la fecha, que ha sido abismal y que año a año pareciera evolucionar junto a su propia popularidad. Si hace tres décadas Cancún comenzaba a robar terreno a balnearios populares como Acapulco, con la construcción de cadenas hoteleras all inclusive y nuevos aeropuertos internacionales, para 2017, la preferencia de los turistas ya era total. 

Así lo indica el reporte anual de turismo de Quintana Roo, el cual sostuvo que fueron más de 16 millones de visitantes los que gozaron de sus playas, dejando con ello un estimado de 8 billones de dólares en divisas.

Ante esto, es posible encontrar hoy en la Riviera Maya una oferta de opciones turísticas interminable, donde por día aparecen nuevas atracciones, parques temáticos o alguna playa escondida que nadie parecía conocer. 

Hay pistas que dan indicios del porqué el Caribe mexicano pareciera no querer dejar de brillar ni de sorprender: la hotelería ha logrado mutar para satisfacer las necesidades de todo público con opciones múltiples para bolsillos y estilos, mientras que la riqueza natural y cultural del entorno permite, a su vez, expandir el itinerario de actividades para dejar contento hasta al explorador más arriesgado. Si a esto sumamos su notable gastronomía, precios razonables y amabilidad de la gente, la ecuación se hace invencible. 

Akumal, el secreto

Basta con arrendar un auto o –si se es más aventurero– hacer parar una van de transporte local de esas que pasan con frecuencia por la carretera Tulum-Cancún, para llegar a pequeños pueblos como Akumal, ubicado a 39 kilómetros al sur de Playa del Carmen. Este lugar es un ejemplo de esos parajes que valen la pena visitar. Aún mantiene su encanto natural con pequeñas picadas para tomar un agua de Jamaica o saciar el hambre con unos tacos de pescado. La gracia es que aquí realmente se recuerda que estamos en México, con sus sabores y ritmos pausados –tal vez demasiado–, sabiendo que con el crecimiento de la zona, quizás en algunos años más todo eso habrá cambiado.

Akumal también cuenta con una carta debajo de la manga: en su extensa playa conviven cientos de tortugas marinas, las cuales se pueden ver nadando libres solo equipado de un snorkel y una máscara de buceo, los cuales se pueden arrendar en la misma playa. 

Esta zona de la Riviera Maya es conocida por ser un epicentro de anidación de esta especie, por lo mismo, diversas ONG y la misma guardia marina cuidan que el proceso se lleve a cabo, impidiendo la contaminación lumínica y la presencia humana durante las noches, que desorienten el camino de las recién nacidas hacia el agua. 

Debido a su poco desarrollo turístico, el pueblo de Akumal presenta una escasa oferta hotelera, lo que contrasta radicalmente con lo que ocurre apenas dos kilómetros de distancia, donde, por ejemplo, la cadena de resorts Bahía Príncipe presenta una alternativa para los que prefieren esas vacaciones donde todos los problemas vengan solucionados a modo de paquete. 

El mega complejo cuenta con una oferta destinada a satisfacer todos los gustos.  Está compuesto por cuatro diferentes resorts vecinos, emplazados en plena zona selvática de Sian Ka’an. Sin embargo, para los que buscan comodidades, pero prefieren la independencia, Bahía Príncipe también tiene opciones: da la posibilidad de arrendar departamentos familiares y que a la vez permiten gozar de los beneficios de sus resorts. 

Cobá, las otras ruinas

El año 2007 las ruinas mayas de Chichen Itzá, específicamente su templo de Kukulkán, vinieron a consolidar a la península del Yucatán como un imperdible a nivel global y al ser elegidas en votación popular como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, las visitas aumentaron aún más. 

Sin embargo, estas ruinas no están solas, a estas se le suman el parque arqueológico de Tulum y las ruinas de Cobá, una tercera alternativa que sorprende porque parecieran aún no ser demasiado populares, un punto extra para quienes quieren evitar a toda costa las aglomeraciones. Al estar inmerso en la mitad de la selva, Cobá, que data en gran parte del período clásico de la civilización maya (entre el 500 y 900 DC), es posible disfrutar de toda su arquitectura, pero alejado de las odiosas trampas para turistas. 

Aquí aún se mantienen casi intactas zonas donde se practicaba el famoso juego de pelota masoamericano, que según se ha descubierto habría tenido connotaciones rituales donde el capitán del equipo perdedor (o ganador, lo que es materia de debate entre investigadores y arqueólogos) era dado en sacrificio. 

La gran extensión de estas ruinas exige moverse sobre ruedas y para esto se pueden arrendar bicicletas por menos de cinco dólares para llegar hasta la gran pirámide de Nohoch Mul, conocida como la más alta de Yucatán y la única escalable de la región. El vértigo vale la pena: desde su cima se puede ver la inmensidad de la selva, que la rodea en todo su esplendor.

Cenotes, islas y más

No hay mejor remedio para paliar el calor que un baño en las aguas de un cenote, esos ríos subterráneos de agua dulce y cristalina, famosos en esta región mexicana. Y si bien son cientos las opciones, en todos los tamaños y formas, el cenote Multum Ha es sin duda uno de los que más sorprende. Para alcanzarlo, hay que bajar 50 peldaños hasta un verdadero inframundo con su propio aire acondicionado natural, donde se encuentra su laguna de más de 80 metros de extensión.

Para quienes prefieren no arriesgarse y contratar a un guía o derechamente un tour, hay opciones también de sobra y para todos los gustos. El operador Coming2 es una opción segura, donde por 100 dólares por persona, es posible visitar distintos puntos de la península adaptados a las necesidades de cada viajero.

Las distintas ruinas mayas son solo una entre las opciones de una lista interminable que crece con el tiempo, con escapadas poco conocidas como la reserva Aktun Chen o la isla Contoy, también conocida como Isla de los Pájaros, perteneciente al municipio de Isla Mujeres, que fue declarada parque nacional en 1998 y desde la que se puede bucear o practicar snorkel hasta el arrecife Ixlaché, que forma parte de la segunda barrera de arrecifes más grande del mundo.  

Existen también apuestas más tradicionales, como un paseo a Cozumel, donde, bien dateado, se puede llegar hasta Playa del Cielo, una suerte de nirvana caribeño, con una costa turquesa, de arena perfecta y hamacas que cuelgan entre dos palmeras, además de agua cristalina que aún no se ha ensuciado por el sargazo, esa alga maldita que está contaminando las playas de Centroamérica y que tiene a toda la hotelería con un ejército de empleados limpiando sus playas. 

Pero la Riviera Maya todavía tiene más. Llegar a conocer  lugares como la laguna de Bacalar, la reserva Punta Laguna, casa de monos arañas y aulladores, ir a ver cocodrilos en Boca Paila o visitar Puerto Morelos –que dicen es el “nuevo Tulum”– exigen volver una y otra vez a México, para así perderse en un loop interminable que exige ver, descubrir y redescubrir, eso que parece ser el secreto del eterno éxito turístico del Caribe azteca: su fuente inagotable de posibilidades.