En agosto se produjo la peor crisis ambiental que recuerde Quintero. El pueblo costero terminó por convertirse en sinónimo de tierra contaminada. Mientras se tramita el nuevo plan de descontaminación, que recién en una década más permitiría una mejora real, la comuna vuelve lentamente a la normalidad. Las esperanzas hoy están puestas en que el Estado cumpla los compromisos y que los turistas vuelvan en verano.

  • 20 diciembre, 2018

Lo que más impresiona de Quintero es el silencio. Pareciera que ni las gaviotas se atreven a graznar. Pero es un día normal. Ya no hay protestas como las que dieron la vuelta al mundo a mediados de agosto, cuando más de mil personas fueron a dar al pequeño hospital de la zona con síntomas parecidos a los del envenenamiento. Las estaciones de monitoreo indican que la calidad de aire es “bueno”. Viene el verano y el balneario espera que la crisis ambiental no golpee también al escaso turismo. “Eso del Chernóbil chileno nos ha hecho mucho daño”, dicen en la municipalidad.

La gente se ha adaptado a convivir con ese enemigo invisible y los que trabajan en el comercio, los restaurantes y la feria navideña de la plaza solo esperan que todo lo que pasó después de que una nube tóxica apareciera en los cielos el 22 de agosto pasado, sirva de algo. Y que la zona deje atrás tantos años de abandono y desidia.

Quintero era un pueblo condenado a crecer. Situado en una bahía abrigada y cercana a los grandes centros de consumo, el Estado chileno decidió a mediados del siglo XX, convertirlo en el enclave perfecto para construir un polo industrial.

Las chimeneas que en ese tiempo se presentaban como símbolo de progreso pronto comenzaron a mostrar su peor cara. Ya en 1968 pequeños agricultores de la zona hicieron las primeras denuncias por daños en sus cultivos debido a la puesta en marcha de la división Ventanas de Codelco. Esa fue una de las primeras empresas en instalarse en el Parque Industrial. Recién en 1993 Quinteros y su vecino Puchucanví fueron declarados Zona Saturada por Anhídrido Sulfuroso y Material Particulado.

Hoy, en esa área industrial operan 15 grandes compañías. Codelco Ventanas, AES Gener, Oxiquim, Enex, Gasmar, Enap, GNL Quintero y Enel son algunas de ellas. O al menos las más cuestionadas. Tras la crisis se comprometieron ante el gobierno a suspender faenas cuando las condiciones del aire estén malas. También, a reducir las actividades que emitan elementos contaminantes.

Para la población de casi 50 mil personas que habita la bahía, todo eso les parece insuficiente. Sus residentes dan cuenta de una cadena casi interminable de episodios de contaminación: un día hay derrames de hidrocarburos en el mar, otro vertimientos de carbón en las playas y varias veces episodios de intoxicaciones masivas de personas –principalmente niños– por culpa del aire. Los más graves, en la localidad de La Greda, llevaron, incluso, hace cinco años a reubicar la escuela, tras detectarse la presencia de metales pesados en la sangre de los alumnos.

El martes 11 de diciembre pasado, representantes del grupo Mujeres en Zonas de Sacrificio de Quintero fueron a Ginebra a exponer sobre la difícil situación de su lugar de vida. Lo hicieron en respuesta al discurso del presidente Sebastián Piñera ante las Naciones Unidas (ONU) en septiembre, cuando indicó que el Gobierno de Chile pondría en marcha “un plan para superar la situación de emergencia y proteger la salud de sus habitantes”.

En la sede suiza de la ONU, la Mujeres en Zonas de Sacrificio solicitaron al organismo internacional que se le exija al Estado chileno congelar la instalación de nuevas empresas en la zona y que se realice un examen toxicológico general a todos los niños y adultos mayores que habitan Quintero y Puchuncaví.

Temen que el aire que respiran se transforme en cáncer o en otras enfermedades graves y crónicas. Por eso, piden cambios.

 

Diez años más

Desde varios puntos de la ciudad se aprecian las chimeneas, los estanques y galpones de hormigón y hierro del parque industrial. Las copas de algunos árboles tienen un tono levemente amarillento. Y la maleza polvorienta, apenas se mueve con el viento. Tantos “fierros” dan un aspecto de relato futurista. En el borde costero hay restos de carbón. El agua del mar se ve limpia y verde azul. Parece el escenario de una película.

El área está reconocida por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) como una “zona de sacrificio”, porque sus habitantes están expuestos las 24 horas al impacto de las actividades productivas.

Por si fuera poco, el último plan de descontaminación, asociado a la declaratoria de zona saturada de partículas en suspensión de menos de 2,5 micras, de 2015, fue rechazado el año pasado en la Contraloría. Y hubo que reformularlo por completo.

El pasado 31 de octubre, el Ministerio del Medio Ambiente publicó el anteproyecto del nuevo plan que abarcará las comunas de Quintero, Puchuncaví y Concón. El estudio ingresará a la Contraloría el próximo 31 de diciembre y entre sus enunciados figura que recién en una década más, la gente del lugar podrá percibir en su salud los beneficios de todos los cambios en materia de emisión de contaminantes. Las empresas responsables de la mayor parte de la generación de material particulado, dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno tendrán cinco años de plazo para reducir su contaminación.

En los recintos públicos y el comercio hay letreros con toda esa información. En los muros y algunas vitrinas. También se entregan dípticos para llevar y leer.

Claro que en la plaza de Quintero ya no está el campamento que levantaron algunos de sus habitantes para protestar. Sí se ven pancartas y rayados exigiendo justicia. En el recuerdo están los enfrentamientos con Carabineros y la muerte del líder sindical Alejandro Castro, cuyo deceso, en extrañas circunstancias, sigue hasta ahora sin aclararse.

Afuera del salón de eventos Francisco Coloane, mientras espera la graduación de uno de sus sobrinos, una mujer relata la dureza del día a día. “Mi hijo y todos los niños de la casa estuvieron enfermos varios días debido a los problemas del aire”, explica con su niño en brazos.

La salud aquí es una preocupación primaria. Por eso cuando el presidente Piñera visitó la zona el 28 de agosto pasado, anunció una serie de medidas que incluían hacer un reacondicionamiento del Hospital de Quintero, que no tenía red de oxígeno, ni los especialistas necesarios. Hasta mejorías en las instalaciones eléctricas y el techo del recinto médico comunicó el mandatario, quien también adelantó que se iniciaría la construcción de un Cesfam, el esperado policlínico local que tendrá entre sus obligaciones generar la data para ver cuál es el daño que la contaminación está produciendo en los habitantes de esta comunas.

Pero Piñera también relevó otro problema del que poco se habla: el agua. Mucha gente en esta zona se abastece de agua de pozos que están contaminados, algunos con arsénico. De hecho, el agua embotellada ya es un gasto que las familias de esta ciudad han debido incorporar a sus cuentas mensuales. Para muchos, es también un lujo que escasamente pueden permitirse.

“Las empresas son malas vecinas. Y como no hay trabajo, todos terminan aceptando que sigan aquí”, dice Juan Carlos Contreras (51) en la calle, mientras mira una larga y ruidosa fila de autos que se dirige al cementerio.

La esperanza del turismo

Un hombre indica la sede de la Agrupación de Amigos de Discapacitados (AGRADIS), en el centro de Quintero. Dentro del lugar, diversos dirigentes y activistas se han reunido. Un grupo de estudiantes de la Universidad de Chile quiere conocer de primera fuente el problema. La enfermera Macarena Nieto les recuerda que las condiciones atmosféricas también ayudan a que empiecen los problemas. “El peor escenario se produce cuando hay vaguada costera”, les dice. Esa condición genera que una mayor cantidad de gases se concentre a nivel de la superficie. Los niños y los ancianos son los que peor lo pasan cuando eso ocurre, porque tienen el sistema respiratorio más débil, les explica.

“La zona no ha sido prioridad para ningún gobierno. Si no, se habrían buscado soluciones hace mucho tiempo”, reclama el kinesiólogo Claudio López. Es secretario del Consejo Consultivo de Salud del Hospital de Quintero y se queja de que las enfermedades causadas por la polución apenas pueden ser tratadas por el hospital local. También se lamenta de la inexistencia de estadísticas sobre asma bronquial, cáncer de pulmón y enfermedad pulmonar obstructiva. “Acá tenemos enfermos de cáncer hace 50 años”, relata.

El Hospital Adriana Cousiño de Quintero es un recinto calificado por el Ministerio de Salud como de “baja categoría –agrega López–, es decir, que no tiene especialistas ni recursos para atender estos casos”.

En su reclamo se trasunta la mirada que tiene la gente hacia las autoridades locales como cómplices de lo que pasa. La queja más extendida es que los años de abandono y desidia han llevado a esta situación. Recién el 10 de septiembre pasado las estaciones de monitoreo de calidad del aire de la zona pasaron a manos del Estado. Antes, eran manejadas por las mismas compañías a las que todos apuntan como responsables de la polución.

“Las empresas tiran el humo por la noche y eso hace que la nube tóxica se concentre durante la mañana en la comuna. Aún así es visible, pero hay menos controles a esa hora. Es una de las estrategias que aplican, igual que utilizar los días nublados para soltar más emisiones”,  denuncia Alejandro Casanova, presidente de la Corporación de Desarrollo Social de Quintero.

Y lo que es peor: nadie sabe con certeza científica dónde está la fuente de todo el mal o de dónde provienen los gases contaminantes. “No se ha tenido conocimiento de ningún estudio serio”, dijo el presidente del Departamento de Medio Ambiente del Colegio Médico, Andrei Tchernitchin, en el informe que adjuntaron los habitantes de Quintero, Puchucanví y Zapallar, en su querella por los efectos de la contaminación en la zona y que fue solicitado por la Corte de Apelaciones de Valparaíso.

En ese informe, el organismo gremial denunció  “cáncer, accidentes cerebrovasculares y la disminución de la respuesta inmunitaria” como posibles efectos secundarios de estas emisiones sobre la salud.

Por eso, el alcalde de Quintero, Mauricio Carrasco, ha decidido dejar en manos del Estado la solución. La “estatización” del monitoreo de gases y material particulado permitirá tener al fin datos independientes. Por vías paralelas corren los planes de financiamiento para los pequeños y medianos productores y demás ayudas para la gente del lugar.

Hoy, la mayor preocupación del municipio es la temporada turística. Quintero era antes un destino pesquero, agrícola y de ocio. Sus playas y productos del mar eran famosos por su calidad y su proximidad con las grandes ciudades le aseguraba siempre un importante flujo de visitantes. Sin embargo, las constantes informaciones relacionadas con la crisis ambiental lo han convertido en un atractivo turístico en decadencia. El municipio está apostando a centrar ahora el foco en la cultura y la vida rural. Hay una inversión por 2.800 millones de pesos comprometida para ello. Quintero busca aires nuevos.