Por: Pablo Marín Le pasó hace un par de años al escritor y crítico de cine Daniel Villalobos. Un blog le pidió confeccionar una lista con las mejores películas chilenas de la historia. Y el hombre armó su ranking, incluyendo en ella obras argumentales, pero también, y sobre todo, documentales: No olvidar, de Ignacio Agüero; […]

  • 1 octubre, 2015

Por: Pablo Marín

documentales

Le pasó hace un par de años al escritor y crítico de cine Daniel Villalobos. Un blog le pidió confeccionar una lista con las mejores películas chilenas de la historia. Y el hombre armó su ranking, incluyendo en ella obras argumentales, pero también, y sobre todo, documentales: No olvidar, de Ignacio Agüero; La batalla de Chile, de Patricio Guzmán, y Kawase-San, de Cristián Leighton. A poco de haberla enviado, sin embargo, recibió de vuelta una aclaración de parte del blog: no le estaban pidiendo documentales; le solicitaban “películas”.

La anécdota ilustra un saber casi atávico, muy extendido entre los espectadores de a pie: “películas” son los filmes de ficción, de cualquier género o temática. “Películas” son las que tienen actores que encarnan a otros (y ojalá que uno los conozca). Las otras no son películas, por así decirlo. Las llamamos documentales y suelen estar fuera del radar del grueso del público de salas comerciales, así como del menú de estas últimas. O eso creemos. O eso es lo que está mutando, en medio de un paisaje audiovisual que se ha alterado dramáticamente en los últimos diez años.

Una década después de la irrupción de shows como Gran Hermano o Protagonistas de la fama, la TV rebosa de docu-realities, así como de docu-reportajes y una miríada de productos construidos sobre la base de contar historias sostenidas en algún tipo de “telerrealidad”. Y en medio de todo está sacando también su tajada el documental “a secas”.

 

De qué hablamos

El género rehúye en general el impacto fácil y se toma a veces mucho tiempo en llegar a cocinarse. Campea más en festivales que en otros lados, todavía se legitima en un público no iniciado que, sin embargo, es sensible a una buena historia y a emociones que manan de donde uno ni se imaginaba.
Esta progresiva aceptación del documental tiene sus causas, pero sobre todo síntomas. Acaso el más simbólico sea la inédita presentación de La once como representante chilena a Mejor Película Iberoamericana en los próximos premios Goya (donde antes se nominaron “películas” como Taxi para 3 y Gloria).

El filme de Maite Alberdi, sobre un grupo de ex compañeras de colegio que por décadas se han juntado a tomar el té una vez al mes, suma un número de espectadores rara vez visto por los documentales locales (excluidos los de la “Roja” a propósito del Mundial): más de 22 mil boletos cortados desde su estreno comercial, el 4 de junio. Es decir, más público que el que tiene buena parte de la producción que pasa por las multisalas.

Igualmente, cabe tener en cuenta el galardón a Mejor Guión para Patricio Guzmán en la Berlinale por El botón de nácar, que llega a salas el 15 de octubre, una semana después de Surire, lo más reciente de Bettina Perut e Iván Osnovikoff (Un hombre aparte, La muerte de Pinochet). Y ahora que Cannes estableció por vez primera en su historia un premio específico para la no ficción –el “Ojo de Oro”–, su flamante primera ganadora fue Marcia Tambutti por Allende, mi abuelo Allende, que unos pocos meses después desembarcó con gran eco –y estupendas críticas– en la cartelera local.

En lo tocante a las audiencias, hay aún más mejores noticias. La iniciativa MiraDoc, nacida en 2013 gracias a la Corporación Cultural de Documentalistas (ChileDoc), ha venido estrenando ocho documentales al año en una red de salas –once en ocho ciudades, al principio; ahora 22 en 17 localidades–, cubriendo el territorio en casi toda su longitud. Aparte de hitos como La once, entre sus estrenos figuran algunos de los mejores filmes chilenos –de ficción o no ficción– que se hayan visto en los últimos años en la pantalla grande. Entre ellos, El otro día, de Ignacio Agüero; Los Rockers. Rebelde rock&roll, de Matías Pinochet; El gran circo pobre de Timoteo, de Lorena Giachino, y Crónica de un comité, de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola.

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Si no ha visto los mencionados, o no le dicen nada de buenas a primeras, prepárese a esperar lo inesperado

 

Las vidas de los otros

En uno de los filmes más impactantes e insólitos de los últimos años, los directores pidieron a sus protagonistas que escenificaran los asesinatos que cometieron contra los opositores al régimen indonesio: que recrearan lo ocurrido. Lo que resultó fue la aterradora y surreal The act of killing (2012), que figuró en varios Top 10 de la crítica mundial en 2013. Ahora que el 19° Fidocs acaba de presentar la “secuela” de este filme del texano Joshua Oppenheimer, donde las víctimas encaran a los victimarios (La mirada del silencio, 2014), cabe volver a preguntarse por el incontestable poder de ciertas imágenes y sobre cómo ese poder se despliega en lo que solíamos designar como no ficción. Como dijo Jean-Luc Godard, los grandes filmes argumentales tienden hacia el documental y viceversa.

El mencionado festival de documentales, que se desarrolló hasta el 27 de septiembre en el GAM, Cine UC, Centro Cultural La Moneda y Cine Arte Alameda, es otra evidencia de que el registro goza de buena salud. Cuenta con tres secciones principales: Competencia Latinoamericana, Competencia Nacional y Competencia Internacional de Cortometrajes Monsieur Guillaume. Según sus organizadores, se ha posicionado como uno de los certámenes más destacados en su tipo de Latinoamérica y ha sido unos de los puntales del resurgimiento del género en el país.

Piense ahora el lector en una cama, una mesa, sillas y decoraciones propias de una casa cualquiera… pero en movimiento. Contemple este cuadro hasta llegar a asimilar la idea de vivir de esta forma, en una casa rodante. La experiencia de vivir las precariedades y las satisfacciones de hombres que de noche son vedettes bajo las luces de una carpa. Es lo que pasa en el mencionado Gran circo pobre de Timoteo, de Lorena Giachino.

Sus protagonistas, como los músicos de Los rockers o los familiares de un muchacho baleado en Crónica de un comité, tienen cada uno sus razones, sus esplendores y sus miserias. “Los leones de Nat Geo son una cosa y los documentales son otra”, plantea Giachino, como para ir marcando las diferencias. Ahora, añade, “es imposible ‘normalizar’ el documental si no hay en la cabeza de la gente una conciencia de que hay autores y de que hay una tradición”.

En efecto, hay realizadores y filmografía para tirar al techo en el caso chileno, aun así, es poco probable que los clásicos locales del género –de Andacollo a Aquí se construye– estén muy presentes en la mayor parte de los lectores/espectadores. Pero, remata la realizadora, por dispareja que sea la cancha para los documentalistas, hay una pulsión por ir hacia la gente. Más aún si así se retribuye lo que los chilenos, a través de sus impuestos, han entregado a los fondos concursables para estas películas que los retratan o que los asombran con retratos de terceros.

Es buen síntoma, por otro lado, la variedad de propuestas que ofrece hoy el documental chileno. Hay variedad de fusiones e híbridos que pueden dificultar los etiquetados y que cada tanto irritan a los puristas.

Al menos desde los tiempos de Morir un poco (Alvaro Covácevich, 1967), variadas propuestas son calificables como “docuficción”, llegando hasta casos como los de Y las vacas vuelan (Fernando Lavanderos, 2004), El pejesapo (Sepúlveda y Adriazola, 2007) o Mapocho (Santiago Elordi, 2011).

Si se trata de tradiciones, hay una que destaca hace un buen rato: la de los documentales en primera persona. Remontables sus orígenes a obras como Eran unos que venían de Chile, de Claudio Sapiaín (1987), esta parcela multiforme cuestiona o derechamente ningunea el “registro objetivo”. En 2011, Michelle Bossy y Constanza Vergara constataban en su libro Documentales autobiográficos chilenos que el grupo más numeroso en este ámbito era el de los “trabajos de memoria”.

Ahí calza, por ejemplo, el revelador Edificio de los chilenos (ganadora en Sanfic 2010), donde Macarena Aguiló dibuja su infancia como hija pequeña de una mirista que vuelve clandestinamente a Chile y la deja a cargo de una familia “social”, primero en Bélgica y luego en Cuba. También El eco de las canciones, de Antonia Rossi; Reinalda del Carmen, mi mamá y yo (2006), la ópera prima de Giachino; Calle Santa Fe (2007), de Carmen Castillo, y Mi vida con Carlos (2008), de Germán Berger.

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Hay más categorías en el mencionado libro –“relatos del presente”, “retratos familiares”– y en algún intersticio habrá que incluir filmes posteriores a su publicación como El otro día, donde Ignacio Agüero instala su propio trayecto vital en medio de un inédito desembarco en distintos puntos de Santiago: cualquiera que toque su puerta (cartero, mendigo, estudiante) lo hace sentir con el derecho de ir a tocar la suya.

Y por último, si se trata de cruces entre ficción y no ficción, hay gente haciendo de lo uno y de lo otro por separado. Gente como Marcela Saíd, realizadora de El verano de los peces voladores (2013). O José Luis Torres Leiva, que irrumpió en 2004 con Ningún lugar en ninguna parte.

Seguirá habiendo obstáculos y seguirán faltando las lucas, pero pareciera que también hay más horizontes creativos. Así lo ve Maite Alberdi: “Son pocos los que se atreven a decir ‘esto no lo puedes hacer en un documental’, comentarios que escuché mucho hace diez años o menos. Hoy se asumió totalmente que es un género de estilo libre donde el punto de partida es la realidad, pero a partir de ahí se construye una película, una narración totalmente subjetiva con punto de vista. Esto es lo que permite que nos acerquemos en términos de forma y expectativas del público a otros géneros cinematográficos y que el documental no esté aislado”. La libertad estilística, remata la autora de La once y El salvavidas, es la que ha permitido a las obras “competir de igual a igual con la ficción”. •••