“Algunos creen que mi apellido es ruso, pero no, es macedonio. Soy hijo de inmigrantes que arrancaron de la II Guerra Mundial.  En 1974, mi padre estuvo detenido desaparecido en Villa Baviera mientras mi mamá me esperaba. Creyeron que era ruso y, por lo tanto, comunista. A pesar de eso, nunca me inculcó el odio […]

  • 17 octubre, 2019

“Algunos creen que mi apellido es ruso, pero no, es macedonio. Soy hijo de inmigrantes que arrancaron de la II Guerra Mundial.  En 1974, mi padre estuvo detenido desaparecido en Villa Baviera mientras mi mamá me esperaba. Creyeron que era ruso y, por lo tanto, comunista. A pesar de eso, nunca me inculcó el odio o la pasión por ningún lado político.

También hay quienes creen que “Mil Aires” tiene que ver con mi nombre (Mile), pero es solo un alcance de nombre.  Y muchos me han confundido con Roberto Begnini, el protagonista de La Vida es Bella, por mi parecido físico. Cuando me pasa eso, les grito con acento italiano: ‘¡María! ¡La llave!’.

Mi fascinación con los libros tiene que ver con una aventura que partió un año después de haber estado casi al borde de la muerte. En 1999 tuve un accidente en moto que me dejó dos semanas en coma, dos cirugías en la cabeza y una cicatriz para la vida. A partir de ese momento renuncié al computín que había sido toda mi vida y me convertí en artista, en un showman. Me empezó a gustar el diseño, el arte, y me puse a componer música pop electrónica como la que hacía Gustavo Cerati.

Un viaje que hice con mi señora a Londres ‘por el fin de semana’, en 2001, terminó convirtiéndose en una estadía por cinco años, experiencia que me convenció de que al llegar a Chile replicaría algo de lo vivido en esa ciudad. En Londres trabajé de camarero en el hotel Ritz, a cargo de llevar los desayunos a las habitaciones. Cada vez que los huéspedes abrían la puerta, les hacía alguno de los trucos que aprendí en un club de magia extraordinario ubicado en la Oxford St., al que iba todas las tardes. Gracias a mis trucos me hice muy amigo de Johnny Depp, quien durante toda una semana esperó ansioso el desayuno y mis shows. Mi afición por la magia se me despertó a los diez años, cuando un amigo croata de mi papá me hizo el primer truco y quedé, como dicen los españoles, ‘flipando en colores’. 

Clara, mi señora, trabajaba en las tardes en la librería The Travel Book Shop, la misma de la película Notting Hill. Fue esa experiencia de la librería de barrio ‘atendida por su propio dueño’ lo que me cautivó. En Chile faltaba un espacio donde las personas pudieran hojear un libro sin necesariamente tener que derrumbar una torre de ellos ordenados alfabéticamente. No existían muchos lugares con libros de calidad, de ediciones finas y que tuviera un espacio más protagónico para los niños. Por eso, cuando en 2006 llegamos a Santiago con nuestra hija Sofía, de apenas un año, decidimos instalar Mil Aires, una boutique de libros independiente, pionera en la industria de la papelería, con una curatoría exquisita y lugar de referencia para los profesionales del arte y la literatura infantil. Mi primer cliente fue don Christian de Groote, arquitecto que murió en 2013.

En este proceso de reinvención mplementé el formato de cuentos con magia que hacemos de manera gratuita todos los sábados en el ‘patio secreto’ que tenemos atrás de la tienda. Esto, con el objetivo de enganchar a los niños en la lectura. Este es un negocio familiar en que trabajamos todos. Mi señora es la que ve el tema de la curatoría editorial y los números. Yo recomiendo libros, cuento cuentos con magia y manualidades a los más de cuarenta niños que participan en los talleres. Mi hija Sofía (14) me acompaña con los títeres y la Pili (11) es la ‘bussinesman’ a cargo de atender un quiosco que le construí en el patio donde vende jugos y quequitos.

Me fascina lo que hago. No tengo pensado ampliarme ni venderlo, pero definitivamente este no es un negocio para hacerse rico. Lo que nos gusta, es que como familia estamos haciendo lo que nos apasiona y entregando un aporte al barrio y a la comunidad. Todo lo que tenemos lo hemos construido a pulso, con ayuda de amigos y clientes que nos han ido donando cosas. La mítica máquina con la que hacía los arreglos musicales para mi banda EMILIO, hoy la uso para hacer las voces de los personajes de mis cuentos, como el Esqueleto Tiritón y Yo-yo, un tipo muy egocéntrico que cada sábado aprende a ser un poco más empático.

Tenemos una clientela fiel, que valora el gusto por la lectura y el espacio de encuentro familiar que aporta Mil Aires. No es raro que en pleno show vea entre los niños a Sammy Benmayor o Mario Irarrázaval.

Para ampliar el modelo de negocio, hago shows de magia a grupos y empresas y subarriendo espacios en nuestra tienda a marcas que pasan por la misma curatoría que aplicamos a los libros, porque deben identificar el espíritu de Mil Aires.

Tengo pendiente incorporar a mis talleres la presencia de bandas en vivo, además de un libro de gastronomía y otro que registre las manualidades que he hecho en los talleres.

Aunque me dedico a ser cuenta cuentos, soy súper malo para explicar cosas y contar historias”.