Primera vez en 60 años que la clásica Dulcería Violeta ubicada en la calle León, cierra sus puertas por tanto tiempo. Producto de la crisis sanitaria, desde el 18 de marzo no se ha hecho ni una sola torta. Francisca Bascuñan (63), sobrina de la fundadora, Violeta Bascuñán, y administradora del negocio, nos relata en primera persona la historia de este mítico local y asegura que una vez que se termine la cuarentena volverán con su clásica oferta.

  • 26 junio, 2020

«Mi tía Violeta (Bascuñán) es la penúltima de nueve hermanos y siempre la recuerdo como una mujer cercana y cariñosa. Siempre vivió con mis abuelos en la misma casa en la calle León donde hasta hoy se ubica la dulcería. Nunca se casó y desde muy joven desarrolló esta veta de pastelera de manera autodidacta porque nadie en nuestra familia era muy amiga de la cocina. Primero se tomó ese espacio, luego el garage y después la terraza. Partió haciendo tortas sola y de a poco fue contratando a las pasteleras, muchas de las cuales nos acompañan hasta hoy.

Desde los 8 años, todos los viernes después del colegio, mis papás me iban a dejar a la casa de mis abuelos y me iban a buscar el domingo en la tarde. La tía Violeta me esperaba con lo que más me gustaba: unos rollitos de jamón con palta y una barra de chocolate debajo de la almohada. Nos hicimos muy cercanas y me convertí en su ayudante y, de alguna manera en la hija que nunca tuvo. La ayudaba el fin de semana haciendo tortas, metida en la cocina y, cuando me dejaba, podía atender a los clientes. Los sábados en la noche la acompañaba al cine a ver las películas de Rafael, su amor platónico.

La recuerdo con un carácter alegre, espontánea, muy auténtica y como no se guiaba por los protocolos, lograba enganchar con personas de todas las edades.

Tengo recuerdos, en la época que en el barrio no habían kioskos ni locales comerciales, los chiquillos del Verbo Divino y las niñitas del Villa María venían a la hora de almuerzo a comprar dulces y bolitas de nuez. Se armaba el tremendo despelote -y más de un pololeo- en el pasaje y mi tía Violeta gozaba viéndolos. Tenía algunos regalones que los dejaba comerse una cucharada de manjar o dejar fiado algún dulce.

A las pasteleras les hacía clases de corte y confección y les organizaba clases de gimnasia en el patio de atrás y cuando iba al banco pasaba siempre a comprarles una bandeja de petit bouches que duraban un suspiro. E instauró, desde el primer año, que el mes de febrero el local cerraba para todo el personal para aprovechar el verano y llegar recargados de energía.

Ese espíritu se transmitió también a los clientes los que se han mantenido por generaciones. Hoy recibimos a hijos, nietos o bisnietos de nuestros primeros clientes. Familias de todos los colores políticos como los Aylwin, los Frei, los Alessandri, los Chadwick y los Piñera nos mandan hacer tortas para cada ocasión y los actores Marcelo Alonso y Amparo Noguera son asiduos clientes.

Pero lejos el cliente “famoso” que más me emocionó atender fue al hijo de Gustavo Cerati, Benito. Hace un tiempo, cuando estuvo en Chile nos visitó y nos contó que su mamá le compraba sus tortas de cumpleaños acá y necesitaba volver a probarlas. Tanto le gustó la que le eligió que nos pidió que se la envolviéramos bien para poder meterla en la maleta y llevársela a Buenos Aires. Eso no es mas que una tradición que se hereda y que hace que la Dulcería Violeta sea lo que es.

Pese al éxito que tuvo, sobre todo en una época que no había muchas pastelerías y no existían estas tortas congeladas hechas a base de polvos mezclados donde la preparación aparece como arte de magia, nuestra dulcería nunca tuvo grandes pretensiones como negocio. Expandirse o abrir nuevos locales no estuvo en el horizonte de mi tía. Ella era sencilla y siempre quiso mantener el carácter artesanal y casero. Ninguna de nuestras tortas se congela, los huevos se quiebran ahí mismo, la leche se hierve hasta su punto y mantenemos el mismo proveedor de manjar -usamos entre 1.000 y 1.200 kgs a la semana- desde que se hizo la primera torta.

La cocina es abierta porque nos gusta que vean cómo se hacen las cosas y para que los clientes tengan la libertad de pedirle que le pongamos más huevo mol, más manjar o más mermelada a sus tortas.

Pegada a la pared de la cocina tenemos una imagen de Santa Teresa de los Andes porque ella era muy devota y le gustaba visitar unas termas que quedan cerca del santuario. Y también teníamos un poster de Felipe Camiroaga porque éramos fanáticas de él. Un verano, cuando pintaron el local por dentro, los maestros lo sacaron y nunca más supimos de él. Cuando nos enteramos nos sentimos doblemente viudas de él. Fue una lástima porque salía fabuloso.

Nos han venido a ofrecer un montón de veces nuevos productos e incluso nos han propuesto comprarnos a un precio muy por sobre lo que podríamos imaginar, pero a la Violeta jamás se le pasó por la cabeza y nosotros respetaremos en la medida de lo posible esa convicción.

De a poco ella fue delegando las funciones en mi mamá y en mi porque sufrió varios accidentes vasculares. El del 2010 la dejó muy limitada para trabajar, así que la trasladamos a una casa donde pudiera recibir cuidados más personalizados. Recuerdo haberla visitado todos los días y contarles las copuchas de la dulcería. De a poco se fue apagando y hace tres años murió.

Llevo más de 30 años dedicada exclusivamente a la administración del negocio y de las 15 mujeres que trabajan con nosotros. Fue mi tía quien me invitó a ser parte de esto, porque éramos muy cercanas. Me acuerdo como si fuera ayer cuando traía a mis dos hijos recién nacidos y entre todas las pasteleras se turnaban para hacerlos dormir, jugar o mudarlos, mientras yo organizaba el local. Ahora es mi hija Magdalena -ahijada de Violeta- quien me está ayudando con la administración porque yo ya tengo 60 años y es importante pensar en un recambio generacional.

En 60 años, nunca habíamos cerrado por tanto tiempo. Apenas se declaró la pandemia decidimos cerrar. Por ahora la tienda la mantiene una cuidadora que va a hacer el aseo. La cocina esta vacía y las vitrinas desiertas. Pero cuando se acabe esta cuarentena volveremos con el mismo espíritu de siempre. Esperamos al fin poder ofrecerles Transbank a los clientes, pero eso depende de un asunto que tiene que ver con el cambio de nombre de la sociedad. Hemos barajado opciones de movernos a otro lugar, pero eso está por verse. Vitacura es una opción. De momento seguimos donde siempre.

¿Si hay una receta mágica? Definitivamente el cariño y dedicación con que siempre se han hecho las cosas en Dulcería Violeta por más de 60 y años sin cambiar una coma de la receta».