“Nunca pretendo que mis obras le gusten a más de la mitad de las visitas. Eso sí que espero haber hecho obras que valga la pena el esfuerzo de todos a quienes agradezco. Pero estos días estoy dedicado a hacer cosas sin importancia. He aprendido lo que es ‘aburrirse espléndidamente’. He dedicado mi vida a […]

  • 3 julio, 2020

“Nunca pretendo que mis obras le gusten a más de la mitad de las visitas. Eso sí que espero haber hecho obras que valga la pena el esfuerzo de todos a quienes agradezco. Pero estos días estoy dedicado a hacer cosas sin importancia. He aprendido lo que es ‘aburrirse espléndidamente’.

He dedicado mi vida a pensar y a hacer obras relacionadas con el ocio. El ocio es el tiempo para no hacer nada más ni nada menos que pensar con uno mismo y contentarse con eso. El ocio es creativo, porque en momentos uno no está ocupado lograr nada en concreto. Cuando uno hace algo por el puro gusto de hacerlo, uno pone en blanco la mente practica y eso produce un bien espiritual.  En cambio, llegar a la punta del Everest es un deporte, no es ocio. Ocio es ir y no llegar. Voluntariamente.

He trabajado siempre con la idea de viajar para curiosear en lugares que a viajeros de todo el mundo les parezcan remotos. Haciendo obras de paisajismo para relacionar su naturaleza y su cultura con la gente, por medio por ejemplo, de hoteles chicos exclusivos y caros,  (“caro” en italiano sería “querido”) termas, senderos y miradores, lugares para celebraciones, parques, viajes, bodegas de viñas, etc., Lugares que ofrecen un lujo sencillo y al alcance de todos, como por ejemplo, el silencio ininterrumpido, el tiempo y el espacio generosamente disponible, la conversación ingrávida, y sobre todo la irrupción (ojalá del lado bueno) de lo inesperado…  partes importantes de la vida que sin embargo en la ciudad donde está todo calculado, no se pueden dar.  Y con las que las personas se contactan simplemente porque están ahí  sin muchas otras distracciones. Lo curioso para mí, es que vamos destruyendo estos bienes que estaban gratuitamente al alcance de todos, pavimentando e iluminando el mundo, poniendo rejas, destruyendo animales y cosas que parecen peligrosas.

Lo inesperado es, lo que hoy en día nos da tanto miedo. En una entrevista reciente de Cristián Warnken, Carlos Peña dijo que la condición humana es frágil y consiste en no saber.  Significa que estamos siempre siendo sorprendidos, incluso por la alegría. Lo que tiene todo viaje -que no sea a Disney o a un gran hotel de playa-, es que lo enfrenta a uno a todo eso que no conoce.

Cuando vas caminando por una quebrada en Atacama, donde no hay aparentemente nadie ni nada, y de repente te encuentras un geoglifo, te preguntas “cómo serían ellos”, “quiénes eran”. Y se te abren una serie de interrogantes. Después te topas con un libro que muestra los pucaras (fuertes) atacameños. Y te interesan porque ya los viste. La curiosidad te lleva a buscar más… ¿No es cierto?

Siempre he trabajado la arquitectura como el medio de hacer accesible –sin evitar la incomodidad esencial de la realidad que nos permite conocerla porque nos ofrece resistencia– esa reserva mundial de belleza que está disponible en todas partes, pero que en general es inaccesible, porque uno no sabe adónde ir ni cómo llegar, por ejemplo, a la cueva donde hay manos pintadas.

La arquitectura hace eso posible. Las fuentes de agua caliente de las Termas de Puritama pueden haber estado, pero si no se domestican para que se puedan usar sin que los niños se saquen la mugre, sin que uno se queme se congele o se muera de hambre y sed, si no haces baños para que la quebrada este  limpia, no es posible suspender la desconfianza y entregarse simplemente a gozar de sus bellezas naturales.

Pienso que con mi trabajo hice que eso fuera posible, manteniendo el ambiente original de unos pozones en medio del bosque nativo, pero con ciertas comodidades que no tiene un mochilero. Yo fui mochilero. Y sé que en esa experiencia -que es muy entretenida- uno pasa todo el tiempo dedicado a sobrevivir: pensando cuánto debes caminar hasta el campamento, armar la carpa, juntar leña, hacer fuego, te sientas en el suelo, cantas un par de canciones, empieza a llover, comes, lavas los platos, te abrigas y te preocupas de que la carpa no se pase. No es verdad que eso te pone en contacto con el lugar en donde estás, porque estás solo concentrado en sobrevivir. Estás todo el día al servicio de eso.

La arquitectura  hace posible que no te ocupes de sobrevivir y te conectes con el lugar en que estás. Pero también –y sobretodo ahora– uno puede tener momentos de ocio sin moverse. Uno puede aburrirse espléndidamente. Al ocio en movimiento le llamaría explorar cualquier lugar. Puede ser ir a la esquina a comprar helados. Pasear. Por eso a los hoteles que frente a la curiosidad ofrecen movimiento les llamé hoteles Explora.

 

Todo este largo cuento es para contar que pasé del ocio con acción -que es salir a pasear, adentrarse en mundos nuevos que a veces están a la vuelta de la esquina  para encontrarse con lo imprevisto, algo que valga la pena contar- a un modo de aburrirse espléndidamente haciendo cosas sin importancia. Para que en vez de descubrir mundos nuevos porque uno los sale a buscar, uno deje que lo inesperado se presente por su cuenta… en lo que uno menos se espera.

Lo que estoy haciendo ahora es restaurar cosas -no para dejarlas “mejor que de fábrica” como dice mi amigo don Julio Avilés-  sino para ver qué pasa si en vez de ponerlas en orden como inspira la arquitectura, sea yo quien se pone a disposición para devolver las cosas a su origen…. Entre ellos hay unos doscientos tractores agrícolas de fierro fundido de los años 50, a escala 1:24, de unos 40 cm de largo por 20 cm de alto. Mi objetivo es regalarlos a escuelas agrícolas, pero no me ha resultado. Tampoco es fácil regalar, porque requieren cuidados que los colegios no pueden pagar. Hay además dos tractores Fordson Major de 1949 y 1950 “de verdad” que funcionan y se usan para trabajos en secano costero donde vivo cerca de Leyda, desde hace más de ocho meses…

Cuando era niño, mi abuela nos prestaba para jugar con mi hermano Cristián, un auto Mecano Car 2 hecho en Inglaterra en 1930. Fue una de las pocas cosas que guardé en un baúl cuando dejé la casa de mis padres en 1970 para estudiar arquitectura en Barcelona.  En 1986, alguien se aburrió con el baúl y lo botó a la basura. Y una hija lo rescató incompleto. Busqué mucho tiempo en Inglaterra los repuestos para restaurarlo. Ningún niño arma mecanos hoy día. Las cosas tienen que hacerse rápido, por eso a los niños de ahora les gusta el Lego. El mecano es un modo de enseñar la destreza de hacer cosas que no se saben, siguiendo un manual de instrucciones.

Siempre he trabajado con las manos. También restauro cañas y carretes de pescar. Para regalarlas a escuelas agrícolas donde enseñan acuicultura. Para mostrarles a los niños el valor de cuidar los recursos  y que la belleza del arte de pescar es devolver los peces al agua. Tampoco ha sido fácil concretar ese regalo. Qué pena que entregar algo tan sencillo, sea a la vez tan complejo.

Lo mismo pasa en Panguipulli. Tenemos un plan con otros interesados, de hacer un museo mapuche de Insignias Líticas en la plaza de la ciudad. Esta son -para mayor gracia- esculturas de piedra contemporáneas que se siguen haciendo. La casa apropiada y las piezas están, pero una fundación capaz de mantenerlo, no.

Estudié cuatro años Arquitectura en la Católica de Santiago y después tres años en Barcelona. Allí me hice muy amigo de Carlos Miquel, un compañero de curso, con quien nos ayudábamos. Al egresar en 1973 nos asociamos. Su padre nos conectó una gran inmobiliaria que nos encargaba un promedio de un edificio de 10 mil m2 al mes a cada uno: ¡12 edificios al año cada uno! Eran departamentos baratos y malos, para emigrantes andaluces que no exigían nada. Nos iba muy bien aparentemente. Tenía 24 años, y una oficina tan grande que nunca necesité después, 17 dibujantes, 3 secretarias, un jefe de taller, 3 constructores civiles. Iba a las obras con una grabadora porque no tenía tiempo para tomar notas y la secretaria escribía mis comentarios en el libro de visitas. Era una arquitectura ridícula. A fines de 1974, nos miramos con Carlos y nos dijimos: “¡Qué horror! ¡No podemos hacer esto! Para renunciar sin parecer locos, tuvimos que inventar una pelea con la inmobiliaria. Estuve feliz de volver. Aunque hubo consecuencias que nunca imaginé.

Me siento chileno. Y no me interesa pertenecer a lo que no pertenezco. Ni ser lo que no soy. ¿Para qué? Pero uno propone y la vida a veces dispone otra cosa.

Llegué a Chile con las manos vacías, que es según el poeta Godofredo Lommi, la única manera de recibir un regalo. Mis amigos arquitectos tenían clientes, yo no. Pero tenía una relación muy profunda con el país. Había viajado a pie, me había fijado siempre en lo que ocurría fuera de las ciudades, y pensé: “Voy a tratar de hacer un proyecto para darle un destino a los lugares más remotos del Sur de América, como Patagonia, Atacama, Cuzco, etc. Tenía que ser una alternativa no extractiva como la minería, ni destructiva como el turismo masivo o la silvicultura. Como el turismo en pequeña escala que solo atrae a los turistas que estén dispuestos a pagar mejor por los bienes culturales y naturales que se les ofrecen. Aunque a muchos les cueste entender, esto permite que las personas puedan seguir viviendo bien donde viven sin sacrificar ni su medio ambiente cultural ni natural.

A fines de los 80 trabajaba asociado con mi amigo José Cruz. Entonces, gracias al arquitecto José Domingo Peñafiel, José Luis Ibáñez Santa María, entonces presidente de Ladeco, nos encargó la remodelación de las oficinas de esa línea aérea en Chile. Viajé de nuevo por Chile de arriba a abajo. Y tuve una de las mejores oportunidades de mi vida, cuando conocí a José Luis Ibáñez S.M. Y como simple arquitecto le plantee francamente: “Cómo es que no hay ningún hotel bueno dónde quedarse a conocer los lugares más remotos de Chile”. Y él me desafió a presentarle un plan para ofrecer al mundo viajes de exploración no científica por todo el sur de América. Yo le propuse un proyecto que después llame “Explora”, y que está publicado en un librito que llamé “Arte de Viaje”.  Así nacieron ese proyecto de viajes y los hoteles necesarios para ponerlo en el mapa  imaginario de deseos de viajeros sofisticados de todo el mundo. Cuando le contamos nuestro plan a uno de los dueños de la agencia de viajes “Cocha” nos dijo que estábamos locos.

José Luis Ibáñez S.M. no pudo seguir, y en 1988 generosamente me presentó a su hermano Pedro Ibáñez S.M. con quien trabajé pensando y realizando parte del proyecto, -que era mucho más ambicioso para alcanzar una escala adecuada, dispersando a sus visitas por todo el sur de América- hasta 1998.

Nunca he ido nunca a los hoteles que construí. No los puedo pagar. Y no me da pena verlos vacíos estos días. Tampoco me da tristeza ver termas sin visitas. Todo pasa. Esto también pasará. No es la primera ni la última crisis que como una oportunidad nos invita a pensar distinto. Y no para cambiar la realidad que no podemos cambiar, sino para cambiar lo que nosotros nos decimos a nosotros mismos acerca de la realidad. Y que a veces, solo se basa en el miedo. Lo único verdaderamente trágico sería que en el camino perdiéramos la esperanza, que es lo último que se pierde».