Francisco es hijo de Lucio Torre, apodado “el rey de Plaza Italia” por los cuatro hoteles que tiene en la hoy llamada Zona Cero. Vivió en carne propia la destrucción y el saqueo de uno de sus establecimientos mientras obligaban a los huespedes a huir en pleno estallido social. Ahora reconvirtió una de sus intalaciones en residencia sanitaria. Desde ahí reflexiona sobre lo que han sido estos ocho meses.

  • 19 junio, 2020

«En este momento tenemos todo cerrado, paralizado. El estallido social y ahora la pandemia terminó por liquidar la industria hotelera y gastronómica. En ocasiones anteriores habíamos visto manifestaciones, protestas y desorden, sobre todo cuando celebraban algún triunfo de fútbol en la Plaza Italia, pero jamás como lo que vimos a partir del 18 de octubre.

Nunca me voy a olvidar de ese día.

Estábamos con mi hermano Juan Carlos (31) en el bar de un amigo en Vitacura, cuando nos llamó el administrador del hotel Principado de Asturias -uno de los cuatro que tenemos-, todos ubicados en la hoy llamada “zona cero”. Muerto de miedo nos relató que un encapuchado había entrado y le había dado 20 minutos para desalojar a todas las personas del hotel. Si no lo hacía, lo incendiaba. No sé cómo logró reunir un salón a los 24 huéspedes que había, les explicó lo que pasaba y los evacuó. Parecía un atentado terrorista.

Preferimos no contarle a mi papá -Lucio Torre (80), español dueño de la cadena de hoteles- porque no quisimos asustarlo. Al día siguiente se enteró y dio algunas declaraciones, pero ya está cansado. Delegó en nosotros la gestión de los locales.

A partir de ese día las cosas fueron empeorando. Todas las noches teníamos que ir a tapiar con planchas de zinc las puertas y ventanas de todos los locales. Los encapuchados, armados con herramientas, se encargaban de desmantelar todo y usar lo que encontraran para hacer barricadas, desde colchones a televisores.

Como teníamos acceso a las cámaras veíamos -cual película de terror- la furia con la que arrasaban nuestros locales. Los vimos subir y bajar las escaleras como si estuvieran en su casa llevándose las carnes y los vinos. Y nosotros no pudimos hacer nada.

Todavía no somos capaces de cuantificar exactamente el daño material de la pérdida y el estrés sicológico todavía no se nos pasa. El trabajo de mi papá de toda una vida lo destruyó uno grupo de violentistas que no respetó el trabajo ajeno. Nos vimos obligados a despedir a más de 30 personas y todavía no podemos reabrir ningún hotel. Además, ¿para qué? Si no hay turistas ni personas que puedan ir a restaurantes.

El coronavirus vino a rematar la situación, pero le hemos ido poniendo el hombro. Nos acogimos a la Ley de Protección al Empleo para que los trabajadores que siguen con nosotros puedan recibir algo de sueldo. Y hace 20 días decidimos habilitar el hotel Principado del barrio Lastarria como residencia sanitaria para pacientes diagnosticados con Covid-19. Como no había sufrido mayores daños -sólo algunos superficiales en su fachada- y cumplía con los requisitos que exige el Ministerio de Salud, postulamos y quedamos. Aunque es una buena estrategia para mantener abierto el hotel, el contrato definitivamente es unilateral: las condiciones las ponen ellos. Nos pagan por habitación ocupada, pero nosotros tenemos que facilitar el personal, los insumos de protección, los servicios básicos como calefacción y tv cable y darles cuatro comidas diarias a los huéspedes. Tuvimos que sanitizar la entrada y disponer de alcohol gel y mascarillas en todos los espacios donde transita la gente. Los trabajadores que se encuentran realizando sus funciones, se pasean con overoles y guantes. Hoy tenemos 30 pacientes alojando en el hotel y capacidad para recibir a diez más.

Pese a lo terrible que han sido estos últimos meses, en lo personal tener este hotel andando ha significado volver a sentirme vigente. Me gusta trabajar y esto me mantiene activo además de sentir que estoy colaborando en algo. Definitivamente la vida te obliga a adaptarte a las situaciones y a los tiempos, pero jamás imaginamos como familia que íbamos a vivir una cosa así.

Mi papá ve esto desde la distancia. A principios de marzo se fue a vivir a un departamento que tiene en Algarrobo junto a mi mamá. Por precaución y porque creo allá están mejor».