La escritora acaba de publicar su nuevo libro, Una música futura. Son siete cuentos que se sumergen en historias de personajes rodeados de tecnología, protagonistas solitarios que habitan en un entorno que les resulta hostil. “Es un ruido de información constante que puede generar empatía, pero también nos puede infectar y enfermar”, comenta la autora.

  • 25 abril, 2020

Todo partió el verano de 2019. María José Navia (37) siempre está escribiendo cuentos y en esos días sintió que había un conjunto de estos relatos que tenían una “melodía especial”. En todos percibió una fuerte presencia de la tecnología, cierto temor al futuro, siendo Estados Unidos uno de los escenarios centrales.
En paralelo, en febrero de ese año pasó dos semanas en una casa cerca de Futrono, Región de Los Ríos, junto con la familia de su marido. Sin señal de internet ni de teléfono, los bosques y pastizales verdes se convirtieron en un espacio de desconexión. Ese escenario gatilló la escritura del primer relato del libro, “Cuidado”, el cual –entre muchas cosas– trata sobre un centro de rehabilitación para adictos a la tecnología. Hasta allá llega la protagonista para ayudar en las labores del lugar y, de pasada, tomar distancia de una relación de pareja. Son siete relatos en total y el libro es “Una música futura” (editorial Kindberg). Todos se sumergen en las opacidades de sus personajes. La tecnología juega un rol central para generar este efecto, en especial las redes sociales. En “Vueltas”, la protagonista acompaña a su mejor amigo en el hospital donde tiene a su pequeño hijo enfermo. Se percibe algo extraño. En un momento, la madre del niño sube una selfie familiar: madre, padre e hijo. La foto tiene quinientos trece likes. Algo intenta insinuar con ese número.
A María José Navia, autora de Lugar y Kintsugi, ese mundo virtual le parece fascinante y terrible a la vez, pues cada posteo arma una ficción, un relato de cómo ser percibido por el resto. Comenta que “es un ruido de información constante que puede generar empatía, pero también nos puede infectar y enfermar”. La escritora siente que con el tiempo, sus libros se han ido oscureciendo. “Creo que es porque cada vez trato de arriesgarme más y bucear más hondo en las cabezas y corazones de mis personajes”. Tiene menos temor a lo que pueda encontrar ahí o a desarrollar historias más largas. Además, influyó en ella un comentario que le hizo el autor boliviano Edmundo Paz Soldán, quien la animó a salir de su zona de confort, alejarse del realismo y ampliar sus márgenes. Aun así, piensa que hay mucho por mejorar, se le hace difícil el humor y el absurdo. “Es algo que me cuesta un montón”, dice.

Get out

Algunos cuentos de Navia están salpicados de frases en inglés. Hay un juego ahí. Son expresiones que funcionan como una especie de barrera para los protagonistas. Su entorno les pone cercos que no pueden cruzar. Durante ocho años, María José vivió en Estados Unidos, donde realizó su magíster (Nueva York) y doctorado (Washington DC). De hecho, uno de los relatos, “Panda”, ocurre en la capital estadounidense. “Quería generar esa sensación de estar en otro lado y no ser capaz de entenderlo todo”, explica. En “Tiempo compartido”, la protagonista se va de vacaciones con la familia de una amiga, originaria de este país. En un momento, se encuentra con una situación que ella no debiese ver. “Get out!”, le gritan quienes están ahí. La escena toma fuerza al leer el relato.
La autora despliega en estas historias un lenguaje cuidado, hay una búsqueda para que cada palabra quede en su lugar. Cada frase entra por su propio peso. “Soy muy maniática en eso”, comenta. Cuando escribe un cuento, y termina el primer borrador, lo lee en voz alta mientras lo graba en su celular. Luego pasa días, semanas e incluso meses editando mientras lo escucha. Busca cierto ritmo, una música interna. En general, sus relatos tienen pocos diálogos; los personajes se expresan con sus acciones, conductas y pensamientos.

–”Soy muy mala escribiendo diálogos” –comenta y se ríe–. “Esa es la pura verdad”. Siente que es uno de sus desafíos a futuro. Pero, por mientras, intenta usar ese “problema” a su favor y trabajar los relatos de tal modo, que los diálogos, las pocas veces que aparezcan, tengan un peso especial. Generalmente, “mis historias pasan mucho en las mentes de los personajes y eso contribuye a que le pongamos toda la atención a cómo funcionan esas cabezas”.

Ritmo frenético

Durante tres meses trabajó intensamente en la escritura y edición de ‘Una música futura’. Escribía cada vez que tenía tiempo, todos los días, aunque no fuera mucho. Luego envió el libro al concurso Mejores Obras Literarias Inéditas del Ministerio de Cultura. Ahí el proyecto quedó congelado hasta que supo los resultados en octubre y fue la ganadora. “Fue una felicidad enorme”, recuerda. Desde ese día empezó a hacerle algunos ajustes en cada relato según las lecturas de Arantxa Martínez, su editora en Kindberg, y otras personas que suelen leer sus manuscritos.

El libro está repleto de referencias a canciones, algunas mencionadas explícitamente en los relatos. De hecho, para la escritora, todo el libro se escucha con la melodía —y la letra— de la canción ‘The ride’ de Amanda Palmer. También siente que están presentes las lecturas de escritoras, sobre todo, norteamericanas como Amber Sparks, Laura Van den Berg y Amy Hempel. También piensa que hay una influencia enorme de su escritor favorito, el argentino Rodrigo Fresán

Cuando escribe cuentos, en paralelo, lee muchos relatos cortos para mejorar y aprender. Y enfatiza en que son demasiados: dos o tres por día. Lo compara con los entrenamientos de una gimnasta que practica por horas sus saltos y piruetas que luego, en tan solo unos segundos, deberá ejecutar a la perfección en un campeonato durante solo un instante. “A veces me armaba mis propias antologías personales leyéndome quince o veinte cuentos de distintos escritores un cierto día, buscando un tono particular”, recuerda. Ella cree en este libro queda plasmada su historia de amor por los libros; como ocurre en una relación de amor, es linda, complicada, cambiante y tantas cosas. Al menos así lo ve ella en estos tiempos de pandemia. Piensa que “el mundo se pone oscuro pero seguimos leyendo”.