Mediodía en Chile. En el “Pollo Donald” ya está sentado el primer parroquiano de la jornada, quien, schop mediante, espera sin apuro el almuerzo. En la pequeña cocina, abierta hacia las cinco mesas del mínimo local, una ágil mujer, con sus kilos bien puestos, revuelve cacerolas y hace bailar su cuchillo picando tomates, lechugas, pepinos […]

  • 28 enero, 2013
Lo Barnechea

Lo Barnechea

Mediodía en Chile. En el “Pollo Donald” ya está sentado el primer parroquiano de la jornada, quien, schop mediante, espera sin apuro el almuerzo. En la pequeña cocina, abierta hacia las cinco mesas del mínimo local, una ágil mujer, con sus kilos bien puestos, revuelve cacerolas y hace bailar su cuchillo picando tomates, lechugas, pepinos y repollos.

La ensalada mixta y el pan amasado ya están en la mesa y en minutos más aparecerá triunfante el plato estrella del lugar, una humeante cazuela servida a punto de rebalse en plato hondo de greda. La señora que atiende las mesas, menuda y con sus años, conversa con su cliente sobre las minucias del día. Como música de fondo, obvio, el matinal de Chile.

Mientras llega la cazuela, su dueño se vanagloria de que la comida sea del día –“no tenemos microondas”, dice– de que los borrachines se mantengan lejos y de que su clientela sea transversal. Un schop bien helado se sirve por igual al jardinero que llega de La Dehesa después de un día de trabajo que al dueño del 4×4 2013 estacionado enfrente.

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Es lunes, el sol se mantiene todavía bajo control, y los viejos plátanos orientales junto a los nuevos tuliperos dan una sombra que igual se agradece. El ritmo de la calle Lo Barnechea es como el de cualquier mañana en cualquiera de los cientos de pueblos, pueblitos y caseríos que inundan el país. Todo pasa…pero lento. La bicicleta es el transporte de la mayoría y los autos en circulación o estacionados superan los 20 años de vida. Aquí los tubos de escape se reconocen.

En la puerta de la ex escuela, hoy comisaría, el joven carabinero de turno mira al cielo y a la calle, da una que otra indicación a las mujeres que entran, presta ayuda a los conductores que buscan alguna dirección. Las señoras salen a goteo de sus casas copando las verdulerías y almacenes. Choclos rebalsando los canastos de mimbre y cajones repletos de duraznos, ciruelas, melones y damascos confirman que el ABC del marketing también corre por las venas de estos microempresarios. La exhibición es perfecta.

El almacén Don Alonso, que tiene buena competencia en el sector, es otro de los puntos al que los vecinos acuden para sus compras diarias. Todo al menudeo. Jugos en sobre, sopas en sobre, café en sobre, aliños en sobre. Vitrinas con quesos y mortadelas, mucha conserva, leche condensada, jurel, palmitos Makao y lavalozas Diao, marcas nacionales que por su inexistencia en los supermercados convencionales aquí son casi reliquia.

Por la vereda de enfrente, un par de jóvenes recorren las carátulas del video club confiando en la llegada de algún nuevo estreno para “sacar” y sumar otro título a su ficha de cartón. Las peluqueras, hay muchas peluqueras, ya han terminado de manguerear las entradas de sus salones –aún se manguerea y barre todas las mañanas– y revuelven con furor el pocillo de tintura que le pondrán a la primera clienta del día. Doña Ana no suelta las tijeras y su socio, Simón, zapatero de oficio y con quien comparte el local para abaratar costos, sólo levanta la mirada para atender algún cliente. Si todo va bien, almorzarán las colaciones que algunas señoras del barrio le ofrecen a comerciantes y peatones. Los camiones de gas ya llevan un buen rato recorriendo los pasajes con sus balones, y en el casino del Club Social y Deportivo Lo Barnechea, justo en frente de la Parroquia Santa Rosa, hierven las ollas con los almuerzos del día: carbonada y humitas.

Carnes Puelche exhibe rigurosamente los carteles con las ofertas del día y la ferretería Santa Rosa, con sus teteras de aluminio Mono en la vitrina, no deja de sacar los pizarrones en que anuncian la venta de herraduras y clavos. Nada raro, ya que sábados y domingos son varios los que se calzan un elegante traje de huaso para salir al pueblo –o lo poco que queda de él– a hacer compras y pasear su caballo.

Aunque las cinco primeras cuadras de la capitalina calle Lo Barnechea nos transporten a un lugar que podría estar en cualquier ciudad rural de Chile, en los barrios que la rodean, en la comuna en que está inserta, la vida opera con otras reglas. A pocos metros, las autopistas dan cuenta de que para muchos la vida es a alta velocidad. Los edificios de oficinas que se levantan en el horizonte hablan del mundo ejecutivo que empieza a poblar estas tierras. Portal La Dehesa, Mall La Dehesa y Las Pataguas, es donde las buenas marcas de ropa y decoración apuestan sus fichas. Si se trata de dar con el último modelo Volvo, Audi, Porsche, LandRover o Jaguar, los concesionarios que importan están a la vuelta de la esquina. Para llevar a los niños a comer hamburguesas y milkshake, pues Johnny Rockets. Casas amplias y jardines mucho más se levantan en sus calles arboladas hasta con palmeras. Condominios con buena seguridad y con vista a una inmaculada cancha de golf son la contracara del “pueblo”, como llaman no sin cariño los habitantes de La Dehesa a las poco más de doscientas casas de la calle Lo Barnechea y sus alrededores, que se juegan por sobrevivir en la comuna de mayor desigualdad de Chile. Una jugada difícil, claro, cuando el precio del terreno en que se emplazan estas pequeñas casas de adobe, impecablemente pintadas de rojos coloniales o amarillos ocre, crece como la espuma. 18,8 UF es el valor aproximado del metro cuadrado hoy. Un antecedente importante cuando su calle hermana, Padre Alfredo Arteaga, sucumbió ante la fiebre de las inmobiliarias y dejó de respirar ese aire calmo, ese olor a tiempo detenido que se huele en Lo Barnechea. •••