La cronista y editora argentina Leila Guerriero es reconocida por su minucioso trabajo al momento de escribir perfiles. Capaz de observar a sus entrevistados el tiempo que sea necesario con tal de contar una buena historia, ahora publica un libro sobre el pianista Bruno Gelber. Aquí habla del arte de su oficio.

  • 28 marzo, 2019

Leila Guerriero (52) creció en Junín con la idea de ser escritora y tras una adolescencia con diversos intereses, terminó por estudiar letras y turismo. A los 24 años mandó unos cuentos a Página 12 y a los pocos meses ya estaba contratada en el periódico fundado por Jorge Lanata. Desde entonces ha trabajado y colaborado para numerosos y prestigiosos medios, entre ellos, El País, Etiqueta Negra, Rolling Stone y Gatopardo. Quienes la conocen y han trabajado con ella coinciden en que su rigor e incansable capacidad de observación hacen que sus perfiles y crónicas le brinden  la categoría de sello de garantía a nivel latinoamericano, también como editora. Por lo mismo se ha transformado en una maestra del periodismo –sin haberlo estudiado–, en amiga entrañable de los principales autores hispanos –aunque eso no afecte su fama de implacable a la hora de editarlos– y en preciada columnista.

Aquí en Chile escribe regularmente para El Mercurio y tiene una cercana relación con la Universidad Diego Portales y sus distintas publicaciones. A través de la editorial de esta casa de estudios publicó Plano americano (2013), que compila veintiún perfiles realizados por Guerriero a figuras como Rodolfo Fogwill, Nicanor Parra, Idea Villariño, Ricardo Piglia y Facundo Cabral, entre varios otros. También editó Los malditos (2011) y Los malos (2015), dos libros que reúnen a distintos autores y sus perfiles dedicados a personajes atormentados, criminales, traficantes y corruptos. Ahora está a punto de publicar Opus Gelber, Retrato de un pianista, un extenso perfil de más de 400 páginas dedicadas al músico argentino Bruno Gelber, una personalidad muy famosa en el país trasandino. Gelber, nacido en 1941, es hijo de una exigente maestra de piano. Cuando tenía apenas tres años se sentó frente a este instrumento y desde ahí se consagró a él de por vida. Se educó en su casa, a partir de los cinco años fue discípulo del maestro Vicente Scaramuzza, a los siete la poliomielitis lo dejó postrado durante meses y luego cojo para siempre. Cuando tenía 14 años debutó en el Teatro Colón y a partir de entonces vino una brillante carrera internacional: más de cinco mil conciertos, viajes, anécdotas, estadías palaciegas y los aplausos que desde niño sintió merecer. Sus empinadas cejas hacen de su rostro una imagen particular y sus dedos gruesos se deslizan de manera sorprendentemente grácil sobre las teclas del piano. De apariencia excéntrica, el pianista dice estar consciente de tener fama de antipático, aunque a Guerriero la recibió decenas de veces a lo largo de un año de entrevistas, en su ultra decorado departamento del barrio Once, donde además de conversación le ofreció infinitos bocadillos, pasteles y tortas.

El pianista

-¿Cómo fue que el perfil a Bruno Gelber terminó convertido en un libro de largo aliento?

-Inicialmente llegué a su casa con la idea de hacer un artículo porque me parecía que su manera de entregarse al piano y al arte era muy singular. Muy poca gente tiene capacidad de expresar de manera tan concreta y tan lírica la relación que tiene con lo que hace como Bruno. La primera entrevista fue muy larga, pero decepcionante en términos de que me repitió todo lo que ya había dicho un montón de veces y no había manera de sacarlo de la anécdota para sondear un poco más abajo. Yo buscaba entender sus motivaciones personales, el nacimiento de la vocación. Ese primer día, cuando me iba, me dice: “Me parece que ya tenés suficiente”. Y yo le digo: “Me parece que recién empiezo”. Entonces me invitó a volver y me dijo que me llamaría. Me fui convencida de que no me iba a llamar, pero unos días después me invitó a tomar el té en su casa. Ahí hubo muchos más chispazos, le pregunté si podía volver y me dijo que por supuesto. Entonces empecé a pensar que más que un perfil, tenía un libro. Bruno es un hombre muy complejo y laberíntico, al que era difícil de asir en un par de entrevistas. Había que tener paciencia y esperar. Pintar con sutileza requiere de mayor extensión.

-¿Estuvo llano a hablar de todo o hubo momentos en los que tuviste que ganarte su confianza?

-Es una persona súper inteligente y siempre fue muy amable. Tiene un sentido del humor increíble, una capacidad de respuesta impresionante y te lleva a una conversación real, no te afloja las riendas. Pero “ganarse la confianza” siempre me resuena como si uno hiciera trucos o trampas para ganarse espuriamente la confianza del otro.

-Me refiero a que la confianza a veces requiere mostrarte a ti misma también.

-Sí. Yo creo que uno siempre tiene que demostrarle al otro que es un buen vehículo para contar su historia, y eso en cada entrevistado es distinto. Con Bruno resultó más exigente porque en un punto él quería saber cosas de mi vida. Quería que le contestara preguntas directas y sumamente perturbadoras, pero creo que sintió confianza rápidamente, precisamente porque traté de ser lo más genuina posible, sin vulnerar zonas de extrema intimidad que no tienen que ver con el reportaje periodístico.

-¿Cómo resuelves –tras haber tenido tanto acceso a la intimidad– el establecer una relación de afecto?, ¿no te conflictúa al momento de escribir?

-Hay mucho acercamiento y eso siempre conflictúa un poco. Reparo en tales cosas y cada tanto me repito a mí misma “él quiere que yo las vea”. Hay una intimidad muy profunda…

-Qué podría tender a proteger al entrevistado, inconscientemente.

-Claro, ese es el gran riesgo. Pero siempre pienso: si una persona adulta me acepta en su casa, me abre la puerta y me ve con la grabadora de periodista prendida mientras le hago preguntas… entonces. El compromiso es con la historia, y si quiero contarla bien, necesariamente tengo que incluir todas las facetas, algunas más magnetizantes, otras menos simpáticas. Hay una primera pelea que uno da con uno mismo. Yo trato de mantener cierta distancia y pensar que mi compromiso es con el texto y no con la persona. Además, ¡qué flaco favor le haría a esa persona si estoy tratando de cuidarla de ella misma y de buscar una realidad que no es!

 

Egos y distancias

-¿Lo de deberte a la historia lo has ido desarrollando en el ejercicio del periodismo o siempre lo entendiste así?

-En un punto sí, pero creo que si leo textos míos de hace algunos años, cuando una persona me encantaba podía ser más complaciente. Con el tiempo uno aprende a mantener más distancia, que no es lejanía. Yo no quisiera pensar que la periodista que fui hace 20 años es la misma que ahora porque significaría que no he aprendido mucho. Me imagino que todo lo que uno sabe es producto de muchos errores cometidos también. Si miro hacia atrás, veo que en algunas entrevistas estuve demasiado cerca del personaje y ahora las escribiría absolutamente distintas.

-Siendo editora, ¿cómo manejas la autoexigencia?

-Escribir es también autoeditarse permanentemente. Me parece que conmigo soy igual de exigente que con los otros autores. El libro de Bruno tiene algo así como 25 versiones, que son correcciones hechas por mí. Ser un buen periodista no puede estar escindido de ser un buen editor de los propios textos, uno no le puede arrojar el trabajo al editor por la cabeza. Siento que con el paso del tiempo me transformé en una persona que se autoedita, y sí, me exijo mucho.

-¿Te cuesta soltar un texto, dejarlo ir?

-No. Estoy completamente ansiosa de dejarlo ir, quiero terminar y hacia el final hay señales que indican que algo funcionó bien: cuando uno se levanta en la mañana, repasa el libro y empieza a sentir cierto gusto. O esa ansiedad linda de llegar a cierta parte del libro porque te gusta particularmente.

-¿Lo sueles disfrutar?, ¿no te atormenta?

Al principio sí, me atormenta la escritura, pero cuando llego a las correcciones finales es puro gozo. Cuando se imprime no vuelvo a ver el libro de nuevo, no tengo esa relación. Siento que ya está, entendés, ahora que se defienda solo, yo ya no puedo hacer más nada por él.

-¿Y cómo definirías tu relación con el ego?, ¿sientes alguna presión que se cuele en tu trabajo?

-(Ríe) Es medio difícil contestar eso, seguramente si no tuviera ego no podría hacer lo que hago. Pero me parece que lo tengo ubicado en un lugar lógico. Si no tuviera ego no sentiría que tengo algo para decir en un cierto lugar público, más que asomarme al balcón de mi casa a leer la última columna que escribí. Escribo un texto y siento que vale la pena que lo lean un par de fulanos. Sin creer mínimamente que lo que uno hace tiene un cierto interés, no funciona. Pero hay otro ego tóxico que te hace empezar a escribir para el aplauso y para la admiración del otro. De ese trato de huir como de la peste. No siempre me sale, pero trato de escribir sin la presión que sería corresponder a lo que los demás esperarían de mí –suponiendo que alguien estuviera esperando algo–. Escribir lo que los demás quieren te corre de un lugar genuino tuyo propio. Y si uno le cree a la gente que habla bien, también tiene que creerle a la gente que habla mal. Trato de resguardarme de la necesidad de la mirada del otro. Se agradece el elogio, pero también sé que todo es pasajero y volátil. Cada libro es como empezar de nuevo y la escritura es un camino que te tenés que ganar todos los días. Tengo mucha conciencia de esa fragilidad. Un amigo, Frank Baez, dice que lo mejor es no tener prestigio, así no tienes nada que perder (ríe). Me parece una idea muy atinada.

El arte de mirar

-Parte de tu trabajo funciona sobre la base de observación, ¿te consideras paciente?

-Sí, sumamente, muuuy paciente. Hace poco hice un perfil con Fito Páez, y además de entrevistarlo durante tres días –unas nueve horas en total–, una de las cosas que hice fue ir a cuatro días de ensayos. Ahí no estás en situación de entrevista, estás en observación. No lo vas a estar interrumpiendo en mitad de la canción: “Fito, ¿por qué compusiste…? Yo sentada en un estudio, tomando notas sin moverme, sin intervenir para no modificar el medioambiente. Eso terminó en una página del artículo, pero para mí fue sumamente importante. Sin ese párrafo para mí el perfil es otro. El arte de hacer perfiles es más el arte de mirar que de hacer preguntas. Es una tarea linda pero muy desgastante, que te exige un nivel de aguante físico y de paciencia fuerte. Ahí tengo una paciencia que no tengo en el resto de las cosas de mi vida. Soy una persona súper activa, quiero resolver las cosas ya, no soy alguien a quien le digas: “Veamos, habría que hablar la semana que viene…”. No. No tengo esa paciencia en mi vida cotidiana ni esa capacidad de contemplación, a lo mejor porque me la gasto toda en el trabajo, no me queda nada para el resto (ríe).

-¿La no ficción es tu territorio definitivo?, ¿o piensas en otros formatos, como los guiones?

-En guion no, no me resulta desafiante, a mí me gusta mucho esa explosión de imágenes pero en el texto. El cine está golpeando mi puerta hace bastante tiempo, me han propuesto hacer documentales, esto y lo otro, pero nada termina extrañamente de concretarse, y todos mis colegas están haciendo series para Netflix (ríe). Sí me siento con ganas de hacer un documental, de dirigirlo y pasarme al formato audiovisual, tengo mucha cercanía con eso, siento que escribir es como hacer un documental. Muy envalentonadamente siento que lo podría hacer. Calzar imágenes e hilvanar un relato. Lo que me abruma un poco es que soy muy comanche, cabalgo sola en mi caballo. El cine se hace en equipo, entonces me da un poco de cosa ver mi vida solitaria transformada en un aquelarre de reuniones y de gente.

-Y de todo tipo de variables e imponderables.

-“Que llueve, que no se puede hacer la toma, no tenemos el lente, no tenemos plata…”, todo eso me puede llegar a matar a mí.

Las instrucciones de Leila

“Pregúntese: ‘Dónde está el hombre que era mi héroe’. Siéntase salvaje y maléfica. Siéntase mejor que él. Piense que esa conversación los ha empujado hasta la última estría que separaba la tierra del abismo. Mire cómo él tiene el rostro lleno de súplica. Siéntase traicionada. Sienta desprecio y deseos de hacerle daño. De olvidarlo en ese mismo momento. Escuche cómo él dice: ‘Estamos juntos en esto, ¿no, amor?’. Sienta que dentro de sí acaba de comenzar una cuenta regresiva. Piense que llevará esa agonía con perfidia y dignidad. Diga: ‘Sí, amor, claro’” (Extracto Instrucción 15, El País, febrero 2019).

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El texto corresponde a una de las 16 instrucciones publicadas por Guerriero en el diario El País. La primera tiene fecha de abril de 2015. Son textos íntimos y breves que hablan de las relaciones, ya sea de pareja o familiares. Un género que bordea la poesía y se aleja de sus descriptivas crónicas y columnas. “Es ficción, un Frankestein y por tanto está tomada de cosas vividas, escuchadas, leídas, imaginadas. Un día imaginé algo imposible: dar instrucciones a alguien para la debacle. Son como instrucciones para que te vaya mal, para sufrir”, explica.

 

-Un manual de supervivencia que al mismo tiempo es un autoboicot.

-Es un manual de desastre. En realidad son descripciones de situaciones espantosas. Están escritas como si fueran instrucciones pero el título mismo es un oxímoron, un imposible. Algo que recorre varios de estos textos es la pulsión inevitable de ciertas situaciones que involucran un daño que uno no puede evitar. Uno sabe que diciendo algo se va a producir un perjuicio y avanza hacia eso en un plan absolutamente inmolatorio. Es una disección del dolor bajo diversas formas y una contradicción de términos.

-¿De dónde surgen?

-Son cosas que uno habla con amigos en charlas confesionales en las que se revelan una cantidad de miserias y sentimientos bajos, de vilezas y desprecio por aquellos que uno alguna vez amó. Eso uno no suele verlo publicado en la prensa. Hay cosas que a mí me pareció que podía explorar en estas pequeñas piezas o construcciones ficticias y que no me obligaban a exponerme a mí misma. Porque no soy yo, o estaría loca (ríe). Poesía no escribo pero me encanta. Siempre estoy traficando poesía a través de mis columnas porque leo mucha. De los chilenos me gustan Claudio Bertoni, Matías Rivas, Leo Sanhueza, Adán Méndez. Será un lugar común, pero la poesía es un arma cargada y a veces te apunta y te pega derecho. Conecto mucho pero no con toda la poesía.

-Pasa como con el arte plástico, a veces uno simplemente se emociona.

-Claro, uno se puede parar frente a un Pollock y ponerse a llorar. Y el de lado te mira y te dice: “¿Qué te pasa?” (ríe). Ahora en Madrid, en la inauguración del artista Guillermo Kuitca, me encontré una obra que no conocía y me quedé fascinada. El cuadro eran tres líneas y yo no podía dejar de mirarlo. ¿Dónde te conectás? No tengo idea.