“Nací en Mendoza y estuve allá hasta los dos años. Mi papá hacía clases en la Universidad de Cuyo, donde tenía un programa muy parecido al de Chicago con la Universidad Católica. Soy el segundo de tres hermanos y estuvimos en Chile hasta que cumplí siete años. Mi papá (Ernesto Fontaine) asumió como consultor del […]

  • 11 octubre, 2018

“Nací en Mendoza y estuve allá hasta los dos años. Mi papá hacía clases en la Universidad de Cuyo, donde tenía un programa muy parecido al de Chicago con la Universidad Católica. Soy el segundo de tres hermanos y estuvimos en Chile hasta que cumplí siete años. Mi papá (Ernesto Fontaine) asumió como consultor del Banco Mundial y nos fuimos todos a Washington. Vivimos en Rodville, Meryland, donde estuve hasta los 12. Cuando llegué a Chile, me impresionó la mentalidad distinta: un amigo al que le había prestado algo, plata o qué se yo, me explicó, ‘mira, acá nada se devuelve’. A los gringos les prestas algo y te lo devuelven al día siguiente. Aquí nunca más, aprendí entonces. 

Yo era más bien desordenado, mala conducta, y de chico no me iba muy bien, pero al salir del colegio eso cambió. Partí como uno de los peores alumnos, pero salí entre los mejores. Era bueno para las matemáticas y me empezó a gustar la economía porque mi papá era bien sociable y convidaba a muchos profesores a la casa y yo oía las conversaciones y lo encontraba entretenido.

Mi primer trabajo fue como subgerente de Desarrollo de Enersis. Entré porque conocía a José Piñera que era presidente de Chilectra. En ese cargo veía empresas para comprar, por lo que viví en Buenos Aires y Lima. Después me ofrecieron irme becado a la UCLA. Estuve cuatro años fuera. 

Cuando estalló el Caso Chispas, llegaron los españoles y cambió la manera de manejar la empresa. Me ofrecieron seguir en el grupo sin tener un cargo determinado. No lo consideré muy atractivo y renuncié. Estuve tres meses sin trabajo, hasta que entré a Telefónica como vicepresidente de Desarrollo y Marketing. A los dos años, Bruno Philippi asumió como presidente, redujo el equipo y me ofrecieron lo mismo: que fuera asesor porque la vicepresidencia se iba a desarmar. Y renuncié. Era 2002, tenía 38 años, y decidí independizarme. Mi primer emprendimiento fue una consultora. 

Mi relación con la política nació en 2008. Era columnista de Diario Financiero y fui a una comida que organizó Rodrigo Danús donde estaba el Rafa Araneda, gran amigo mío, y la Karen Doggenweiler junto a Marco (Enríquez-Ominami). Después de un tiempo me dijo que estaba pensando en lanzar su campaña presidencial y le diseñé un programa bastante agresivo, que lo siguió en parte Piñera en su primer gobierno y Michelle Bachelet después. No acompañé a ME-O en su segunda postulacion, se fue muy para la izquierda. Soy liberal en todo. Estoy a favor, desde hace tiempo, de la legalización de las drogas, la eutanasia, el aborto y el matrimonio homosexual. Encuentro que Chile se está yendo a los extremos. El límite de velocidad de 50 km/h me molesta. Hoy viajaba por la Costanera Norte a 120 km/h porque las calles dan para eso, y el límite es 80 km/h, lo que es absurdo. Me molesta que se aprueben leyes que obliguen a la ciudadanía a romperlas, porque respetarlas es absurdo. Andar en bicicleta con casco es absurdo, en los países desarrollados no se hace. La alcoholemia es lo mismo. No es lo mismo manejar con tres copas de vino que con tres copas de vino y tres whiskis. Me da lo mismo que me critiquen en Twitter. Yo insulto de vuelta. Me refiero a subnormales, porque no saben leer lo que escriben, no tienen comprensión de lectura. Me gusta polemizar, decir cosas absurdas, te hace resaltar lo absurdo que es todo esto”.