“En la casa de mis padres siempre había manualidades. Mi madre es profesora de arte y hacía trabajo manual, decoración y pinturas. Me encantaba y quise estudiar arquitectura, pero no pude. Mis inicios en la medicina se debieron a una decisión matriarcal, ya que ella quería tener un hijo médico y como me iba bien […]

  • 8 noviembre, 2018

“En la casa de mis padres siempre había manualidades. Mi madre es profesora de arte y hacía trabajo manual, decoración y pinturas. Me encantaba y quise estudiar arquitectura, pero no pude. Mis inicios en la medicina se debieron a una decisión matriarcal, ya que ella quería tener un hijo médico y como me iba bien en el colegio, me alentó a que me viniera de Antofagasta a Santiago a estudiar. Al principio no fue fácil, se me hizo complejo afrontar el dolor y la tristeza de las personas que viven a diario con una enfermedad. Admiraba mucho a los médicos por su capacidad para independizarse del dolor, pero a mí me afectaba y comencé a ver la vida muy gris.

De repente, descubrí esta palabra: cirugía plástica. No sabía siquiera que existía y tampoco de qué se trataba. Era una disciplina desconocida para mí, ya que en Chile se conocía como la cirugía de los quemados o la cirugía reconstructiva, así que me fui a Brasil a hacer la especialidad. Vi que al inicio de la cirugía, lo primero que se hace es dibujar un cuerpo y quedé encantado. Eso fue lo que me enganchó, porque es un área médica que se vive con optimismo e ilusión, es para lograr una mejora y hay mucho dibujo de por medio.

Lo más impactante para mí fue ese primer día. No existe una primera operación, porque vas muy de a poco, partes ayudando, asistiendo, colaborando en cirugías, enjuagando, secando, ayudando a coagular y de repente te das cuenta de que en unos meses estás con un bisturí en la mano para hacer algo pequeño, una parte de un busto, una o dos cosas y llega tu último año de formación, donde eres como un capitán del velero.

Siempre fui muy inquieto y quería probarme en una situación que fuera más difícil. Cuando terminé de estudiar, comencé a operar pacientes en Brasil y me fue bien. Eso generó ciertos resquemores entre mis compañeros y por eso decidí volver a mi espacio en Chile. Llegué a Santiago y fue desafío, empecé de cero, a pesar de no tener familia y pocos amigos aquí. Cuando ya estaba en un momento en el que era muy conocido, quise dar un salto y como mi esposa es española, tomamos la decisión de irnos a vivir a España.

Viajar tanto te hace un recargo, por lo que debes mantener una estructura con los hijos, una dedicación, enseñarles disciplina y hábitos. Dentro de todo, he tenido una paternidad muy buena y trato de ser su amigo. Casi todos mis hijos están en la universidad en otro tipo de carreras y nunca los presioné para que fueran médicos. Creo que hay pocas actividades con tanto estrés como esta, por la responsabilidad de la vida que se tiene con otra persona. Se pasan momentos muy duros y no quería presionarlos a seguir mis pasos, a pesar de lo contento que estoy con lo que hago.

Viajo en estos días a Venecia con mi hija a una feria de arquitectura muy importante, porque ella estudia eso. Nunca le dije nada, pero creo que se vio influenciada por mis sueños. Está encantada, porque claro, papá la acoge. 

Considero que siempre he sido un vividor, en el buen sentido. A mis 60 años, me doy cuenta de que me quedan 15 años arriba de una bicicleta. No aguanto que mi día sea trabajar, comer y dormir. Me gusta tener y conocer algo nuevo cada día, un plato de comida, otro libro o una música. Me describiría como un permanente descubridor. Eso para mí es la vida y valoro mucho cada día que tengo”.