«Mi padrastro es el japonés Masamoto Saotome. Él se vino a Chile y en 1978 fundó el primer restaurante nipón del país, en la calle Barón Pierre de Coubertin, donde mismo está hoy. Mi madre, Patricia Vidal, llegó a trabajar ahí de administradora y se casaron cuando yo tenía tres años. Luego nació mi hermano […]

  • 28 marzo, 2020

«Mi padrastro es el japonés Masamoto Saotome. Él se vino a Chile y en 1978 fundó el primer restaurante nipón del país, en la calle Barón Pierre de Coubertin, donde mismo está hoy. Mi madre, Patricia Vidal, llegó a trabajar ahí de administradora y se casaron cuando yo tenía tres años. Luego nació mi hermano Yukiyo. Posteriormente, crearon el Hotel Nippon en la misma calle.

Mi hermano y yo vivíamos arriba del restaurante, crecimos en esa casa: nos retaban si hacíamos mucho ruido y nuestra cena era la del Japón. Ese barrio es parte de nuestra historia familiar. Yo soy cientista político de profesión, pero trabajé en bancos durante diez años. Después decidí salirme del mundo corporativo para hacerme cargo de la gerencia de los restaurantes y del hotel. Cuando llegué, hace unos tres años, empezamos con el sistema de delivery. Mi hermano Yukiyo estudió en Japón y luego trabajó ahí como nueve años. Yo trato de viajar regularmente, cada tres o cuatro años. Crecí con la cultura nipona, de niños nos mandaban VHS con horas de televisión japonesa grabada. Mis papás andaban descalzos en la casa y me retaban en japonés. Ahora, con mi señora y mis tres hijas, todos los viernes comemos preparaciones japonesas caseras. Soy mestizo culturalmente.

Yo empujé la idea de abrir un nuevo restaurante en Vitacura. Al principio solo buscábamos un lugar para instalar un delivery en el sector oriente, y en eso apareció un local que estaba barato y equipado. Abrimos en septiembre pasado. El arquitecto Goro Uehara y la diseñadora Keiko Hombo lo armaron. Ese restaurante lo hicimos una segunda generación de inmigrantes japoneses y es una apuesta más moderna, que se diferencia del original. También se incorporó mi tío Naito como socio. Quisimos hacer un izakaya, que son los bares de tapas donde los japoneses van a comer algo después del trabajo, mientras toman cerveza o sake.

Desde el 18 de octubre, el local del centro –que está a pocos metros de Plaza Italia– ya no se puede abrir de noche y a la hora de almuerzo a veces sí, a veces no. En Vitacura también bajaron las ventas. El estallido afectó al gremio gastronómico en general.

Al Japón original van clientes que comen sushi hace más de 30 años, que lo probaron en algún viaje a Nueva York o Europa, y luego empezaron a venir aquí. Dirijo las empresas del grupo y creo que en este momento lo importante es guardarse. Todos vamos a perder. Hay que congelarse en el tiempo, y cuando esto pase, conversar: cuánto te debo, cómo lo hacemos. Así con los proveedores, con el banco. Estos negocios son chicos, no aguantan tres meses sin ventas. Pero hay que tratar de mantener las fuentes de trabajo. La semana pasada cerramos los delivery porque nos pareció que no teníamos las garantías para nuestro personal. Tampoco puedo tener gente trabajando y yo en mi casa, me parecería una barbarie.

Soy muy chileno de carácter, no heredé nada de la templanza o devoción japonesas de mi papá o hermano. Ellos viven el momento con mucha calma. Están dispuestos a trabajar y que el tiempo corra hasta que su trabajo se vea recompensado. Mi hermano en su minuto se sacrificó, se quedó en el centro para que yo me dedicara a los nuevos negocios y me preocupara de mi familia. Eso me emocionó. Masamoto ya está retirado, Yukiyo está a cargo de la cocina y yo del excel, nos complementamos.

Desde el 19 de octubre voy todos los días a mi oficina que queda en el hotel. Me parte el alma ver el barrio donde crecí así. Mis papás todavía viven ahí y han visto sus rutinas totalmente alteradas, pero no se quieren mover. Tengo fe de que esto va a pasar en algún minuto, pero feliz no puedo estar. Ahora tengo más miedo que alegrías. No sé qué va a pasar”.

Fotografía: Macarena Álvarez