Por: María José López Foto: Verónica Ortíz “Crecí con un auto de la CNI estacionado en la puerta y los teléfonos intervenidos. No es el ambiente ideal para un niño. La Carmen (Hertz, su madre) me puso a hacer deporte, eso me salvó. De chico jugué tenis, rugby, cosas inusuales en nuestro mundo. También fui […]

  • 26 abril, 2018

Por: María José López
Foto: Verónica Ortíz

“Crecí con un auto de la CNI estacionado en la puerta y los teléfonos intervenidos. No es el ambiente ideal para un niño. La Carmen (Hertz, su madre) me puso a hacer deporte, eso me salvó. De chico jugué tenis, rugby, cosas inusuales en nuestro mundo. También fui futbolista de inferiores de Colo Colo, hasta que nos mudamos a París. Llegamos ahí luego de que mataran a nuestra nana.

Mientras estudiaba Periodismo trabajé en Zoom Deportivo. El editor era Aldo Schiappacasse, muy buen jefe. En 1997, y después de titularme, me mudé a España para estudiar dirección de cine.

Fue muy sano irme. Mataron a mi papá (Carlos Berger) cuando tenía once meses de vida. Fue una debacle familiar, mis abuelos se suicidaron y era difícil vivir en este país.
Me mantuve involucrado con Chile. Profesionalmente, me tocó ser corresponsal del caso Pinochet en Londres para la radio Bío Bío. Me sentía Clark Kent: llamaba a Tomás Mosciatti desde las cabinas telefónicas.

Cuando nace mi primera hija, Greta, decidí que era el momento de conceptualizar mi vida en un relato cinematográfico. Mi plan era hacer ficción. Y Joaquim Jordá, mi mentor, me insultaba por ello. ‘Tienes que hacer un documental. No lo haces porque eres cobarde’, repetía. Así nace Mi vida con Carlos, codirigido por Elsa Casademont, directora catalana. El film ganó más de 20 premios.

En 2011 me fui a Washington. Entré a trabajar como experto audiovisual al departamento de comunicaciones de la OEA, con José Miguel Insulza a la cabeza. Fue mi inicio en la comunicación estratégica política y manejo de crisis.

En 2014 decidí volver a Chile. Trabajaba en TVN cuando me llamó el ministro (Marcelo) Díaz para dirigir la Secom. Pocos querían aceptar el cargo, la crisis política del gobierno era enorme. Consideré que era un desafío.

El problema del gobierno fue esencialmente político. Hubo falta de conducción y nunca se consolidó un comité político fuerte, que ordenara. Hubo una lectura algo simplona de las reformas y de las demandas de la sociedad. Se asumió que pedir mayor protección social significaba no más capitalismo. Que el electorado era unidimensional. La sociedad chilena es mucho más compleja y eso no lo entendieron.

Responsabilizar a las comunicaciones de todos los problemas políticos fue un modus operandi del gobierno. Y eso desgasta. No por nada, hubo cinco directores de la Secom. El ABC de la comunicación política es el consenso. Comunicas con hechos, no con una frase, ni un afiche. La Secom y la Subsecretaría del Interior éramos como la UTI. Llegaban en etapa terminal los programas de salud, de educación, de vivienda.

A veces, el segundo piso se dio atribuciones que hubiese sido mejor que las tuviera el comité político. La presidenta estuvo muy sola. Las lealtades se desdibujaron cuando su popularidad bajó. Un clima negativo, depresivo, se instaló al interior del gobierno. Me fui desgastando y me pidieron salir. Fue un trabajo difícil, rocoso, pero fue un orgullo servir al país.

Ahora estoy volviendo a mi centro más creativo. Hago clases en la U. de Chile, estoy escribiendo mi primera obra de teatro, El virus de la verdad, comedia ficción que trata mi experiencia en La Moneda. Y estoy armando el guion de una película sobre la separación. Además, terminé un libro Corfo de televisión infantil. Este pacto social que ha propuesto el presidente Piñera por la infancia es bueno e importante. Y el rol de la televisión tiene que entrar al debate. El 40% de los chilenos no tiene cable y la televisión chilena solo tiene un 2% de programación infantil”.