• 30 agosto, 2018

“Crecí en una familia política. Por el lado Walker, mi abuelo Horacio era DC, conservador de costumbres y liberal de ideas. Por el lado Prieto, mi abuelo Hernán, el primer alcalde de Pirque, era de derecha, conservador de ideas y muy liberal de costumbres, era mal portado. Mi papá era aventurero, abogado y empresario, y mi mamá tenía una sensibilidad única por las personas y la naturaleza. En mi casa en Pirque siempre se habló mucho de Iglesia y política: iba desde Jaime Guzmán y Gabriel Valdés, hasta expresidentes y el cardenal Raúl Silva Henríquez. 

Soy el quinto de nueve hermanos –en ocho años nacimos los siete mayores– y he jugado un rol conciliador entre los cuatro de arriba y los cuatro de abajo. Siempre fui el más deportista y el mejor. Tenía una dislexia salvaje, entonces me enfoqué en el fútbol –jugué en la Católica, después me fui becado por soccer a California a estudiar ciencias de la fruta– y en el tenis –llegué a Honor–, además de esquiar, jugar golf y polo. El deporte te ayuda a relacionarte. Ahora digo, qué ganas de que en la política estuvieran esos mismos principios: que la trampa nunca gana, no hablar mal del rival y que gane el mejor. Mis seis hijos, todos hombres, son secos para todos los deportes también, aunque ahora he tratado que los libros sean más importantes que la pelota.  

Voté por la Concertación los tres primeros gobiernos y cuando vi que se izquierdizaba, me cambié. Pero siempre voté por Piñera, desde que fue de candidato a senador. Mi viejo decía continuamente: ‘Conozco a dos personas brillantes, un francés y Sebastián Piñera’.

 Con tres hermanos parlamentarios, quería probar esto de la política. Me había quedado con las ganas del primer gobierno de Piñera que me ofreció trabajar con él, pero esa vez no pude decirle que sí. Mi vida en el campo no la cambio por nada, pero reconozco que llegué a algo que me gusta mucho. Todos los días, y sin que les pida ayuda, mis tres hermanos políticos (Ignacio, Patricio y Matías) me mandan whatsapp diciéndome: ‘Aquí la embarraste’, ‘aquí estás bien’, ‘ojo con esto’. Me identifico más con la posición política de Patricio, pero Ignacio siempre ha sido el hermano mayor que ha jugado el rol de pater familias, ha sido muy justo y somos muy cercanos. Nunca he militado en ningún partido, y me propuse salir del gobierno independiente, aunque converso harto con Evópoli.

Después de 30 años viviendo en la Séptima Región, venirnos a Santiago ha tenido un tremendo costo familiar: colegio nuevo, amigos nuevos para mis hijos, casa nueva. Lo más difícil le toca a mi señora porque tiene un marido que no existe y cuando llega a la casa, está en la luna pensando en lo que hizo bien y mal. El otro día fui al neurólogo porque estaba muy distraído, y me dijo que era natural porque estoy en 20 cosas distintas al mismo tiempo.

En mi vida he tenido tres grandes desafíos. El primero, cuando me fui a EE.UU. a estudiar por tres años. Acostumbrado al choclón, llegué a los 22 años, solo, sin segundo idioma, y en mi primera prueba de botánica me saqué un 1 de 100. Después, nunca me quedé con un ramo. El segundo, fue cuando partimos con la transformación de campos con mi viejo: a los 28 años me instalé solo en Curicó en una casa que no tenía bomba de agua, ni luz, en un terreno totalmente abandonado. No sabía por dónde partir. Me pasó lo mismo que en EE.UU.: uno se va como chorito a liberarse y aprovechar que nadie te conoce. Y nunca he estado más muerto de susto, nunca me he portado mejor, nunca he rezado más y nunca le he puesto más empeño. Hoy digo orgulloso que los huertos no tienen nada que envidiarles a los mejores del mundo. He plantado más de 1,5 millones de árboles frutales en casi mil hectáreas.

Este es el tercer gran desafío: hacerlo bien como ministro. Cuando despierto en la mañana digo, ya me la jugué, rómpela y sácate la mierda y no pienses tanto en no embarrarla. Imagínate ya todo lo que dejé. Tengo un equipo atómico, en regiones me va el descueve, y es lo que más me gusta. Lo que más me cuesta es la parte química que tiene la política, la burocracia, e ir a Valparaíso, pero estoy aprendiendo. Me he sentido muy apoyado por el Presidente. Ahora, no me he mandado ninguna metida de pata a lo… Eso sí, nunca más le doy un número por teléfono, porque el reto más grande que me he llevado fue porque le di dos números mal y después, cuando los rectifiqué, me dijo: ‘¿Usted qué se fumó? No me puede plantear una cosa tan descabellada’”.