El alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, cuestionó el informe realiado por la Alta Comisionada para los DDHH de la ONU, Michelle Bachelet. Recordamos aquí sus lecciones de vida.

  • 27 febrero, 2019

Foto por: Verónica Ortiz.

“Habitualmente bailo salsa, he sido bailarín toda mi vida, aprendí a bailar a los 11 años. Fui parte de un grupo folclórico palestino que participó en los teatros más importantes de América Latina. Soy chileno de origen palestino, nieto de inmigrantes palestinos. Soy de formación arquitecto y sociólogo con magíster en urbanismo. Soy comunista y masón. Todo este conjunto de circunstancias, saberes y opciones definen mi identidad. Soy retraído, corto de genio, bastante introvertido. De enojón no tengo nada. Cuando no estoy en confianza me cuesta relacionarme.

Tuve una infancia bastante normal. Soy hijo de padres separados. Mi padre se fue de la casa cuando yo era muy joven, fue un padre completamente ausente. Y mi madre suplió no solo el cariño, sino que también la preocupación y el esfuerzo que había que tener en esa época para sacar adelante una familia. La relación con mi madre es buena pero compleja, porque es una madre palestina, posesiva y dominante. Proveniente de una cultura que, aunque todos dicen que es patriarcal, es muy matriarcal dentro de la familia.

Nunca he sido carretero, nunca he fumado, nunca he tomado ni vino, ni cerveza, ni nada. Eso de ser el único hueón sobrio en una edad en que todos los tipos prueban de todo me permite una cosa formidable: observar. A mí nunca me llamó la atención el trago. Creo que fue por la militancia. Es lo que se llama la ‘formación de la voluntad’ porque cuando te torturan para sacarte información, lo primero que buscan es quebrar la voluntad.

Tuve una vida de joven dedicada al deporte, al folclor –ya se ha filtrado esto de que bailé en el Festival de Viña en 1987 (ríe)– y desde los 12 años a la política. Desde joven me imaginé gobernando un territorio, que era pequeño, era mi comuna, pero eso no fue mi entrada a la política. Mi entrada fue la causa palestina, y casi paralelamente la lucha por la democracia en Chile. Me crié bajo la dictadura militar, con toque de queda, con cerco informativo, con prohibición de la actividad política, y eso marca.

En mi familia nadie se mete en política, mi padre era muy de derecha, de extrema derecha diría yo. A mi madre nunca le ha atraído la política.

Llegué a ser masón porque me invitó un amigo a participar en una logia donde había palestinos y árabes. Me pareció interesante aprender una filosofía tolerante, que te enseña a valorar la diferencia como fuente de riqueza, que trabaja por la justicia social, y más allá de lo que hace cada masón en su vida privada, es una institución que te entrega herramientas de disciplina, al igual que el deporte. Yo fui nadador.

El momento más triste de mi carrera política fue cuando vino esta avalancha de acusaciones de corrupción de parte de la UDI que fueron todas sobreseídas y que fueron todas falsas. Nunca presentaron una prueba, e incluso llegaron a ser condenados por injurias y calumnias graves. Me di cuenta de que la política en Chile estaba enferma hace mucho tiempo y que hay gente, que hasta el día de hoy, no dudaría un segundo en destruir a su adversario, humana y familiarmente. Eso le hace mal a la política.

Yo tenía una empresa y después de los ataques de la UDI, la tuve que cerrar porque trataron de destruir mi imagen. El tipo que fue condenado por injurias y calumnias un día salió diciendo que yo era un alcalde empresario, que tenía 35 millonarios contratos con el Estado, lo único que no dijo es que eran todos con licitación, porque profesionalmente soy bastante conocido y legitimado en el ámbito al que me dedicaba: planificación de arquitectura y gestión de calidad. Entonces, le hice 36 planes de regeneración urbana después del terremoto del 2010 al gobierno de Piñera.

Te puedo recitar una misa completa, pero ya no rezo. Medito mucho, todos los días, para mí no hay nada más maravilloso que el silencio y la soledad”.