Ese accidente en 1998, regresando de una fiesta en Villarrica a los 18 años, cambió para siempre su vida. A Víctor Saiz Bocaz (39) siempre le gustó el deporte y su independencia. Rehacer su rutina en silla de ruedas -tras su diagnóstico de tetraplejía por una lesión cervical irreversible- le tomó dos años. En ellos, […]

  • 26 diciembre, 2019

Ese accidente en 1998, regresando de una fiesta en Villarrica a los 18 años, cambió para siempre su vida. A Víctor Saiz Bocaz (39) siempre le gustó el deporte y su independencia. Rehacer su rutina en silla de ruedas -tras su diagnóstico de tetraplejía por una lesión cervical irreversible- le tomó dos años.

En ellos, y paralelamente a su paso por la Teletón en Concepción, Víctor comenzó a juntar fierros para construir una bicicleta que se adecuara a sus necesidades: desde su casa a la Universidad de La Frontera, donde estudiaba Ingeniería Civil en Electrónica, tardaba una hora y media por trayecto, pero cuando logró crear el producto, ese tiempo disminuyó a siete minutos.

“Con el pasar de los meses, mi inquietud por la calidad de vida de mis amigos de la rehabilitación fue aumentando”, cuenta Saiz. “Me cuestionaba por qué no podían salir adelante y el punto en común era el desplazamiento: no tenían dinero para taxi y se tardaban demasiado en movilizarse. Eso me marcó”, dice.

Por lo mismo, en el quinto año de carrera decidió cambiarse a Diseño en la Universidad Católica de Temuco, quería “entender cómo se gestan los productos y entender su desarrollo”. Así nació la marca de bicicletas TRUM, que significa “ser igual” en mapudungún, lengua que Víctor está aprendiendo dado su origen mapuche. El término era exactamente lo que buscaba: que con el uso de estos productos, sus usuarios se sintieran parte del mundo. “Hoy un niño en situación de discapacidad sale en una bicicleta TRUM con sus amigos y es uno más. ¿La fórmula? Un vehículo de tres ruedas, que acciona con las manos y no con los pies”, dice. Estas handcycles funcionan como un accesorio al que se ancla la silla de ruedas.

Desde el año pasado, TRUM amplió su gama de productos para personas en situación de discapacidad. Según cuenta Sainz, el Estado tiene un fondo -administrado por el SENADIS- para que aquellos que necesitan ayudas técnicas puedan acceder a estas. La bicicleta de TRUM no entraba en esa categoría porque se consideraba un elemento deportivo. Tras pilotajes, estudios e insistencias, se reconoció a la marca como una ayuda técnica, por lo que el Estado se convirtió en su principal comprador a través de licitaciones públicas. “Nuestro nicho es muy especial, ya que más del 95% de personas en situación de discapacidad vive en situación de pobreza”. Por lo mismo, el valor de las bicicletas alcanza el millón y medio de pesos, en lugar de los cinco millones que vale en el extranjero. “Los márgenes de utilidad son bajos porque lo principal no es lucrar, sino ayudar a las personas que viven en discapacidad y pobreza”, agrega Víctor.

Hoy, TRUM vende entre 100 y 150 bicicletas al año y son el resultado de una mezcla en el sistema de producción que combina lo industrial con lo artesanal. Hay tallas estándar, pero se personaliza según el peso, la altura y las necesidades del usuario. También existe un modelo que reemplaza la tracción manual por una eléctrica.

A Víctor le gusta disfrutar del día a día, hacer deporte -como rugby y tenis para tetrapléjicos- y ve a TRUM con ojos de esperanza: en 2020 espera replicar su modelo de negocio en México, proyecto que por ahora está en pausa. “Ser asequibles es nuestro objetivo”, concluye.