Armin Kunstmann, empresario de origen alemán, dice que sin la comunidad de Valdivia, la cerveza que creó en 1991 no sería nada. Aquí cuenta su historia y pasajes desconocidos de su emprendimiento que partió a lo gringo: en el garaje de su casa.

  • 10 junio, 2020

De niño, Armin Kunstmann solía escuchar historias relacionadas con Carlos Anwandter, un cervecero alemán que había llegado del país europeo directo a Valdivia en el mismo barco que su tatarabuelo. Oía con atención cada vez que le explicaban cómo aquel hombre había hecho crecer la industria en la ciudad sureña y cuánto había aportado en la tradición en torno a este mercado, luego de fundar en 1851 la cervecería Anwandter. Y lamentaba cada vez que le relataban el episodio del terremoto de 1960, que destruyó por completo la fábrica, y de paso, el negocio familiar. “Su ejemplo y su fuerza me inspiraron”, relata el empresario de origen alemán.
Kunstmann, ingeniero civil químico, antes de emprender era el gerente general de una empresa de levadura, fermento que se procesa de manera similar a la cervez. Fue en 1988, cuando, durante un viaje a Estados Unidos, encontró un libro con instrucciones para hacer cerveza casera. El empresario regresó a Valdivia con el texto en el avión, y trajo algunos implementos que compró en el país norteamericano para comenzar con la fabricación cervecera. En total, todo le costó 20 dólares. Empezaba así la primera inversión de lo que se convertiría más tarde en la cervecería Kunstmann.
Los primeros días, junto con su mujer Patricia Ramos, hacía cerveza en la cocina de su casa. Se dieron cuenta de que fabricarla a pequeña escala era factible. La preparaban y luego la compartían con sus parientes o con amigos: todo un panorama. Armin, además, recuerda que sus hijos –en ese minuto eran cuatro– se involucraron en este nuevo pasatiempo. “Me ayudaban a lavar botellas, a taparlas, a hacer etiquetas manuales y cosas por el estilo”, relata.
El hombre, que buscaba alcanzar la independencia laboral, en 1991 decidió lanzarse formalmente con un emprendimiento cervecero. Convertirlo en un negocio significaba salir de su cocina, pero el paso no fue tan radical en un comienzo: tal como los emprendedores gringos se instalaron en su garaje, con un par de estanques.
Armin Kunstmann recuerda su primera venta, una caja de 12 cervezas, de la cual aún tiene la boleta. Esto fue el 13 de septiembre del 91. Ese mismo día junto a Patricia tomaron el auto y fueron tocando puerta a puerta en las casas de sus amigos ofreciendo su producto, para comenzar a hacerse conocidos. “En esa época en la zona no habían alternativas de cervezas artesanales y la gente tenía el interés de probar algo distinto”, agrega.
En los tiempos que trabajaban en el garaje pasteurizaban botellas en un estanque de agua caliente: de cien botellas, cincuenta se rompían. El mal rato hizo que Cristalerías Chile, que era su proveedor, enviara a un técnico, quien al ver el sistema de pasteurizado, les aseguró que el problema no eran las botellas. “¡Era el agua caliente!”, relata entre risas.

Apertura en Torobayo: ícono de Valdivia

Entre 1996 y 1997 recibieron un pedido del supermercado Jumbo, del también empresario de origen alemán Horst Paulmann. Para los Kunstmann significaba una venta de gran volumen, por eso el encargo era todo un desafío. Ahí tomaron la decisión de dar el salto y crearon una sociedad anónima, de la cual formaba parte su papá y dos tíos, que fueron actores esenciales para el financiamiento que les permitió instalar en 1997 su primera sucursal en la localidad de Torobayo, que mantienen hasta hoy. Por detrás, fábrica de cervezas, y por delante, un restorán, ese local es todo un ícono en Valdivia.
Al principio no tenían cámaras frigoríficas, por lo que tenían que poner los tomates debajo de un estanque, ya que ahí era un poco más frío. Algo similar ocurría con las ganancias que tenían en el día, porque no tenían caja fuerte, así que las juntaban en un pequeño saco y las escondían detrás de un barril a la vuelta de la escalera. El restorán, del cual se hacía cargo Patricia, fue clave en el negocio, ya que, por lo menos durante los tres primeros años, mantuvo la producción. “En las noches veíamos cuánto habíamos ganado y parte de esa plata era para comprar materiales, como botellas”, recuerda Armin.
Con el tiempo fueron dimensionando el potencial que tenía la marca. El año 2000, durante una entrevista con un medio que no recuerda, Kunstmann dijo que le gustaría tener un socio estratégico para el tema de la distribución, ya que su sistema era muy sencillo. Ahí surgió la posibilidad de asociarse con CCU. Aunque las conversaciones se iniciaron en 2001, esto se concretó en 2002. Fue un gran paso en la empresa: en 1997 vendían 1.500 hectolitros anuales, para el 2002 esto se multiplicó diez veces, llegando a vender 15.000 hectolitros. Hace un par de años, se volvió a multiplicar por diez, alcanzando los 150.000 hectolitros.
“Estamos muy preocupados de la innovación, del trabajo en equipo, de la colaboración, el sello familiar que tiene Kunstmann”, explica, agregando que en 10 años más se imagina con un mercado fuerte en Latinoamérica, donde ya tiene sucursales en países como Argentina, Bolivia, Colombia, Brasil y Uruguay. “Crecer implica seguir dando empleos, empleos de calidad”, dice.

La comunidad y el terremoto

Actualmente, tres de los cinco hijos trabajan en la cervecería. Según dice Kunstmann, esto nunca fue una imposición. El hijo mayor emprendió de manera independiente. Paula es la segunda y es la jefa de imagen de la cervecería. Luego viene Cristóbal, que es gerente general de los restoranes y bares, seguido por Alejandro, gerente comercial en la cervecería. Camila es la menor y actualmente se está integrando al negocio como publicista. Armin continúa al mando, siendo gerente general de Kunstmann y presidente del directorio.
De la segunda generación, espera que sigan con el camino de Kunstmann, el de la innovación y la preocupación por el medioambiente, contribuyendo a la comunidad, a quienes le deben todo según el ingeniero.
El 22 de mayo se cumplieron 60 años del terremoto en Valdivia. En una acción que busca reconocer la resiliencia de la comunidad valdiviana, Kunstmann lanzó la cerveza 1960, una Blonde Ale sin filtrar, elaborada con una receta similar a la que se producía en esa época. Con el lema “Un mensaje del pasado más presente que nunca”, buscan que esta vuelta al pasado sea un aporte en este tiempo de crisis, en el cual personas de todos los sectores han perdido sus trabajos. Por esto, las utilidades irán para el programa de Desarrollo e Innovación de la Universidad Austral, que realizará un concurso público para apoyar a los empresarios del sector. Según cuenta Armin, esta idea lleva 10 años y querían lanzarla en 2010 en conmemoración de los 50 años, sin embargo, por el terremoto del 27 de febrero no les pareció una buena idea llevarla al mercado, así que decidieron esperar hasta este año. “A nuestra comunidad le debemos todo, son ellos los que nos han permitido crecer”, finaliza Armin.