La comunidad de Juan Fernández propone la creación del parque marino más grande de América, donde actividades como la pesca y minería estén prohibidas. Es por eso qe recordamos esta crónica de 2015.

  • 17 enero, 2018

Por: Juan Venegas

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Es mediados de mayo y nos dirigimos en un avión Dornier 228 al archipiélago de Juan Fernández. Antes del viaje, fueron muchas las bromas y las muestras de preocupación, respecto del peligro de aterrizar en la isla, haciendo referencia al accidente aéreo que cobró la vida de 21 personas en 2011, entre ellas las del animador de televisión Felipe Camiroaga y el empresario Felipe Cubillos.

El grupo, compuesto por operadores turísticos y periodistas, no está del todo tranquilo, y en nuestro fuero interno, rogamos por aterrizar en una pieza. Reímos y conversamos durante la hora y media que dura el trayecto, hasta que por fin divisamos por las ventanillas las impresionantes montañas de las islas Santa Clara y Robinson Crusoe. Ansiosos, dirigimos nuestras miradas hacia el frente de la aeronave para tener la perspectiva del piloto y avistar, si era posible, la famosa pista de aterrizaje. Sin embargo, el contacto de las ruedas con el suelo fue tan rápido y suave que prácticamente no tuvimos tiempo para sentir el más mínimo temor, y al cabo de unos minutos estábamos estacionados, sanos y salvos, sobre un terreno rojizo y seco, en medio del océano Pacífico a 670 kilómetros del continente.

La zona del aeródromo es árida y por momentos adquiere un parecido a la superficie de Marte. Caminamos unos metros hacia una quebrada, por donde corren algunos conejos, que luego nos enteramos son una especie invasora, y vemos por primera vez el mar fluyendo de manera intensa a través de altos acantilados. Éste es sólo el comienzo, una pequeña muestra de las maravillas que esperan al visitante de estas islas.

Para llegar a San Juan Bautista, único asentamiento permanente del archipiélago, tenemos dos opciones: rodear la isla en lancha o caminar un sendero de 15 kilómetros que toma unas 5 horas y media a través del sector de Villagra. “La aventura comienza desde el primer minuto”, nos dice con una amplia sonrisa Rudy Aravena, un carismático empresario turístico, que más que hombre de negocios parece corresponsal de la National Geographic. Es el dueño de la “Robinson Oceanic”, la embarcación que nos llevará a nuestro destino.

Descendemos por un camino pedregoso hasta la bahía del Padre, donde cientos o miles de lobos de dos pelos (Arctocephalus philippi) retozan en los roqueríos y chapotean en el agua. El viaje alrededor de la isla dura aproximadamente una hora y durante el trayecto se aprecia en todo su esplendor la imponente e indomable geografía. Montañas de paredes afiladas surgen de manera violenta, y por momentos me parece estar en una de esas películas japonesas de Godzilla, especialmente cuando avistamos el morro de Juanango, que se asemeja a un enorme orangután marcando territorio. Aravena, de pelo largo y cintillo negro, conduce la lancha al ritmo de The Eagles, Creedence Clearwater Revival y tonadas locales interpretadas por el grupo de la familia Balbontín.

Al desembarcar nos encontramos con gente del pueblo que interrumpe, por un momento, sus actividades cotidianas para recibirnos. “Bienvenidos a nuestra isla”, es lo que va repitiendo cada persona mientras avanzamos por el muelle.

San Juan Bautista ofrece una cara completamente renovada, muy distante de las desoladoras imágenes posteriores al tsunami del 27 de febrero de 2010. Durante estos últimos cinco años, las autoridades junto a la comunidad emprendieron las labores necesarias para tener un comienzo fresco. Una de las primeras y más arduas fue organizar cuadrillas para limpiar la bahía Cumberland. “Sacamos de todo, desde autos, computadoras, refrigeradores hasta una barcaza de la Armada que había encallado frente a la costa”, recuerda Germán Recabarren, dueño de la escuela de buceo Marenostrum.

El municipio en conjunto con la asociación de empresarios turísticos de la isla, pusieron en marcha un  plan para potenciar la llegada de visitantes al archipiélago, que luego del 27/F y el accidente aéreo de la Fach sufrió una baja considerable. Hoy han consolidado un verdadero cluster, donde ofrecen una variedad de servicios ecoturísticos como cabalgatas, trekking, buceo, pesca deportiva, entre otros.

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Los senderos de Selkirk

En el archipiélago es común vivir, al igual que en la Patagonia, las cuatro estaciones en un solo día. Son las cuatro de la tarde y el cielo comienza a cubrirse de nubes que parecen anunciar lluvia. Pero la temperatura es agradable, cerca de 18 grados Celsius, perfecta como para comenzar nuestra primera exploración.

Existe una variada red de senderos con diferentes grados de dificultad, que está determinada por la topografía del lugar y la fragilidad de los ecosistemas. En nuestro primer día, nos adentramos por uno de ellos en dirección a la plazoleta del Yunque, que se ubica a 257 metros de altura a los pies del cerro del mismo nombre, la montaña más alta de Robinson Crusoe, con casi mil metros de altura. El trekking exige un esfuerzo liviano y se sube por una pendiente de suave inclinación.

Ya más familiarizados con el clima y el terreno, en nuestro segundo día aceptamos el desafío de un sendero de trekking de mayor exigencia, el mirador de Selkirk, que enfila hacia el sur.

El trayecto toma aproximadamente una hora y media y por momentos se torna estrecho y fangoso, producto de la lluvia que cayó la noche anterior. A mitad de recorrido se observa un basamento cuadrangular de piedras que construyó Alejandro Selkirk, quien inspiró al personaje de Robinson Crusoe, la novela de Daniel Defoe.

Desde el mirador se puede observar el extremo opuesto de la isla, y se divisan los islotes Chamelos y Vinillas, el cerro Tres Puntas y la isla Santa Clara. En los días despejados se puede ver incluso la isla Marinero Alejandro Selkirk (antigua Más Afuera), que se encuentra a 180 km de distancia. La exigencia de la caminata se compensa con magníficas panorámicas que te recuerdan que estás en una isla en medio del Pacífico.

 

Viaje al fondo del mar

Si hasta ahora sólo conocíamos lo que el ojo puede ver a simple vista, nos faltaba descubrir la razón de ser de este territorio que mira al océano: sus riquezas marinas. Así, aparece en nuestra agenda el bautismo submarino. Germán Recabarren, instructor de buceo, explica las técnicas básicas para lo que será nuestro estreno bajo el mar. Mientras lo escuchamos, un grupo de lobos de dos pelos nos observa con curiosidad. Parecen acostumbrados a la visita de intrusos ataviados con trajes de goma y tanques de oxígeno, y lucen dispuestos, hasta alegres de compartir su espacio vital, especialmente los ejemplares más jóvenes.

El cielo luce despejado y las aguas, de un azul intenso, se encuentran mansas como una taza de leche. Para nuestro guía, estas aguas albergan un significado profundo, que va más allá de la belleza natural de su fondo marino. En 2010, durante la noche del tsunami, Germán fue arrastrado violentamente desde su casa junto a su hijo, a quien por momentos pensó haber perdido. Cuenta que casi sin esperanzas de sobrevivir logró subirse a uno de los botes que se encontraban fondeados en la bahía y que de pronto comenzó a escuchar gritos de personas que pedían ayuda, entre ellos los de su primogénito. Esa madrugada logró salvar cerca de diez personas. “El mar te quita y te da. Pero sigue siendo nuestro gran amigo y proveedor”, señala.

Alienta al grupo a no tener miedo, que una vez bajo el agua viviremos una experiencia inolvidable. Y funciona, incluso conmigo que nunca voy muy lejos de la orilla en la playa. Uno a uno nos dejamos caer en el mar gracias a la confianza que nos transmite Germán y su hijo, de unos 20 años, hoy su mano derecha en la escuela de buceo.

Bajamos por la cuerda de anclaje y a medida que nos sumergimos comienza a desplegarse con claridad sorprendente la increíble realidad paralela del fondo del mar. A sólo diez metros de profundidad avistamos cardúmenes de jurelillos (Carnax georgianus) y pampanitos de Juan Fernández (Scorpis chilensis), peces pequeños de color plateado y amarillo, que se desplazan en masa a nuestro alrededor. En el fondo de coral vemos erizos de filosas puntas negras, mientras nos cruzamos con algunas brecas (Cheilodactylus gayi) de tonos plateados y negro y una vistosa flora marina que parece un jardín. Miramos hacia la superficie y logramos distinguir las siluetas oscuras de algunos lobos marinos que se lanzan al agua haciendo verdaderas cabriolas de nado sincronizado. Nuestros sentidos, acostumbrados a lo tangible, se adaptan poco a poco a una realidad donde el tiempo y el espacio adquieren otro significado, la cadencia y musicalidad del mar emociona y por momentos parece que estuviéramos viviendo una fantasía.

Es un ejercicio exigente, de mucha adrenalina, que produce un intenso pero reconfortante cansancio. “El mar de Robinson Crusoe es único y la experiencia que se vive acá, la diversidad de especies que existe, lo hace tanto o más espectacular que la de lugares con mayor fama, como las islas Galápagos”, asegura Recabarren.

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Una cena entre la olas

El buceo no es la única actividad que nos ofreció el mar. A bordo de la “Robinson Oceanic”, pilotada por Rudy Aravena, nos adentramos en aguas más profundas para practicar la pesca deportiva. Asistido por un sonar que localiza los bancos de peces, Aravena detiene la embarcación sabiendo que es el mejor punto para lanzar nuestros anzuelos. “¿Están listos?”, nos pregunta, y nos envalentona para una actividad que para un primerizo recuerda algunas escenas de La tormenta perfecta.

Algunos de nosotros nunca habíamos tomado una caña de pescar, pero luego de observar la facilidad con que picaban los peces y el tamaño de ellos, nos fuimos rápidamente entusiasmando, excepto algunos, como yo mismo, que por el movimiento de la embarcación ansiaban volver a pisar tierra, tan pronto como fuera posible. Cada uno de los pescadores aficionados, unos con mayor o menor esfuerzo, consiguieron su objetivo, y al cabo de poco más de media hora habíamos pescado cinco vidriolas de considerable envergadura, con un peso promedio de 20 kilos cada una. Tres de ellas las devolvemos al mar y dos son preparadas en la propia embarcación que cuenta con una cocinilla.

La gastronomía en alta mar es una actividad que para los isleños es frecuente durante sus largas jornadas de pesca, pero con la cual también deleitan a pescadores novatos como nosotros. Aravena nos agasaja con una verdadera cena de mantel largo: despliega una mesa, salen copas de un rincón escondido, y un vino blanco que acompaña el pescado recién cocinado.

Está anocheciendo y las estrellas comienzan a aparecer en el cielo. Aravena y su ayudante Iván Chamorro brindan por nuestra visita y no podemos menos que alzar las copas agradeciendo semejante experiencia. A lo lejos se divisan las primeras luces del poblado. “¿Cómo están, muchachos?”, nos pregunta. No podemos sino sonreír.

 

Últimas tardes en la isla

Sentado en la agradable costanera, es posible disfrutar de la vista desde un simple banco de madera, escuchar el sonido de la naturaleza y con la única sensación de estar en medio del mar. La señal telefónica de datos alcanza sólo a 3G y resulta difícil o casi imposible navegar por internet. Los mensajes de whatsapp funcionan y es el medio de comunicación más usado por los isleños. Pero el hecho de no contar con acceso a la red, excepto por la oficina de la municipalidad y biblioredes, se transforma en un verdadero alivio, un descanso de tanta conexión electrónica y una oportunidad para disfrutar plenamente de la belleza única de la isla.

En nuestra última tarde en Robinson Crusoe, pasa una banda escolar tocando sones militares por el medio del pueblo. Son parte del único colegio de la isla. Son cerca de las 6 de la tarde y los chicos al ritmo del bombo y trompetas suben y bajan por las calles, como anunciando alguna festividad. Myriam Rossi, dueña del restaurante El Yunque, madre de dos chicos, cuenta que la mayoría de los jóvenes se quiere ir de la isla. Que les llama la atención el mundo de la ciudad, los autos y otras comodidades urbanas. Pero que una vez saciada esa curiosidad, muchos vuelven para quedarse. “Se dan cuenta del paraíso que es la isla”, asegura, antes de despedirse. •••

*Agradecimiento al programa “Porque Chile Es Tuyo: Fam Tour y Press . Yo amo viajar por Isla Robinson Crusoe”