Foto: Verónica Ortíz

  • 21 junio, 2019

Fue en 2016. La idea surgió en Zambia, África, cuando el agrónomo chileno Darío Mujica hizo un proyecto de huertas en ese pueblo del país africano. Inmediatamente notó el impacto que la iniciativa tenía en los habitantes, no solo en su alimentación y el trabajo con la naturaleza; también resultó un aporte en las relaciones personales que se generaban en torno a las plantaciones.

Mujica decidió traer la idea a Chile. Se contactó con distintas instituciones y creó la fundación Huertas Comunitarias que hoy ya trabaja con seis comunidades, entre ellas, la cárcel de Puente Alto, un colegio en Colina y en Renca, donde la organización Cristo de la Noche tiene un centro de rehabilitación y un albergue nocturno (en la foto).

“Queremos llenar todos los espacios posibles de huertas y llegar a la mayor cantidad de comunas”, dice Clara Mujica, socióloga que hoy dirige el proyecto.

En la primera etapa, Huertas Comunitarias realiza talleres semanales y capacitaciones dentro de las comunidades para desarrollar las habilidades de cultivo. Y en la fase final de intervención, son los mismos miembros de la comunidad quienes deben hacerse cargo de su huerta para demostrar que las plantaciones serán sostenibles en el tiempo.

“Lo llamativo es que el interés es inmediato “, explica Clara. Y agrega que la agricultura es transversal a distintas necesidades tanto espirituales, comunitarias como económicas. “No importa el género o la edad, en general, distintas personas de la comunidad buscan aportar”, dice. En una huerta de Buin, cuenta a modo de ejemplo, un niño cultivó una lechuga y después quería llevarla al colegio de colación.

¿La parte difícil? Financiarse. Cada proyecto busca levantar recursos de distintas maneras, ya sea por medio de fondos concursables, personas naturales o empresas agrícolas como Sembcorp o Vegus que han apoyado algunos de los proyectos. 

La fundación busca atacar problemas específicos de cada comunidad a través de la huerta. Clara explica que, por ejemplo, en un centro de rehabilitación de drogas se desarrolla un enfoque terapéutico, con hierbas medicinales y un área de descanso. En cambio, en una comunidad de vecinos lo que se incentiva es la alimentación sana.

Hoy, el equipo de Huertas Comunitarias lo componen 20 personas, entre miembros del directorio, gestión, voluntarios y practicantes. Cada proyecto cuenta con una dupla de voluntarios que trabaja con las personas de cada lugar. “Son estas dos figuras las que acompañan el proceso de formación de la huerta y hacen que se avance tanto en lo comunitario como en lo agroecológico”, explica la directora.

Matías Lagos, gestor comunitario del proyecto de Cristo de la Noche en Renca, destaca el potencial sanador que tiene esta iniciativa en las personas en rehabilitación: “Se conectan con lo medicinal y terapéutico que significa trabajar con la naturaleza: ver una planta crecer, oler ciertos cultivos y la tierra húmeda”.