Kineret Muñoz era feliz caminando y así se ganaba la vida: lideraba los trekkings y excursiones de mayor dificultad en Torres del Paine. Era una guía altamente calificada y conocía cada palmo del parque. Hace 6 años sobrevivió a un accidente automovilístico que la dejó en silla de ruedas, Pero volvió al parque y a su trabajo.
Por: Constanza López

  • 6 diciembre, 2018

A través del ventanal, los cuernos de las Torres del Paine se ven gloriosos. Imponentes. Las nubes pasan rápidas unas tras otras, cubriéndolos y descubriéndolos. Los dejan ver y los esconden. Una y otra vez. 

En el lobby del Hotel Tierra Patagonia, Kineret Muñoz, 34 años, segunda de a bordo del equipo de guías, recibe a un grupo de turistas norteamericanos. Los saluda con su sonrisa gigante y su inglés suelto. Mientras manipula con destreza su silla de ruedas, les va mostrando un mapa gigante que cubre toda una pared y les cuenta de las distintas excursiones que pueden hacer durante su estadía.

Afuera, el viento corre a casi 80 kilómetros por hora. 

Cuando ella llegó a la Patagonia, en 2005, las ventoleras le daban terror. Incluso se hacía la enferma para no tener que salir a trabajar aquellos días en que había ráfagas fuertes.

 “Hoy el viento es lo que más me gusta, es lo que me une y me vincula a este lugar”, dice. “El viento me desafía, pero a la vez, me acoge y me abraza. El viento es lo que me hizo volver, después del accidente”, dice.

 

Naturaleza adversa

Kineret en hebreo significa “mar de Galilea”. No es que ella tenga sangre judía, simplemente a su madre le gustaba cómo sonaba y así la bautizó. Su papá murió cuando “Kine” tenía 16 años y tuvo que ponerse a trabajar mientras terminaba el colegio. Ella cree que eso la hizo curtirse desde joven, que le enseñó a luchar y a ir siempre hacia adelante. 

Estudió Turismo en el Duoc y al terminar, después de dos años, no sabía a qué quería dedicarse. “Me gustaba la gente y estar al aire libre. Pero era cero deportista y cero outdoor. Ciento por ciento citadina”, cuenta mientras rellena su mate.

Los glaciares, la cueva del Milodón y la inmensidad de las montañas de la Patagonia –que había visto en libros y videos durante la época universitaria– la llevaron a postular como recepcionista a varios hoteles en Torres del Paine. “En el único que me respondió me ofrecía pega de guía. ‘Yo no sé ser guía’, les dije. Y como ofrecieron capacitarme y además darme alojamiento, me vine”. 

Era septiembre de 2005 y durante esa primera temporada las vio verdes. “No tenía estado físico, no caminaba nada, no sabía andar a caballo, me daba vértigo en las excusiones y el viento me apanicaba”, recuerda. 

Al partir, pensó que jamás volvería, que simplemente no tenía dedos para el piano y aceptó la invitación de unos turistas norteamericanos a quienes había conocido durante esos días, y se fue a Idaho por cuatro meses para aprender inglés. De ahí, partió donde otra expasajera que vivía en Oregon y se dedicó a la equitación. 

Se gastó lo que había ahorrado, así es que al regreso decidió emplearse nuevamente en Torres del Paine. Con la seguridad de los conocimientos que había adquirido, esa segunda temporada fue diametralmente distinta: “No solo disfruté mi trabajo; me enamoré del parque. Ya no me pude ir más de aquí”.

Kineret pasó por casi todos los hoteles de la zona y también durante varios años fue guía free lance. En el invierno chileno partía a viajar por el mundo para seguir aprendiendo. Gracias a una beca que obtuvo en la National Outdoors Leadership School, aprendió primeros auxilios, montañismo en glaciares en Campo de Hielo Norte y escalada y kayak en Coyhaique. En la zona dicen que pocas personas conocen tan bien el parque Torres del Paine como ella.

En diciembre de 2011 la contrataron en el recién estrenado hotel Tierra Patagonia, ubicado a orillas del lago Sarmiento. Tenía 23 años y el mundo –el fin del mundo– a sus pies. 

 

 

“Quedaste parapléjica”

-Yo sabía que algo iba a pasar.

Kineret enrolla su largo pelo negro en un tomate, con la ayuda de sus brazos instala una pierna arriba de la otra y deja mudo el celular. Son las 7 de la tarde y una pareja de cóndores sobrevuela el edificio diseñado por la arquitecta Cazú Zegers.

-Fue el 23 de diciembre de 2012 –comienza a relatar y de inmediato los ojos se le inundan de lágrimas–. Partimos a un paseo con otro guía y un chico que trabajaba en la cocina. Fuimos al lago Grey. Pero yo estaba muy nerviosa y no sabía por qué. A poco de llegar les dije: “Algo me tiene súper angustiada. ¿Les parece que cambiemos de planes y nos vayamos al refugio de Baguales?”. Y partimos. Yo iba en el asiento de atrás. Ellos, adelante. Los dos iban tomando, lo que obviamente aumentaba mi miedo, pero no me hacían caso. Salimos del parque Torres del Paine y al pasar frente al hotel estuve a punto de bajarme del auto… pero no lo hice”.

Kineret creyó que si intentaba dormir, el trayecto se le haría más corto. “Pensé: cuando despierte, todo habrá pasado”.

Cuando despertó estaba tendida de espaldas en el camino de tierra. El chofer había perdido el control del volante y el auto se había dado varias vueltas en una recta camino a Cerro Guido. Kineret había salido expulsada. Mientras el dolor que tenía en el tórax era insoportable, las piernas no las sentía. “Lo supe de inmediato. Nos volcamos, estoy toda quebrada, no siento las piernas, perdí el conocimiento, esto es una lesión medular. Luego pensé: tengo que evitar que la lesión llegue al cuello, tengo que quedarme inmóvil. Estaba en shock de dolor, era como si me estuvieran enterrando decenas de cuchillos en las costillas”, recuerda.

A los otros ocupantes del auto no les pasó nada. 

Dos horas tardó la ambulancia, y una y media más hasta llegar con ella a Puerto Natales. Ya eran cerca de las 9 de la noche. En un box de urgencia, le inyectaron calmantes a la vena y le pusieron oxígeno. Estaba tan grave, con casi todas las costillas quebradas y un compromiso toráxico severo, que la derivaron a Punta Arenas. Llegó pasada la medianoche. Todavía no se oscurecía completamente.

-¿Sientes las piernas? -le preguntó el médico que la recibió, mientras le iba pinchando distintos puntos con una tijera quirúrgica.

-Nooo -respondió ella con un hilo voz, porque apenas podía respirar.

-Quedaste parapléjica.

Lo que vino a partir de entonces ella lo recuerda como en tinieblas. Pasó tres días en la UCI mientras su tórax se descomprimía para poder someterla a la operación que necesitaba su espalda. 

El 26 de diciembre entró al pabellón. En una cirugía de casi cuatro horas, le instalaron una placa de titanio entre las vértebras T4 y T9 para estabilizar su columna. 

Tras dos semanas en la UCI y otra en intermedio, la trasladaron a una pieza normal. Su madre y sus dos hermanas no se habían movido de su lado. También sus compañeros del hotel. Excepto su pareja de entonces, que no fue capaz de enfrentar la situación, y simplemente desapareció de la vida de Kineret.

-¿En qué momento recuperas la lucidez y comienzas a salir del impacto?

-Pasé por distintas etapas. Las primeras semanas estuve siempre drogada, tenía mucha pena pero estaba como en el limbo. Le pregunté a una enfermera qué eran todos los medicamentos que me daban. La mayoría eran ansiolíticos y antidepresivos. La siquiatra me dijo que era muy fuerte lo que estaba viviendo y que si no me ayudaban con medicamentos, iba a caer en depresión. Me negué a seguirlos tomando. Cuando los dejé, como que recuperé mi conciencia y pude empezar la batalla. Primero, a hablar bien, porque había sido tal la contusión en mi pecho y la debilidad de mis pulmones, que no podía respirar y hablar a la vez. Pero no sé por qué, no recuerdo haber llorado, nunca, solo me repetía, “voy a estar bien”.

-¿Pero estabas plenamente consciente de que estabas parapléjica?

-Sí. De hecho, el mismo médico que me recibió y me dio el diagnóstico inicial fue a verme postoperación y repitió su examen clínico, tocando diversos puntos de mis piernas. “Sigues parapléjica”, me dijo. ¡Como si nada! En mi caso, la médula resultó dañada pero no se rompió, por lo que mi margen de recuperación es amplio. Puedo volver a caminar. 

La primera parte de esa batalla fue aprender a sentarse, porque su tronco estaba convertido en una suerte de mono porfiado. “Mientras no fuera capaz de sostener mi espalda, no podría usar la silla ni me darían el alta”. 

Su plan era viajar a Santiago a la clínica de neurorehabilitación Los Coihues. “Como tenía 24 años ya no podía acceder a la Teletón. Pero la clínica era súper cara. Entonces comenzaron a aparecer los primeros ‘ángeles’ en mi vida. La familia Purcell (socios propietarios de los hoteles Tierra) pagó el primer mes. Los dos meses siguientes también se financiaron con aportes que vinieron espontáneamente de pasajeros del hotel, además de bingos y rifas. “Estuve internada tres meses en terapia, de 9 de la mañana a 5 de la tarde”, cuenta.

-Y al salir de la clínica ya te tocó enfrentar el día a día en tu silla de ruedas…

-No quería que la gente me viera. Me daba vergüenza. Iba a mis distintas terapias, me subía al taxi y volvía a mi casa, pero enfrentar el mundo… no. Lloraba y lloraba.

Habían pasado siete meses desde el accidente cuando Miguel Purcell, director ejecutivo de Tierra Hotels, la llamó por teléfono invitándola a volver a trabajar. 

-Pero si yo ya no puedo hacer excursiones -le respondió ella.

-Eso lo veremos más adelante. Por ahora, te vienes a trabajar a la oficina de Santiago porque, si no, te vas a ir a las pailas –le retrucó Purcell.

Salir de la burbuja en que Kineret se había encerrado puso a prueba toda su capacidad de resiliencia. “El accidente me pilló en un momento de mi carrera en que me sentía súper fit, súper mina, la súper guía, me creía una súper woman. Entonces, quererme como estoy ahora fue súper difícil”, dice.

La ayudó mucho seguir terapias alternativas, gracias a las que comenzó a reconciliarse con su nueva vida e incluso a soltar la rabia que había acumulado contra el guía que iba manejando el auto, ebrio. “He hecho mucho trabajo interior. Porque lo que pasó con el accidente es que se quebraron muchas cosas, no solo quedar parapléjica; estaba enamorada y me dejaron. Sentía que nunca nadie más me iba a querer. Pero seguía empujando, hasta que llegó el momento en que dije, ‘chao, si estoy triste, estoy triste. ¿Por qué siempre tengo que estar bien? Así es que comencé a ponerme metas chicas, emocionales y físicas”.

Kineret se propuso enfrentar al mundo en su silla y lo hizo de cuadra en cuadra. El primer día salió desde la oficina y al llegar a la esquina, se puso a llorar y llamó a un taxi para que la llevara a su casa. Días después, anduvo dos cuadras y, al siguiente, hasta entró a una panadería a comprar. Al mes, ya se movilizaba más serena y más confiada.

Sus jefes le aceptaron su soñada propuesta de crear una escuela de guías, que funciona liderada por expertos en las distintas disciplinas –desde deportistas a glaceólogos y paleontólogos– en todos los hoteles Tierra. Ese proyecto, dice hoy, le hizo ver la luz que había al final del túnel.

Gracias a él, volvió a Torres del Paine en calidad de subjefa de guías y cabeza de la escuela. Era diciembre de 2014, justo a un año de su accidente.

Y cada invierno chileno, Kineret sigue viajando. Solo que ahora se va al centro de rehabilitación Project Work, en San Diego, California. Se instala por tres o cuatro meses en este lugar de vanguardia al que acuden personas que, como ella, no se rompieron la médula y, por tanto, pueden volver a caminar. También hace ejercicios diariamente en su cuarto y, cada vez que puede, nada en la piscina.

Kineret Muñoz antes del accidente.

 

-¿Qué progresos has visto en estos años?

-Hartos. Puedo mover un poco las piernas y empujar para pedalear. También puedo gatear sobre una cinta. Antes no me podía las caderas y ahora soy seca para hacer planchas. Además, hoy me doy cuenta cuando tengo ganas de hacer pipí. ¡La primera vez que sentí ganas de hacer pipí me puse a llorar!. 

-¿Te has planteado que no consigas volver a caminar?

-Tuve que hacerlo, ciento por ciento, para poder estar en paz con mi nueva vida en la silla. 

En septiembre pasado, en el Pure Life Experiences, el encuentro de turismo más grande del mundo, Kineret obtuvo el premio “Héroe anónimo”, que se le entrega a aquella persona que es capaz de ir más allá de su propio trabajo y transformar la vida de sus pasajeros. De hecho, las estadías y los tratamientos de rehabilitación en Estados Unidos ella los costea con su trabajo y en buena parte gracias a las donaciones de decenas de pasajeros del hotel Tierra Patagonia que se ven conmovidos por su historia, su pasión por la naturaleza y su capacidad de integración. 

-El tema de la vida en pareja y de la intimidad sexual de las personas discapacitadas es un poco tabú todavía en Chile, de algún modo los vemos como si se hubieran convertido en seres asexuados. ¿Cómo lo estás enfrentando tú?

-Sí, nos ven como si por estar en silla de rueda, necesariamente nos volviéramos niños en materia sexual. El año pasado pinché con un inglés en Francia, haciendo la ruta de Lourdes, a la que me convidó también una pasajera. Yo me daba cuenta de que le gustaba a Thomas y él a mí, pero estaba aterrada. Después hicimos juntos un viaje por Inglaterra por varios días y, superados los pudores naturales por mi situación, mi vida sexual con él fue súper placentera y normal. Thomas me hizo sentir que le puedes gustar a alguien y que se puede enamorar de ti tal como estás, no por lo que fuiste o por la esperanza de lo que puedes llegar a ser. No me veo con un pololo chileno, pero si encuentro el amor, me encantaría ser mamá. Si no lo encuentro, también está en mis planes adoptar.

Kineret se suelta el tomate de la nuca y, empujando las ruedas con sus brazos fuertes, sale a tomar aire. Frena su silla de ruedas frente al lago Sarmiento y a las Torres del Paine. Sonríe. Y el viento de la Patagonia la abraza una vez más.