Por: María Teresa Herreros, desde Londres Nunca se había realizado una exposición centrada solamente en los retratos pintados por Goya. Y la respuesta de la crítica ha sido una sola: una muestra deslumbrante. Montada en la National Gallery, reúne 70 obras facilitadas por colecciones públicas y privadas, entre ellas algunas raramente prestadas y otras que […]

  • 29 octubre, 2015

Por: María Teresa Herreros, desde Londres

Goya_©-Minneapolis-Institute-of-Art

Nunca se había realizado una exposición centrada solamente en los retratos pintados por Goya. Y la respuesta de la crítica ha sido una sola: una muestra deslumbrante. Montada en la National Gallery, reúne 70 obras facilitadas por colecciones públicas y privadas, entre ellas algunas raramente prestadas y otras que nunca habían sido expuestas fuera de las casas de sus propietarios, descendientes de los retratados.

El curador, Dr. Xavier Bray, explica que la idea ha sido “revalorizar el enfoque innovador y poco convencional del retrato (en Goya), que a menudo rompió las fronteras tradicionales y que revela aspectos de su vida tanto públicos como privados”.

Las obras, instaladas sobre paredes de color muy oscuro, se presentan ordenadas cronológica y temáticamente, de manera que podemos seguir la carrera del artista desde sus tempranos comienzos en la Corte de Madrid hasta su designación como Primer Pintor de la Corte por Carlos IV, así como su creciente prestigio como el retratista favorito de la aristocracia.

Es especialmente en los retratos de la realeza donde Goya pudo imprimir su observación de la psicología de los personajes, en sutiles expresiones o gestos que muchas veces no agradaban a los modelos. Esto se aprecia en el cuadro del rey Fernando VII, en el que se hace visible la desconfianza que le inspiraba este monarca, pomposo y egoísta, que abolió la constitución y reintrodujo la inquisición en España. Aun cuando luce vestido de gala y portando su cetro, su expresión refleja la pobre opinión que Goya debe haber tenido sobre él.

Diferente es el acercamiento al clérigo Juan Antonio Llorente (1810), con quien compartía una apertura a las reformas. Con expresión amable y ataviado con hábito negro, destaca la ancha cinta roja de la que pende la Real Orden de España, que el propio Goya recibió también en esos días. Llorente había sido llamado por José Bonaparte, entonces rey de España, para ayudarlo a terminar con la inquisición.

La estrella es indudablemente el retrato de la Duquesa de Alba (210 x 149 cm). Proveniente de la Sociedad Hispánica de América, Nueva York, había salido sólo una vez de los Estados Unidos y nunca viajado a Gran Bretaña. Pintado en 1797, este famoso cuadro muestra a la duquesa, de 35 años, vestida en traje de duelo negro. La duquesa –la mujer de más alto rango en España después de la reina– con gesto altivo señala con el índice de su mano derecha hacia el suelo donde ha inscrito en la arena “Sólo Goya”; detalle que inicialmente fue cubierto y que reapareció en su restauración.

La National Gallery anunció, sólo tres semanas antes de la inauguración (probablemente por razones de seguridad), que llegarían a incorporarse dos obras escasamente vistas fuera de España: los imponentes retratos del rey Carlos IV en traje de caza y de la reina María Luisa llevando una mantilla; ambos pintados en 1799. Se trata de dos de las más importantes obras del patrimonio de España: desde que fueron pintadas por el artista, hace más de dos siglos, han permanecido colgadas en el Palacio Real de Madrid, en la sala anterior al Salón del Trono, donde los dignatarios extranjeros son recibidos por los reyes. Ubicadas ahora en la pared izquierda de la sala 4 de la galería londinense, enfrentan nuevamente a la duquesa –enemiga irreconciliable de la reina–que los observa desde la pared de enfrente.

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Al comienzo del recorrido nos recibe La familia del Infante Don Luis de Borbón, lienzo de gran tamaño (248 x 330 cm) pintado en 1784. Es un grupo numeroso donde don Luis en su destierro, ya bastante mayor y con la mirada perdida, figura en el centro junto a la mesa jugando con una baraja española. Su joven esposa aparece en actitud estática mientras su peluquero le arregla el cabello. Pequeños hijos, sirvientes y cuatro caballeros se unen a la composición, en cuya parte inferior izquierda se observa a un pintor, supuestamente Goya, que inmortaliza la escena. Una clara referencia a Las Meninas (1656), la obra maestra de Velásquez.

En contraste con la formalidad de estas pinturas sobre la elite hispana, la exposición presenta obras más personales, incluyendo autorretratos. El primero de ellos, pintado alrededor de 1773, cuando estaba cercano a sus treinta años y el último, prácticamente medio siglo después, el conmovedor Autorretrato con el Doctor Arrieta, que es considerado el más asombroso de sus cuadros. En la parte inferior de este cuadro, el artista escribió: “Goya agradecido a su amigo Arrieta por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819 a los setenta y tres de su edad. Lo pintó en 1820”.

Se exhibe además su última obra, el retrato de su amado nieto Mariano, pintado pocos meses antes de morir, una muestra emocionante de su creatividad hasta el final de sus días.

La última década del siglo XVIII estuvo marcada por grandes cambios para España y para el artista. En el proceso de reformas políticas participaron varios amigos de Goya, a los que retrató: entre otros el escritor Gaspar Melchor de Jovellanos y el ministro de Finanzas, Francisco de Saavedra.

Por esos años, el pintor sufrió una enfermedad que le produjo una profunda sordera. Se sobrepuso a ella aprendiendo el lenguaje de los gestos. Murió el 16 de abril de 1828 en su autoexilio en Francia. Desilusionado de la monarquía española, había viajado a ese país para instalarse finalmente en Bordeaux. Su arte fue resumido por su hijo Javier: “Miró con veneración a Velásquez y a Rembrandt, pero por sobre todo miró la naturaleza, a la que llamó su amante”. •••