El vino Carmen Gran Reserva Cabernet Sauvignon 2017 recibió Medalla de Platino, con 97 puntos, en el concurso de vino más importante del mundo organizado por la revista británica Decanter. Recordamos la entrevista a Emily Falcouner, la joven enóloga de Viña Carmen que ya está dando mucho que hablar.
Fotos: Verónica Ortíz

  • 12 abril, 2019

Salió hace prácticamente una década de la Universidad Católica y se puso a hacer vendimias por distintos lados. Estuvo en Colchagua, pero también en California, Nueva Zelandia y Francia. Fueron cerca de tres años hasta que se estableció en la Viña Maquis, para luego pasar por Alcohuaz y Arboleda. Entonces la llamaron de Viña Carmen para hacerse cargo de los vinos clásicos de esta empresa, pero también de sus líneas más innovadoras.

-¿Has buscado estos cambios laborales o se ha dado así?

-Se ha dado, no lo he buscado. Se me han dado oportunidades y las he ido tomando. Pero siempre con hambre de avanzar. De hecho, me desconocí a mí misma, porque en la universidad yo nunca fui una estrella académica. O sea, me iba piola, pero cuando empecé a trabajar, se me prendió la ampolleta de que esto me encantaba y me obsesioné con las vendimias y con la enología en general.

-¿Cómo fue tu experiencia en Alcohuaz?

-Yo buscaba trabajar en una vendimia fuera de Chile y llamé a Marcelo Retamal –enólogo de la Viña De Martino y que lidera también el proyecto Viñedos de Alcohuaz–. Después de unos, días me dijo: “Te tengo una vendimia buena pero no es precisamente afuera, es en Alcohuaz”. Partí feliz, se suponía que era por tres meses, y al final me quedé casi dos años. Vivía en la punta del cerro y se trataba de un proyecto súper extremo.

-Nada que ver con Maquis.

-Nada que ver. Colchagua es muy distinto a Alcohuaz, que es una zona pisquera, con un estilo de vida totalmente distinto. La gente allá nace con un chip de la uva pisquera y por lo mismo no es fácil meterlos en el mundo del vino. Por otro lado, es un escenario totalmente extremo; el sol, las heladas… El trabajo ahí fue lograr un match entre el lugar y los vinos, porque antes se producían en la línea más tradicional, como los cabernet sauvignon típicos chilenos. Nosotros nos fuimos por variedades más mediterráneas y que les gusta el sol. Syrah y garnacha, por ejemplo. Es un trabajo lindo que a mí me hizo switch. Hasta el momento no he hecho un vino propio porque he estado poco en cada lugar. Pero de eso se trata este trabajo, de ir a un lugar, conocerlo bien y luego poder llegar a interpretarlo a través de los vinos.

-Eso es lo que te va a tocar hacer ahora en Carmen.

-Esperemos. Llega un minuto en que uno quiere meterse en proyectos largos, hacer un vino, dejarlo en la botella y seguir en la vendimia siguiente a ver qué se puede mejorar, porque uno nunca le achunta a la primera haciendo vinos.

 

Antes y ahora

-¿Entraste a estudiar Agronomía ya pensando en dedicarte a la enología?

-Sí, siempre quise enología. Una cosa muy rara, porque soy temuquense. En mi familia son buenos para el vino, esa era mi mayor relación. Pero a los diecisiete años se me metió en la cabeza que quería ser enóloga, sin tener idea de lo que en realidad consistía, más allá de hacer vino.

-Tenías una aproximación al vino solamente desde el consumo.

-Definitivamente, desde el consumo. Pero obviamente hoy entiendo la enología de una manera totalmente distinta. A los diecisiete años uno le echa para adelante nomás. De mi generación, que éramos como treinta, gente que trabaje como enólogo debemos ser cinco. De hecho, hay muchos que después de la primera vendimia, toma otros rumbos. Es un tema de amor u odio. Los primeros años como enólogo son duros. Es un proceso bien largo hasta lograr entender los vinos, yo me demoré unos ochos años antes de poder decir: “Tengo mi propia opinión”. Uno se hace una suerte de base de datos con las uvas que ha probado, las decisiones de cosecha, los vinos que va catando, etcétera. Por eso estoy contenta de llegar a Carmen donde espero quedarme mucho tiempo y en diez años más poder decir: participé de este proyecto e hice esto.

 

Los miedos de la industria

-Tienes un estilo propio, la viña posee un portafolio grande de vinos y el mercado también marca sus puntos. ¿Cómo se mezcla todo eso de manera armónica?

-Eso es algo que me costó entender, porque en las viñas donde estuve antes, sobre todo en Alcohuaz, se hacen los vinos que se quieren hacer sin mirar mucho el mercado. Pero en Carmen la cosa es distinta. El mensaje número uno es que tenemos un consumidor y tenemos que entregarle un vino que quiera tomar. Saber quién es tu cliente, para eso contamos con una amplia gama de vinos y algunas líneas en las que se busca hacer feliz al consumidor.

-Entonces debes tener en la cabeza a todos esos consumidores al hacer vino.

-Sí, pero por otro lado tenemos una línea que se llama DO, en la que hacemos 300 cajas de cada vino. Es un proyecto bien específico en el que trabajamos con productores chicos, y lo que pretendemos es llevar a la mesa antiguas cepas que antes se tomaban mucho, pero que con el tiempo fueron despareciendo. Hacemos semillón, una mezcla de carignan, garnacha y país; hacemos cinsault… Ahí pienso en lo que yo quiero hacer. Pero tenemos también el Carmen Gold, que es el clásico de los clásicos de Carmen, y la persona que va a pagar por ese vino le interesa que sea la expresión más pura de cómo Carmen entiende un cabernet sauvignon de ese territorio específico, con unas condiciones bien definidas. O sea, yo no me voy a poner a jugar con ese vino para ir a conquistar el mercado americano.

-Desde hace un tiempo el vino chileno ha ganado en diversidad. El valle central se ha estirado en sus cultivos y han aparecido nuevas y antiguas cepas. ¿Cómo ves tú toda esa diversidad? Porque muchas veces los enólogos de las viñas grandes no se suben a este carro.

-Yo creo que necesitamos esa diversidad. Cómo se forma la oferta del vino chileno hoy está basado en el desarrollo que ha tenido en estos últimos treinta años. Porque desde los ochenta y hasta unos diez años atrás, la preocupación estaba puesta en ciertos mercados extranjeros y en función de eso se hacían los vinos, nadie se preocupaba del mercado interno. Ahora las cosas son distintas; si bien el consumo sigue bajo y estamos complicados con la competencia de la cerveza y otros productos, el consumo de vinos de alta gama en el mercado interno ha aumentado. Si en algún momento el vino chileno se consolidó como uno bueno, bonito y barato, los nuevos actores que han aparecido aportan diversidad y lo hacen más interesante.

-Más allá de las cepas de siempre.

-Que se hacen muy bien acá. Y hay zonas que aún no están desarrolladas con el vino, pero que tienen potencial. Por ejemplo, la Novena Región, de donde vengo. Mi sueño en algún minuto es hacer vino ahí. Creo que la oportunidad es hacer vinos interpretando esos territorios, y no pensando en el negocio.

-Me ha tocado entrevistar a varios críticos y master of wine extranjeros y todos coinciden en que el futuro del vino chileno viene en aprovechar su diversidad, sus climas extremos, todo eso.

-Sí, en eso estamos varios productores. Tratando de dar con esa diversidad, estirando el chicle para hacernos más interesantes como oferta. Les doy mucho énfasis a estos vinos porque para mí los proyectos son exitosos en la medida que lleguen a la mesa. La mayoría de los consumidores chilenos aún no saben bien sobre Itata, el vino país o el cinsault. Entonces, estoy buscando cómo hacer que estos vinos sean más exitosos, y para eso se necesita que la gente los conozca. Y que así tengan un lugar tanto en el mercado interno como afuera, donde Chile se está empezando a ver como un escenario vitivinícola más diverso y con una oferta más interesante.

-¿Ese sería el siguiente paso?

-Sí. Pero nosotros somos Viña Carmen, una viña clásica que se ha mantenido vigente en el tiempo y nuestro expertise está en cepas como cabernet sauvignon, carménère o sauvignon blanc. Imagínate a nuestra fuerza de venta, lo que le implica vender un semillón. A todos en la viña nos encanta y nos lo peleamos, pero vender semillón es una pega totalmente distinta. Hay que hacer otro trabajo para que ese vino llegue a la mesa. Yo puedo hacer un producto que todos elogian, que se saca los mejores puntajes, pero que no le llega al consumidor, no lo aprecia; y eso es un fracaso. Un vino que no se toma es un fracaso. Por eso yo misma me doy la pega de mostrar estos vinos hasta a los garzones del restaurante de nuestra viña, para explicarles cómo venderlo.

-Los restaurantes pueden ser una gran vitrina para que los consumidores conozcan otros vinos, pero da la impresión que esa pega no la están haciendo muchos.

-Son pocos. Pero en esos pocos yo quiero estar. Porque la gente a la que le interesa el vino va a esos restaurantes.

Mujeres, enología, trabajo

-Desde afuera, el mundo del vino todavía se ve como un espacio masculino, ¿tiene alguna particularidad en tu trabajo como enóloga el hecho de ser mujer?

-Ahora, en el momento en que estoy, no. Pero te diría que a lo largo de mi carrera hice cosas que se podrían considerar como “raras” para una mujer. Como irme a vivir sola a lugares apartados, en Colchagua o Alcohuaz. Hasta el año pasado me enojaba que me llamaran para hacerme una entrevista por ser enóloga mujer.

-¿Por qué?

-Quería que me llamaran para preguntarme por lo que estaba haciendo en mi trabajo, más allá de ser enóloga o enólogo. Pero después lo empecé a ver de otra manera, porque pienso que es una realidad que en el mundo laboral en general hay diferencias. Estadísticamente, a ciertos cargos llegan más hombres que mujeres. Yo me siento en una mesa de comité técnico y son diez hombres y una mujer. Y en términos de salarios, existe una brecha también. Entonces, todo esto me hizo comenzar a tomarlo como una oportunidad cuando me preguntan, para transmitirles a otras mujeres que hay que tomar las oportunidades que se nos presentan.