La agenda de energía La presentación de la Agenda de Energía constituye un hito en la historia de la industria de energía en los últimos 30 años. Es un lugar común señalar que en este sector abundan los diagnósticos, sobran las propuestas y escasean las soluciones prácticas. En ese contexto, la labor que lideró el […]

  • 13 junio, 2014

La agenda de energía

La presentación de la Agenda de Energía constituye un hito en la historia de la industria de energía en los últimos 30 años. Es un lugar común señalar que en este sector abundan los diagnósticos, sobran las propuestas y escasean las soluciones prácticas. En ese contexto, la labor que lideró el ministro Pacheco junto a su equipo es notable. No sólo porque rápidamente se hizo cargo de una de las conclusiones donde existe más consenso, la cual es la larga ausencia del rol del Estado –determinante en una industria regulada, donde las inversiones requieren estabilidad de largo plazo y un nuevo pacto social para sacar adelante proyectos de gran escala–, sino también porque definió metas ambiciosas de reducción de costos y apostó al nuevo panorama de la oferta energética mundial –el uso del shale gas– como mecanismo de diversificación y estabilización de precios. Sobra mencionar que el gas genera la mitad de las emisiones de CO2, en relación al uso de carbón en la generación termoeléctrica.
A nuestro juicio, existen tres elementos que ayudarían a reforzar las posibilidades de éxito de la Agenda y que podrían asegurar una trayectoria de sustentabilidad de largo plazo de la propuesta.

En primer lugar, está la idea de una ordenación territorial energética a nivel regional. Partiendo de la base, que el tema de ordenamiento territorial es uno de los grandes atrasos de nuestra estrategia de desarrollo, y que los antecedentes disponibles muestran que no es el ejercicio de participación el que ha fallado, sino la falta de implementación de modelos de creación de valor compartido en la proposición de proyectos (ver, por ejemplo, las conclusiones del “Desafío Capital: Energía”); para minimizar los riesgos de un ejercicio de ordenación sesgado a lo energético, se deben profundizar los aprendizajes en uno, o máximo dos pilotos –uno en el norte, otro en el sur–. La urgencia no debe profundizar una herencia inadecuada. Un ejercicio de ordenamiento territorial es complejo y, al mismo tiempo, constituye una oportunidad única para coconstruir una estrategia regional de desarrollo. Cimentemos bien su construcción como uno de los legados de esta administración.

El segundo tema tiene que ver con innovación. Razonablemente, el foco de la Agenda se ha concentrado en lo que serán las prioridades de gestión de esta administración, pero el sector energía es uno de largo aliento y él debiera constituir por derecho propio –dado su tamaño y potencial de impacto–, uno de los cluster prioritarios de la llamada Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento. Desarrollos como los de hidrógeno, ya no sólo como combustible alternativo para vehículos, sino también como un vector de transporte de energía eléctrica, debieran ser parte sustantiva de los esfuerzos de un país que quiere alejarse de los combustibles fósiles, no sólo por las emisiones que traen aparejadas o por su anhelada independencia energética, sino porque generan un encadenamiento de servicios anexos propios de una economía de valor agregado.

El tercer eje de la Agenda tiene una línea de acción específica referida al uso de la leña. Aquí la premisa básica es que este insumo energético es el causante de numerosas externalidades negativas –particularmente emisiones de material particulado–, y ello explica los niveles de saturación atmosférica en las ciudades desde Santiago al sur. Cambiar la situación anterior, se indica, resulta complejo dado el bajo costo, accesibilidad y costumbre de uso de este combustible. Aquí hay un error de diagnóstico y ello es explicado en detalle en la siguiente nota (Leña y Descontaminación).

La Agenda de Energía es un esfuerzo valioso en sí mismo. El ministro ha demostrado liderazgo y las semillas de un cambio positivo en este ámbito ya han sido plantadas. Debemos cuidar y nutrir su desarrollo, porque gran parte de las oportunidades de crecimiento y competitividad del país descansan en ellas.

 

LEÑA Y DESCONTAMINACIÓN: AFINANDO EL DIAGNÓSTICO

El Plan de Descontaminación anunciado, sindica al uso de leña húmeda como el principal responsable de la polución en las ciudades del sur de Chile. La explicación es sencilla: es el combustible más barato para las familias de bajos recursos, y su uso es propio de una cultura difícil de erradicar.

El problema es que la realidad no es tan sencilla: la leña es el más caro de los combustibles disponibles, si se la evalúa en relación a unidades de energía equivalentes. Ella tiene un costo de alrededor de 0,25 $/kcal, mientras la electricidad tiene un costo alternativo de 0,10 $/kcal y el gas licuado 0,11 $/kcal.

Ahora bien, éste no es un mercado marginal. Sólo considerando el consumo residencial de leña, se tiene un negocio que mueve más de 4.000 millones de dólares anualmente. Tal cifra explica por qué está tan diseminada la práctica de degradar los bosques nativos, con todas las externalidades negativas que ello conlleva.

[box num=”1″]

La pregunta, entonces, es si hay que subsidiar el recambio de estufas a calefactores eléctricos o a gas, o simplemente hay que destinar esos recursos a campañas educacionales que demuestren el pésimo negocio que realizan las familias al usar leña como insumo de calefacción.

Algunos analistas señalan que el problema no es sólo de información, sino que la realidad cultural del uso de la leña es difícil de erradicar. Quizás ello reviste en sí mismo una oportunidad: podemos replicar la realidad de Suecia, líder mundial en el uso de madera como fuente primaria de energía y donde las ciudades no están afectas a contaminación atmosférica significativa. Para esto debe sustituirse la oferta de leña por productos madereros de alta eficiencia de combustión, como son los pellets. Éstos tienen un costo equivalente que no supera los 0,7 $/kcal, y su combustión eficiente disminuye en dos órdenes de magnitud la generación de material particulado.

Es cierto que las estufas a pellet son caras (el doble de una popular Toyotomi), pero recambiar todos las estufas de las ciudades saturadas del sur tendría un costo de 50 millones de dólares anuales, es decir, una cifra inferior a los montos destinados en el pasado a subsidios de plantaciones, e inferior al costo social de salud y menor calidad de vida en dichas ciudades debido a la contaminación.

Dicho de otra forma, esa inversión es socialmente rentable y materializarla generaría un cobeneficio indirecto, al reducir la presión sobre el estado y biodiversidad de nuestros bosques nativos.
Es cierto que la leña es hoy el problema, pero ella misma podría ser la solución de calidad del futuro. •••