Por Carla Sánchez M. Fotos: Verónica Ortíz. -¿Has encontrado alguna vez tréboles de cuatro hojas?, pregunta el doctor Bruno Nervi. -No, respondo sorprendida. -“Yo he encontrado miles”, dice con toda tranquilidad. “Colecciono tréboles de 4, 5 y hasta 6 hojas”, dice al tiempo que muestra las hojas amarillentas aplastadas entre dos vidrios que tiene colgando […]

  • 5 septiembre, 2014

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz.

Bruno-Nervi

-¿Has encontrado alguna vez tréboles de cuatro hojas?, pregunta el doctor Bruno Nervi.
-No, respondo sorprendida.
-“Yo he encontrado miles”, dice con toda tranquilidad. “Colecciono tréboles de 4, 5 y hasta 6 hojas”, dice al tiempo que muestra las hojas amarillentas aplastadas entre dos vidrios que tiene colgando en su oficina, entre las fotos familiares y los diplomas. “Si me pongo en un lugar donde hay pasto, a los dos o tres minutos empiezo a encontrarlos. Están ahí, te están mirando, lo que pasa es que uno no los ve”, explica.

Miembro de una familia de inmigrantes italianos pobres de la zona de Tiglieto, cerca de Génova, su papá, el gastroenterólogo Flavio Nervi, fue el primero del clan en ir a la universidad. A los 7 años, Bruno lo acompañaba a operar ratones. Era cosa de tiempo, entonces, que su único hijo hombre también se fascinara con la medicina. Y con una especialidad bastante impopular: la oncología.

Con el cáncer, dice Nervi, pasa lo mismo que con los tréboles. “Los enfermos de cáncer y sus familias están ahí gritando que los ayuden y los traten con igualdad de oportunidades y el país pasa por el lado sin verlos. Y no me refiero al Ministerio de Salud ni al Gobierno, hablo de Chile. Esto equivale al drama de la esclavitud tiempo atrás. Los pacientes son esclavos de un sistema que los aleja de las oportunidades de tratamiento”, se queja.

Con su metro noventa de estatura, Bruno Nervi Nattero es un ser especial y, tal como los tréboles que le gusta coleccionar, escaso, al igual que los 80 oncólogos certificados que hay en Chile (45 concentrados en Santiago), los cuales se forman en la Universidad Católica, la Universidad de Chile, La Fundación Arturo López Pérez y el Instituto Nacional del Cáncer. Debiera haber mínimo 400 especialistas para atender a toda la población y al año, con suerte, se forman 6.

Una situación que tiene a este doctor muy preocupado, considerando que anualmente en Chile hay 45 mil diagnósticos de cáncer y que un cuarto de los certificados de defunción tienen escrita esta palabra, que nadie quiere pronunciar.

“Los pacientes con cáncer son tratados muchas veces como la escoria del país y son postergados. Nadie quiere verlos, porque te generan la proyección de que qué pasaría si tú o tu hijo estuvieran enfermo”, sentencia Nervi.

Podría haberse quedadado trabajando en Estados Unidos tras haberse especializado en la Washington University de Saint Louis. Pero Nervi quiso volver a Chile para formar más oncólogos, porque está preocupado de la realidad del cáncer en Chile. Ésa es su cruzada. No puede aceptar que en Arica exista un solo oncólogo, al igual que en Puerto Montt. Que los pacientes más pobres tengan que esperar hasta un año para recién tener el diagnóstico de su enfermedad, tiempo en el que el tumor inicial suele ramificarse y ya es tarde para hacer algo. Que los médicos no quieran especializarse en oncología, no por falta de programas, sino que por escaso interés. “En las facultades de Medicina se posterga el tema del cáncer y no se muestra una oncología moderna, compasiva, que realmente pueda curar y ayudar a morir mejor”, dice. Un pensamiento que no sólo se expande en las universidades. “Desde chicos nos enseñan que hay que hacerle el quite al cáncer. Dentro de tu cabeza, inconscientemente te imaginas a alguien pelado, vomitando, que se va a morir, atendido por doctores que van a hacer cosas para alargarle la vida innecesariamente. Esa cultura es la que tenemos todavía en Chile, incluso en las universidades, a nivel de formación”, se queja.

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Sentado en su oficina en el centro de cáncer de la UC, Nervi mira la figura de un gato en cuya mano exhibe un reloj detenido. Lo encontró en un viaje que realizó a Venecia con su hijo Lucas (tiene tres hombres y una mujer). Cada vez que pasaba por la vitrina de la tienda estilo Harry Potter, el gato lo miraba diciéndole “La vida dura un rato”. No dudó en comprarlo. Tampoco en aplicar la máxima a su vida. “La situación del cáncer no puede estar detenida”, repite.

Bruno Nervi no opera, pero en este caso decidió aplicar bisturí: “Nuestras tasas de alfabetización y de mortalidad infantil son de las mejores del mundo, este país no es que no se la pueda, el drama es que no estamos viendo el cáncer como un problema”, se queja. Esto, a pesar de que, reconoce, “ha habido un enorme crecimiento en las oportunidades de salud de los chilenos en los últimos años y que distintos gobiernos han hecho grandes avances… pero no es suficiente todavía para el cáncer”. Y no es una crítica al sector público, aclara. Según estadísticas, el 70% de las personas tienen familiares de primer grado con cáncer. “Todos sabemos el dolor que significa eso. Es una enfermedad que hay que poner arriba del tapete”, dice.

 

La donación de Luksic

El año pasado, el doctor Nervi tuvo una conversación informal con Andrónico Luksic. El empresario mostró interés por saber más de la situación de la enfermedad en Chile y lo citó a su oficina. Nervi no podía desperdiciar la oportunidad. Tiene clarísimo que necesita conseguir muchos recursos para lograr su ambicioso objetivo de combatir esta patología en Chile. Sueña con hacer una Teletón del cáncer con la ayuda del mundo empresarial.

El oncólogo preparó un Powerpoint titulado “Proyecto de desarrollo de la oncología para Chile”. Lo primero que le dijo fue que en 1971 Richard Nixon le declaró la guerra al cáncer en Estados Unidos y dio un impulso enorme a la investigación al destinar más de 1.500 millones de dólares a ello. Algo que, a juicio de Nervi, ha dado enormes frutos, ya que en ese país las tasas de mortalidad van en descenso.

A medida que avanzaban las diapositivas, Nervi le explicaba a Luksic que países como Malta, Grecia, Polonia y Chipre tienen más oncólogos que nosotros (en Chile hay 0,3 oncólogos por cada 100 mil habitantes versus 3,4 en Estados Unidos) y que en Estados Unidos la American Cancer Society recibe donaciones por 1 millón de dólares al día. También le contó que en Chile entre los cánceres más letales están el de vesícula y el gástrico, dos patologías que en el mundo no tienen tanta incidencia, por lo que no existe investigación suficiente al respecto (ver recuadro).

“Patudamente le dije ‘mira Andrónico, aquí hay gente que se muere porque no tiene oportunidad, tú y yo las tenemos y esto es responsabilidad de todos, no sólo del Gobierno. El mundo privado tiene que ponerse. Juntos podemos cambiar la historia del cáncer en Chile’”, cuenta Nervi.

Luksic quedó impresionado con el relato y le ofreció, a través del Banco de Chile, donar un millón de dólares para invertir en formación de médicos, infraestructura e investigación. El empresario, eso sí, puso sus condiciones. “Nos exigió que nosotros administráramos los fondos y que éstos se gastaran exclusivamente en el sector público”, cuenta Nervi, quien pensó inmediatamente en invertir los recursos en el Sótero del Río, el hospital que más pacientes atiende en Chile, donde los alumnos de la UC se conectan con el “mundo real” gracias al convenio académico entre ambas instituciones.

“El doctor Nervi lidera un equipo humano y profesional admirable. Nos mostró que cerca del 30% de las muertes por cáncer pueden ser evitadas con una detección temprana o un tratamiento oportuno. Eso es algo muy fuerte de lo que todos deben tomar conciencia para prevenir y ayudar”, agrega Arturo Tagle, gerente general del Banco de Chile.

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Nervi le comentó sus planes al doctor Hernán Rojas, jefe de oncología del Sótero del Río. El hospital estaba construyendo una sala de tratamiento ambulatorio para quimioterapia –hoy los pacientes se atienden junto con los hospitalizados– y Nervi le ofreció contratar dos doctores tiempo completo y otros cinco de los ocho que forman el equipo de académicos de la UC a tiempo parcial, además de “vestir” el lugar con sillones, bajadas para las drogas y una campana nueva para preparar las quimioterapias.

La oferta incluía también contratar un equipo de enfermeras y un grupo de investigación. Rojas aceptó encantado.

“Es una alianza estratégica bastante positiva, dadas las dificultades que tenemos en el sector público para tener recursos humanos y económicos. Si no podemos atender a más personas, es porque no tenemos capacidad humana o física”, admite Rojas.

Falta de profesionales y también de infraestructura. Según las estadísticas del doctor Nervi, Chile es el país que tiene menos infraestructura de máquinas para hacer diagnóstico comparado de toda la OCDE. “Esto habla de la inversión país para el diagnóstico del cáncer, de por qué estamos tan atrasados. No contamos con capital humano y tenemos una inversión muy baja en infraestructura”, explica Nervi.

 

La realidad del Sótero

“Bruno, este caso es para llorar”, le comenta la doctora María Elisa Herrera en la cafetería del Sótero del Río, hospital que atiende a 1,5 millones de pacientes con cáncer. Se conocen hace 8 años y la oncóloga está a cargo del programa que están implementando con los fondos del Banco de Chile. “Hay un paciente de 39 años que pesa menos que su edad. Se operó en otro hospital de un cáncer testicular, después le encontraron una masa en el retroperitoneo –del porte de una sandía– con metástasis en el hígado y le dieron radioterapia por 45 días”, relata Herrera. Nervi se agarra la cabeza y se lamenta: “Fue una lesera gastar dos meses irradiando. Había que darle quimio”.

-¿Hay muchos que cuestionan la eficacia de la quimioterapia al matar células buenas?
-La quimio aumenta por lejos –y eso esta súper medido– la capacidad de curación y a los pacientes que no puede sanar, logra que vivan más y mejor. Por ejemplo, en el caso de un cáncer de colon ramificado a los ganglios, la cirugía cura a 6 de 10 pacientes y la quimio a dos más. Es cierto que el tratamiento afecta las células, pero las buenas se regeneran y la toxicidad no tiene nada que ver con lo que era antes. Tres cuartos de los pacientes ni siquiera se sienten mal con la quimio. Hay otro problema que es saber parar. En Estados Unidos cuesta mucho hacerlo, porque te demandan si paras, pero aquí pensamos que cuando es poca la posibilidad de tener un impacto importante, hay que pasar a la etapa siguiente que es la de cuidados paliativos. En pocas palabras, acompañarlos para poder morir.

-¿Por qué en el siglo XXI no existe una cura para el cáncer? Algunos sugieren que la enfermedad es un buen negocio…
– Ha habido un montón de avances, lo que pasa es que a principios de siglo nos moríamos de infecciones. Haití, por ejemplo, tiene una expectativa de vida de 50 años porque todavía mueren de ello. El cáncer es una enfermedad del envejecimiento y como ha aumentado la expectativa de vida, ahora tenemos más tiempo para desarrollarlo. El año 70 la expectativa de vida era de 64 años, hoy es de 78. Eso te habla de la carga de cáncer que vamos a tener en los próximos años.

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-¿Cómo le explica a un paciente que va a morir?
-La primera vez que veo a un paciente le digo que tienen que dar gracias, pedir perdón y organizarse. Es lo mismo que les digo a mis niños que no tienen cáncer cada mañana. Una cosa que destroza a las familias es que no se hayan organizado las platas. Puede sonar súper duro y frío, pero la gente lo agradece, además que se los dices con mucho cariño.
Nervi se siente una especie de “entrenador para la muerte”, capaz de mirar a los ojos a un paciente sin tener que darle una respuesta a sus interrogantes. Junto a su equipo los acompaña, sabe calmar el dolor y sabe cuándo vale la pena intervenir y cuándo no. Si las quimios no están siendo efectivas, debe pasar a la fase de cuidados paliativos porque “lo que más importa es la calidad de vida”.

En el caso del paciente de 39 años –que llevó grave a la urgencia–, Herrera le comenta a Nervi que le van a dar una oportunidad. Es decir, que probarán con quimioterapia para intentar salvarlo. Así lo han decidido su familia y el equipo médico. ¿Vale la pena? “Acá he visto cosas increíbles”, comenta la doctora Herrera mientras subimos una estrecha escalera que nos conduce a la la sala de oncología del hospital. Son cinco pisos y si el doctor Nervi llega arriba sin aire, cuesta imaginar cómo lo logran los pacientes. “La población es bien especial, acá hay pacientes muy vulnerables socialmente y que toleran los tratamientos de manera asombrosa. Muchas veces, el principal problema de los pacientes no es el cáncer, sino la droga, el hacinamiento, la delincuencia”, reflexiona la oncóloga originaria de Ñuble. Sin ir más lejos, fue en este mismo hospital donde hace unas semanas un paciente fue baleado con una escopeta en la unidad de traumatología.

“Cuando uno se pone a pensar cómo se soluciona este problema –que es macro, de país– la única posibilidad de hacerlo en el mediano plazo es con una inyección de recursos privados”, piensa Herrera, quien está convencida de que en poco tiempo más, el cáncer va a ser la principal causa de muerte (hoy en el norte, dice, ya lo es), desplazando a las enfermedades cardiovasculares.

El proyecto del Sótero del Río tiene un triple propósito: formar más oncólogos para Chile, mejorar las oportunidades de acceso a diagnóstico precoz y tratamiento de los pacientes, y hacer investigación en cáncer. “Esto es igual que la artesanía, vas formando a los nuevos doctores al lado del especialista”, explica. Por ello, también le toca viajar a regiones para intentar entusiasmar a los becados que se especialicen en cáncer.

Con suerte, Nervi logra dormir 6 horas diarias. Y con suerte logra almorzar. Divide su tiempo entre la atención de pacientes, las clases y la investigación, además de este ambicioso plan, considerado por el jefe del Programa del Cáncer de la UC, Augusto León, como “una misión entre social y médica, que pretende dar acceso a la gente pobre a las mejores terapias a nivel mundial a las que hoy sólo acceden los más ricos”.

El doctor León hace referencia a los altos costos de la enfermedad. Una cirugía puede costar entre 2 y 10 millones y la quimioterapia vale entre 300 mil a 5 millones al mes. Pero para Nervi, el asunto va más allá de lo económico. “Es cierto que se necesitan pabellones y especialistas, pero éste no es un problema de plata ni tampoco político. Hay que asumir que por dignidad todos somos iguales y eso es lo que no hemos hecho como país”.

En Antofagasta, por ejemplo, le gustaría levantar un centro de cáncer. Contactar a las mineras para que comprometan recursos que permitan formar en 5 años a un equipo de 30 especialistas en la UC todas las áreas de la enfermedad. Así lograría que pacientes no tengan que viajar a Santiago a recibir tratamiento, gastando su bien más valioso: el tiempo. •••

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¿Qué se investiga en Chile?

En todos los países del mundo, el desarrollo del cáncer va acoplado a la inversión en investigación. En Chile, los cánceres más mortales son el de vesícula y el gástrico. En otros países, en cambio, no son tan comunes, por lo que son pocas las investigaciones a nivel mundial disponibles.

“Es importante tener una plataforma de investigación, lo que significa tener un banco de tumores que congele muestras para poder estudiarlos, tener un registro que mida los resultados de nuestros tratamientos y que nos permitan probar nuevos tratamientos para curar a más pacientes”, explica Nervi, algo que pretende montar en el Sótero del Río con los recursos obtenidos.

-¿Qué está investigando?
-En la UC hay investigaciones muy destacadas en cáncer gástrico, vesícula, ovario, leucemia y mama.

-¿Qué han descubierto?
-El doctor Alejandro Corvalán trabaja en una sustancia que se llama “Reprimo”, que sería un marcador precoz de la presencia de cáncer, de tal manera que uno pudiera detectar en la población precozmente con una muestra de sangre a las personas que tienen elevada esa sustancia, que sugiere que puede haber cáncer gástrico. Juntando esto con otros factores de riesgo –como bajas de peso o dolor abdominal– permitiría gastar los recursos limitados para hacer endoscopías sólo a estos pacientes y aumentar la detección temprana.

En cáncer de vesícula biliar, con el doctor Juan Carlos Roa estamos investigando un marcador que se llama ENT, que nos permitiría separar a la población de más riesgo de la de menos para dar un tratamiento dirigido contra el cáncer de vesícula. Hay otras investigaciones importantes que dirijo yo, que tienen que ver con la interacción del cáncer con los tejidos sanos o estroma. Queremos intervenir el tejido sano para que deje de proteger al tumor, que transforme el ambiente grato para el tumor en uno inhóspito y así poder curar a más enfermos.