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Por: Aldo Cerda | ActionAbility Institute

  • 30 agosto, 2019

La meta de Chile de carbono neutralidad al 2050 busca ser compatible con el objetivo del Acuerdo de París, en orden a que la temperatura global no aumente más de 1,5 ºC. Ello determina un “presupuesto de carbono” (nivel agregado de emisiones permitidas) contra el cual el país busca establecer cuáles son sus medidas más efectivas de mitigación. Aún considerando el Plan de Descarbonización del sector eléctrico o la emergencia del hidrógeno como un sustituto viable dentro del sector transporte, es evidente que se requiere adicionalmente un rol muy central de nuevos bosques –naturales y plantados– para alcanzar los niveles de reducción de emisiones netas requeridos. Y en el caso forestal, ha existido tres fuentes de “ruido” al respecto:

Por una parte, algunos expresan dudas respecto a la efectividad de la captura de GEI de plantaciones comerciales frente a bosques naturales, porque las primeras se cosechan y los segundos no. En segundo lugar, se han expresado dudas respecto a los costos sociales efectivos de la mitigación para compararlos respecto a otras opciones de mitigación. Y en tercer lugar, se habla de la necesidad de incluir otras consideraciones, no solo carbono, en la evaluación del potencial de plantaciones y bosques naturales. Analicemos cada arista.

En el primer caso, todos los árboles capturan dióxido de carbono, y mientras mayor es su tasa de crecimiento, mayor es su contribución a reducir las emisiones de GEI. Todos los árboles continúan este proceso hasta alcanzar un plateau de desarrollo, en un equilibrio biológico donde el stock de carbono no cambia, solo experimenta variaciones entre fuste, raíces y suelo. ¿Qué pasa cuando un árbol se cosecha? Tres cosas. Si el uso es para energía –leña, por ejemplo–, el equivalente en carbono del fuste cosechado es emitido a la atmósfera –y así se contabiliza–. Pero si ese árbol es reforestado, existe un equilibrio entre lo que se pierde y lo que se captura en el nuevo árbol, que genera un stock no decreciente que se alcanza a la edad de cosecha. Además, si la madera de ese árbol se utiliza en aplicaciones duraderas –un mueble por ejemplo–, ese carbono no es emitido a la atmósfera, sino que queda retenido en ese uso.

Así, las plantaciones –independientemente de si serán cosechadas o no, porque perfectamente pueden ser establecidas como sumidero permanente de carbono en lugar de aprovisionadoras de madera–, sí generan un balance positivo de captura de carbono-, y además lo hacen aceleradamente en la fase de crecimiento, lo que es importante para el carbon budget de Chile.

En segundo lugar, los costos de mitigación climática de las opciones forestales dependen de las inversiones silvícolas, de la tasa de captura de carbono en el tiempo y del uso final de los bosques, porque si se puede extraer madera de ellos en lógica sostenible –manteniendo una superficie forestada no decreciente–, entonces la madera “paga” parte del costo de mitigación. Si no, esta debe ser financiada solo por los ingresos de la captura de carbono. Diversas simulaciones muestran que una plantación de rápido crecimiento con especies exóticas que es utilizada productivamente, tiene un costo social de mitigación del orden de 4 a 7 USD/tCO2e. Si es plantación con especies nativas, su menor tasa de crecimiento y captura se traduce en un costo equivalente de 18 USD/tCO2e. ¿Y qué pasa si esas plantaciones solo fueran establecidas como sumideros de carbono permanentes, sin cosecha? El costo con especies exóticas variaría entre 15 y 17 USD/tCO2e, mientras que si fuera con nativas, el costo subiría a 36 USD/tCO2e. Es decir, desde la perspectiva de las políticas públicas, el issue relevante es el precio social del carbono que el país quiere pagar por la mitigación. Hay espacio para todas las formas de mitigación forestal, pero a precios muy diferentes entre sí.

Finalmente está el argumento de que los proyectos con especies nativas traen aparejados otros beneficios, particularmente en el ámbito de la biodiversidad. Eso es efectivo, y por ello los especialistas más sofisticados están proponiendo hoy esquemas de reforestación a escala de paisaje, con usos y especies mixtos. Pero desde la perspectiva de la política pública, ello debería ser promovido con un instrumento específico y no tratar de “matar dos pájaros con un tiro”. La lógica recomendada es un instrumento por cada objetivo de política. En este caso, los pagos por servicios ambientales podrían cerrar las brechas adicionales que se mencionan.