Por María José Gutiérrez Fotos: Verónica Ortíz Imagine que son las 12 del día, tiene que preparar el almuerzo y se da cuenta de que no tiene ensalada. En vez de ir al supermercado, aprieta el botón del ascensor y sube hasta el último piso del edificio. En el techo encuentra un huerto con todo […]

  • 29 octubre, 2015

Por María José Gutiérrez
Fotos: Verónica Ortíz

huerto

Imagine que son las 12 del día, tiene que preparar el almuerzo y se da cuenta de que no tiene ensalada. En vez de ir al supermercado, aprieta el botón del ascensor y sube hasta el último piso del edificio. En el techo encuentra un huerto con todo tipo de vegetales y hierbas orgánicas. Si levanta la vista, mira la isla de Manhattan. Parece irreal, ¿o no?

Brooklyn Grange es el huerto orgánico en altura más grande del mundo. En un total de 2,5 hectáreas –dividida en dos roof tops– tiene más de 22 toneladas de cultivos, desde zapallito italiano, lechugas y rúcula, hasta 40 variedades de tomates, pimentones, acelgas, rábanos, porotos y múltiples hierbas.

“Es un huerto urbano comercial, lo que significa que vendemos los alimentos que plantamos. Queremos que se convierta en una industria próspera y viable en las ciudades. Mediante la práctica de la agricultura urbana como una empresa fiscalmente sostenible, podemos demostrar que vale la pena la inversión”, asegura Anastasia Cole Plakias, vicepresidente de Brooklyn Grange.

Al otro lado del río, en el Lower East side de Manhattan, está Riverpark Farm. En plena crisis subprime y para aprovechar uno de los 700 terrenos que quedaron desocupados tras la paralización de construcciones, el restaurante Riverpark –en ese entonces bajo la dirección del chef chileno Sisha Ortúzar– decidió hacer un huerto para abastecerse. Por tratarse de un proyecto transitorio, los vegetales fueron plantados en siete mil cajas de leche, luego trasladadas en el otoño de 2012 a un sitio cercano.

Este año, Riverpark Farm produjo más de 100 especies de hierbas, vegetales y flores comestibles, según cuenta Zach Pickens, agricultor del huerto. “Nos enfocamos en cosechas únicas que nuestros chefs no encuentren en otros lugares, o productos que necesiten mayor frescura. Por ejemplo, cosechamos más de 90 kilos de variedades de albahaca que no hay en mercados o granjas”. Pickens ha estado plantando comida en la ciudad por ocho años. “El movimiento es cada vez más grande. Resulta inspirador descubrir nuevos sitios de este tipo que aparecen con frecuencia en la ciudad”.

 

Olimpiadas verdes

Cruzando el Atlántico, y con el objetivo de crear dos mil doce huertos para las últimas Olimpiadas de Londres, se fundó en 2008 la red de crecimiento de alimentos Capital Growth, iniciativa de la alcaldía y del fondo Big Lottery. El éxito fue total. Después de esa campaña, Capital Growth se convirtió en una red, con nuevos espacios de plantaciones que se siguen sumando. “Actualmente tenemos 2.443 lugares en nuestro registro, incluyendo personas que cultivan huertos en sus casas, barrios, jardines comunitarios y colegios”, señala Maddie Guerlain, encargada de proyectos.

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El trabajo de Capital Growth consiste en dar entrenamiento, información acerca de oportunidades y descuentos en tiendas de suplementos para cultivos, y ayuda con la atracción de voluntarios a través de eventos. Los miembros tienen desde un metro cuadrado sembrado hasta cientos. “Los huertos en Londres benefician a las comunidades ofreciéndoles espacios verdes a las personas para socializar y relajarse, y ayudan a la gente a tener acceso a frutas y verduras frescas, y enseñarles nuevas habilidades”, agrega Guerlain. El costo es variable. Una persona puede empezar con 100 libras (unos 100 mil pesos) con materiales de segunda mano y voluntarios que la ayuden. “La mayor inversión está en el terreno, mano de obra, tiempo y tierra”, afirma.

 

¿Huertos bajo tierra?
Todo es posible

En el centro de la capital inglesa, 33 metros bajo la superficie en Clapham High Street, se encuentra el único ejemplo de este tipo de la ciudad. Tras 70 años de abandono, lo que fue un refugio antibombas de la Segunda Guerra Mundial se transformó en un laboratorio donde están brotando los primeros “microverdes” de arvejas, diversas variedades de rábanos, cilantro, apio y perejil, entre otros.

El uso de los últimos sistemas hidropónicos y tecnología LED permiten el crecimiento parejo durante todo el año, afirman en Growing Underground, ya que ahí abajo no hay cambios de temperatura o de estación: los cultivos tienen luz 18 horas diarias a temperaturas entre 21 y 23 grados Celsius. Los restaurantes de Covent Garden están a la espera de que se empiecen a comercializar los primeros brotes.

 

El modelo chileno

“Al principio pasaba la gente y nos robaba. Yo le decía: ‘No robe, señora, pida’”, asegura Felipe Rivera, vecino de Providencia que tiene desde hace casi tres años un huerto en la vereda de su casa. Ya no le roban. Tampoco vende. “Es para consumo personal. Ahora sólo tengo que ir a la feria a comprar papas”, cuenta, mientras muestra su siembra: habas, lechugas de dos colores, rúcula, arvejas, menta…

Su huerto es el que tiene la mayor producción del sector, en calle El Aguilucho entre Holanda y Arzobispo Fuenzalida. Han pasado dos años y medio desde que la Municipalidad de Providencia en conjunto con la ONG Plantabanda ayudaron a los habitantes de esta zona a preparar sus propios huertos. El municipio aportó los cajones de madera y la tierra, los vecinos las semillas y la ONG, el know how.

“Se hizo un proceso de participación ciudadana y, a través de fondos concursables, llevamos a cabo la iniciativa”, cuenta Emiliano de la Maza, coordinador de proyectos de la ONG que hace más de 10 años hizo el primer huerto de este tipo en La Reina, y hoy trabaja con tres modelos: plantaciones comunitarias, educativas (colegios) y centros de salud. “Nuestro foco es la recuperación de la vida de barrios, no la producción industrial”, advierte.

El urbanista Iván Poduje explica que el desarrollo de esta tendencia es todavía incipiente en el país y se trata sobre todo de recuperar espacios y áreas comunitarias. “Que esto se traduzca en un ahorro importante para las familias sería mucho decir, ya que son los propios vecinos quienes deben mantener su huerto. Tiene que ver con el aprovisionamiento de las familias”.

En Chile no existen leyes que fomenten estas prácticas (ver recuadro), sólo algunos programas gubernamentales, como Quiero Mi Barrio del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, que considera la creación de huertos urbanos dentro de sus programas. Sin embargo, no hay un presupuesto definido para este ítem. Lo mismo sucede en el caso de las municipalidades: la de Providencia, por ejemplo, destina entre cinco y 10 millones al año para iniciativas de este tipo.

 

En la punta del cerro

Más de 150 personas visitan semanalmente el Vivero Cumbre del Parque Metropolitano: estudiantes, jubilados y familias que van a aprender de permacultura. A través de un convenio, en 2014 el parque entregó a la Fundación Sendero de Chile el espacio con fines educativos-recreativos enfocado a la sustentabilidad, educación y cultura ambiental. Ahí nació el proyecto que vincula el senderismo en espacios seminaturales, más la realización de talleres de recuperación energética a través de la lombricultura, agricultura orgánica y el uso de tecnologías limpias y amigables con el medioambiente.

“Son 8 mil metros cuadrados; con platabandas para cultivos en el 90% de su terreno. Fue ideado para permitir la reforestación del cerro San Cristóbal”, asegura Daniela Venegas, encargada del vivero. No se trata de un huerto comercial, sino educativo.

Aparte de semillas endémicas o en extinción, produce principalmente plantas comestibles y hierbas medicinales, en su 80%. El resto son árboles nativos. El Ministerio del Medio Ambiente financia gran parte del espacio, paga los sueldos, las visitas de colegios de la Región Metropolitana, así como de asociaciones municipales y los talleres de difusión de consumo sustentable. También se financia a través de la venta de salidas educativas. Una experiencia que crece en medio de la ciudad. •••

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Ejemplo californiano

En la costa este de Estados Unidos, en julio de 2014 se implementó una ley que rebaja los impuestos a los terrenos desocupados en San Francisco que tengan huertos comunitarios por un período mínimo de cinco años. Para poder acogerse a ella, el sitio debe cumplir con ciertas condiciones de tamaño (mil metros), así como garantizar el acceso al agua. Su dueño debe demostrar cómo el huerto interactuará con la comunidad, a través de la distribución o venta de sus productos, actividades educativas, o mediante la creación de un jardín comunitario. En caso de que la rebaja tributaria supere los 25 mil dólares al año, el beneficio podrá ser revisado. Lo mismo si el huerto se cerrara antes de cinco años, en cuyo caso el dueño deberá pagar la totalidad de los impuestos que rebajó a través de la ley.