Damian Lewis, la estrella de la serie de Netflix Billions, habla de sus días de escolar, de cómo encarnar personajes en conflicto y de las apuestas por que será el próximo agente 007.
Por Janan Ganesh, Financial Times.
Traducción: Antonia Santibáñez B.

  • 26 abril, 2019

¿Qué soy yo?”, dice Damian Lewis, en el acento yonker de Bobby Axelrod, el gestor de fondos que interpreta en la serie de Netflix, Billions. “¿Hígado picado?”. Es la presencia de ese ítem en el menú el que provoca su improvisación en el americanismo.

El actor, también conocido como el rey renacentista en Wolf Hall y como el converso al Al Qaeda en Homeland, está sentado bajo la cabeza de un ciervo montado en la muralla de Fischer’s, un restaurante que más parece un portal hacia la anticuada Europa Central en la calle Marylebone High, en pleno Londres. Desde una habitación que sugiere un coche comedor del Orient Express, Lewis mira hacia un tienda de Bang & Olufsen, mientras le pregunto por qué a los actores británicos les va tan bien en Estados Unidos. “Es suerte, es innato, es un poco de trabajo duro”, supongo. “No tiene que nada que ver con estar entrenado clásicamente”, agrega.

Admira a Christian Bale –dice que “hay algo bastante innatamente extremo en él”– y compite contra Tom Hiddleston e Idris Elba en las conjeturas de las casas de apuestas por quién será el próximo James Bond. Educadamente, sonríe mientras le explico mi tesis de que los británicos crecen escuchando más acentos que casi cualquier otra nación, afinando un oído que para ellos es una ventaja dramática. Si es que no está convencido del todo, al menos está abierto a la idea de que la actuación es un rasgo nacional.

Su vestir es circunspecto: algodón en grises y azules y a veces su pelo cambia de color con la luz. Quizás por eso, a una mujer brasileña y a una familia israelí les cuesta un poco relacionar a este comensal de cabello castaño con la estrella pelirroja de Billions, e incluso les toma un poco más aventurarse para pedirle una selfie. Él accede gentilmente, con un un aire que dice: “Bueno, esta es mi vida ahora”.

Chequeo si es que los admiradores se extrañan de su voz. Gran parte de su audiencia cree que es estadounidense (el papá israelí lo cree), ya que en su carrera ha interpretado solo a norteamericanos con una verosimilitud escalofriante desde Band of Brothers, a comienzos de milenio. Pero la verdad es que no puede ser más londinense. Nació al otro lado de Regent’s Park (uno de los parques reales en el norte de la ciudad), asistió a Eton (uno de los internados más exclusivos del Reino Unido) y aún vive en las verdes laderas del norte de Londres con su mujer, la actriz Helen McCrory, y sus dos hijos.

 

“Cuando te vas a algún lugar”, dice, reanudando nuestra conversación luego de la selfie, “pasas mucho tiempo asimilando. Eso es en sí un ejercicio de involucramiento”.

Lewis debe partir al aeropuerto Heathrow tras el almuerzo, y quizás por eso es reacio a consumir una comida pesada para largas horas de vuelo, así que escoge la lubina. 

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El actor de Homeland es un bueno para conversar y una excepción a la norma de que los actores de TV son aburridos y repiten de memoria los mismos discursos, ahogados por los medios y con miedo al riesgo. También es observador y está siempre alerta: hace una pausa para comentar lo rudimentaria de mi app de grabación de voz del celular y del curioso recipiente desde cual el vino es servido en este local.

Solo cuando le pregunto acerca de su afortunado comienzo en la vida, le toma el peso a sus palabras con un cuidado táctico. La procedencia de un colegio privado ha sido un tema incómodo para muchos actores británicos en los últimos años. Invierte la tendencia de los 60, cuando, en una expresión vívida de la movilidad social postguerra, Michael Caine, Terence Stamp y Albert Finney surgieron desde los contextos ordinarios para definir el cine de la nación. Me pregunto si Lewis, quien ha armado su propia productora, Rookery, espera darles a actores menos privilegiados más oportunidades.

“Sí, siento una responsabilidad”, dice después de un rato. “Siento a veces que como actor no tengo responsabilidad suficiente. Y quiero ponerme en una posición donde tenga más de eso. Puede sonar un poco como algo que diría un jefe pero, dado que me preguntaste sobre el colegio, usaré una analogía escolar. Recuerdo a (David) Cameron hablando sobre que la nobleza obliga, y eso puede sonar condescendiente, pero sé a lo que se refirió. Si tú has tenido este privilegio, y te sientes apto para darles esta oportunidad a otros, entonces siento que probablemente deberías. Pero al iniciar una compañía de producción, te estaría mintiendo si dijera que estoy pensando en devolver algo”, dice.

Dice todo esto con una voz que no testifica el acento entre los británicos de educación privada de cierta edad (tiene 48 años). La única pista a su origen es su autocrítica –muy a menudo un símbolo de estatus en Inglaterra– y una especie de entusiasmo forzado. A las grandes escuelas del país asisten las personas más neuróticas y las menos neuróticas que he conocido, y Lewis (como Cameron, ya que lo menciona) está en el segundo grupo.

Lo que nos lleva al misterio principal de su carrera. ¿Cómo un hombre inglés interpreta estadounidenses tan convincentemente? Y también: ¿cómo un hombre emocionalmente estable interpreta personajes tan atormentados? Con todas las advertencias usuales sobre que las apariencias engañan, en persona no parece tener ningún rasgo de la intensidad estilo Marlon Brando que esperas de alguien que durante meses emula a sufridos soldados y escurridizos financistas.

A juzgar por sus recuerdos de infancia, debe ser la actuación la que formó su alegre temperamento. “Pienso en todo el teatro en el que estuve envuelto”, dice, sobre sus días en el colegio. “Fue emocionalmente vinculante, gente riéndose en un ambiente seguro. Montábamos una operetta de Gilbert y Sullivan todos los veranos. Hicimos una obra completamente en francés. Hicimos The Bacchae en griego clásico. Y ahora estoy luchando para reinstalar teatro en el colegio de mi hijo en Londres”, cuenta.

Sus padres apoyaron su oposición de ir a la universidad para optar por un lugar de la escuela de teatro Guildhall, la que, hay que decirlo, no terminó siendo un suicidio económico. Aunque no del todo rebelde, la actuación respondió a su independencia de pensamiento. “Siempre hay un nivel de autonomía en la actuación porque eres tú y tu performance”, dice. “Eso habla de algo en mí: no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, lo que es probablemente una bendición y un fracaso”, agrega.

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Mientras la garzona consulta con el sommelier sobre los vinos, le pregunto a Lewis sobre su cena en 2012 con Barack Obama. Le regaló al entonces presidente algunos DVD de Homeland inscritos con el mensaje “De un musulmán para otro”, la que, incluso en estándares británicos, fue una broma formidable. “Conocerlo fue sensacional”, dice. “Es un presidente que le gusta fácilmente al europeo. Lo vi de nuevo en la cena de los corresponsales y le dije ‘Espero que estés viendo Billions’. Y me dijo ‘Lo estoy viendo, pero hay un solo problema. Los gerentes de fondos de inversión no son tan cool’”.

En conocimiento de que acabo de llegar desde Washington, Lewis se muestra curioso acerca de las acciones de Donald Trump y las cifras del Congreso. “Estamos atravesando por algo muy, muy similar”, juzga sobre Gran Bretaña y Estados Unidos, los polos geográficos de su vida. “Pero hay algo más fácilmente identificable y franco acerca de Trump. Algo que sientes que te puede remover”, continúa. “Es más entretenido de seguir, más show televisivo, mientras que el Brexit es complicado y aburrido. Es política burocrática”, dice.

Le pregunto sobre qué lado del Atlántico –un océano que cruzará hoy– se siente más turbulento. “La escala de indignación está en 11 en la mayoría de los países”, contesta. “Pero aún puedes decir cosas aquí sin ser acusado de racista o de reduccionista, o de no reconstruido o de intolerante, o de prejuicioso o de dinosaurio, o lo que sea. A no ser que seas una de esas cosas, en las que en ese caso el juego es justo. He trabajo en Estados Unidos por muchos años y hay una histeria que se está gestando bajo la superficie”, asegura.

En política, asumo, es de aquellos que miran con una voracidad silenciosa mientras la izquierda y la derecha se enfrentan. Lo que lo desalienta, dice, “es solo el tenor de la conversación de los últimos dos años. El enlodamiento, el bajo nivel moral, la vulgaridad en la que todo el mundo chapotea. Trump es un hombre de carácter cuestionable rodeado de personas de carácter cuestionable, por lo que la conversación ha sido de carácter cuestionable”.

“Pero me inclino a ser un poco más amable con los políticos”, agrega. “Porque no me estoy ofreciendo para un cargo. Probablemente sería igualmente mediocre si lo hiciera”, reflexiona.

Cuando le pregunto quién es el mejor actor en su casa, se las arregla para ser sumiso y evasivo a la vez. “Mi mujer, lo que no puedes decir sobre todos los actores, es intelectual y espiritualmente una artista. Si hay alguna competitividad, es que a Helen le importa ser más graciosa que yo. Lo que sí es”, responde.

Ella se mueve entre cine, teatro y televisión, mientras que Lewis ha estado asociado más al último. ¿Estamos realmente viviendo una edad dorada de la actuación? Las series de televisión moderna descansan demasiado en la trama. Para un personaje, hay giros recurrentes: uno de ellos es el hombre aparentemente brutal con un interior sensible. Axelrod, el plutócrata con el corazón de oro, de vuelta para la cuarta temporada de Billions, es un buen ejemplo.

Los disidentes de la era de Netflix incluyen a Quentin Tarantino, quien dirige a Lewis en una próxima película, Once Upon A Time In Hollywood. “Quentin es insuperable en su conocimiento del cine y la historia de la televisión”, dice Lewis. “Lo que sucedió en los últimos 15 años, posiblemente con Band of Brothers en la vanguardia, situado junto a The Sopranos, fue que de repente hubo una ambición en serio por contar buenas historias. El contenido creció bastante. No digo que la conversación coloquial se haya vuelto más intensa, porque las personas que veían Dead or Alive en el pasado, también hablaban de ello al día siguiente. Pero si es que hubo una era dorada de la televisión, fueron los 50, cuando era todo nuevo. Fue como ir a la luna”, afirma Lewis.

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La televisión ha impuesto una apretada agenda a los actores. ¿Seguramente no quieres tener nada que ver con el teatro en tu tiempo libre?, le pregunto. “He ido dos veces al teatro en las últimas dos semanas”, me corrige. “Me gustan los teatros del West End, para ver qué está pasando”, dice y afirma que conoció a su mujer en Almeida de Islington (un teatro de estudio típico de Londres). “Pero lo que me parece más relajante son las galerías de arte. Puedo quedarme quieto y reencontrarme conmigo mismo durante una hora allí. Hace poco estuve de cumpleaños y les dije a mis hijos: ‘No quiero una fiesta, pero quiero que vengan conmigo a la exposición de Bill Viola/Michelangelo en la Royal Academy, y no se pueden quejar’”, cuenta.

A medida que se despejan nuestros platos, la conversación sobre intereses externos me recuerda que Lewis, que es londinsense hasta en su chaqueta estilo marinero, es hincha del Liverpool Football Club, que está persiguiendo su primer título de liga por casi 30 años.

“¿Por qué?” (es muy raro que sea del Liverpool si es de Londres), digo, tratando de no catalogarlo como un cazador de triunfos. “Cuando estabas creciendo ellos estaban…”

“Vamos, dilo. ¡Dilo!”, lanza Lewis. “Le has dado en el clavo. En 1977, 1978, el Liverpool era imbatible. Tenía títulos europeos ida y vuelta. Tenían a todos los jugadores top. Probablemente fue eso, si es que soy honesto”, confiesa.

Cada uno pide un affogato, o un Eiskaffe, como se conoce aquí a los cafés. Le deseo éxito en su viaje y él me dice que vaya a dormir un poco. Mientras su auto espera, discutimos las posibilidades de que le den licencia para matar. Daniel Craig está en su decimocuarto año como 007, y la identidad de su sucesor permanece como un misterio. Después de todos esos estadounidenses, ¿no es momento de que Lewis interprete a uno de los suyos de nuevo? “Para cuando se tome esa decisión”, dice, desviando la pregunta con liviandad al estilo de un hombre inglés, “estaré en una silla de ruedas”.