Hay al menos tres Insulza: el Pánzer del gobierno de Lagos, el secretario general de la OEA y el candidato presidencial que no fue. En el PS se habla de un cuarto: futuro postulante a senador. Porque a sus 69 años, José Miguel Insulza está lejos de jubilarse de la política. Desde que asumió cómo […]

  • 28 enero, 2013
José Miguel Insulza

José Miguel Insulza

Hay al menos tres Insulza: el Pánzer del gobierno de Lagos, el secretario general de la OEA y el candidato presidencial que no fue. En el PS se habla de un cuarto: futuro postulante a senador. Porque a sus 69 años, José Miguel Insulza está lejos de jubilarse de la política.

Desde que asumió cómo máxima autoridad del organismo internacional en el 2005, quien fuera el ministro del Interior más protagónico de la Concertación, vive en Washington, pero jamás se ha desconectado de los avatares locales.

“Cuando uno viaja mucho hay un sinnúmero de tiempos muertos y ahí es cuando leo la prensa chilena. La gran diferencia entre trabajar acá o afuera, es que en Chile te llevas los problemas para la casa. En EE.UU. tienes menos urgencias y más calma para mirar a tu país”, reflexiona.

Esa mirada política –reconocida en todo el arcoiris de partidos–fue el motivo de varios llamados telefónicos en su último paso por Chile: desde sus cercanos históricos de la Concertación –comió en casa de Genaro Arriagada con Ricardo Solari, Jorge Burgos, Osvaldo Puccio y Eugenio Tironi, entre otros– hasta la misma Moneda que suele contactarlo para “conversaciones informales”.

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Y el teléfono le sonó bastante también durante esta entrevista. La convalecencia de Hugo Chávez y la incertidumbre del futuro político venezolano dejaron sin descanso su celular mientras conversábamos en un hotel del barrio El Golf, en torno a una de las adicciones de Insulza: la Coca-Cola Light.

-Hace poco dijo que se arrepentía de haber tenido un pie allá y otro acá en el período en que su candidatura presidencial sonaba fuerte. ¿Por qué?

-Debería haber hecho las cosas de otra manera…

-¿A lo Bachelet?

-Sí, a lo Michelle. No tanto por el impacto político como por la sencilla razón de que no es bueno iniciar un nuevo ciclo sin haber cerrado el anterior.

-¿Se arrepiente de no haber sido candidato a la Presidencia el 2010?

-No. Soy consecuente con mis decisiones. Tal vez mi único equívoco fue decidirme tarde.

-¿Entonces está cerrado el tema presidencial en su vida?

-Uno no debe cerrarse a nada, pero los años pasan…

-¿Cómo ve a Chile desde Washington?

-Lo primero es obvio: ha cambiado el gobierno y con esto la tendencia social, política y cultural que manda. Esto se nota en varios aspectos. Primero, la gente se siente lejana de este gobierno y, a pesar de sus muchos esfuerzos, no existe cercanía. Segundo, se siente mucho más distante que antes del mundo de la política. Y tercero, hay una seria dificultad para tener un diálogo con los actores sociales, lo cual no ocurría antes.

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-Los números dicen que la economía marcha bien, el empleo sube, la gente se ve optimista con su futuro, y, sin embargo, existe descontento. ¿Por qué?

-El mismo deterioro del sistema político hace que la gente no vincule ese optimismo con la acción del gobierno y de la oposición. Los sistemas institucionales del primer período democrático, hoy están completamente superados. Pero debo admitir que la poca adhesión ciudadana a las corrientes políticas para mí ha sido una sorpresa. Ya percibíamos eso en el gobierno de Lagos, pero nunca pensé que llegaría a tal nivel.

¿Por qué el gobierno no convierte en capital político su éxito económico?

-El éxito económico no se traduce en éxito político de manera mecánica. Hay aspectos de seguridad pública, culturales y valóricos que también le importan a la gente. En lo económico, los asuntos de distribución y seguridad juegan un papel crucial. De nada sirve mostrar que la economía del país anda bien, si la gente se siente endeudada y llena de problemas. Como dijo alguna vez Carlos Figueroa, “cuando creces al 7%, la gente se empieza preguntar dónde está su 7%”.

Bachelet es la única figura que parece inmune, ¿cómo se explica?

-La figura de Bachelet se agranda aún más en el vacío de liderazgos políticos que se perciben, y seguramente su cercanía con la gente hará que, a su retorno, esa sensación crezca todavía más. La gente quiere que vuelva a conducir el país y el gran desafío es decir con claridad hacia dónde quiere conducirlo. Para eso es necesario que los partidos y fuerzas que la apoyan se pongan a la altura.

¿Hay un mea culpa del conglomerado por la falta de liderazgos?

-Sí, si consideramos que la Concertación siempre se construyó sobre la base de una organización y diálogo político cuyo jefe indiscutido era el presidente o la presidenta de la República. Terminado el gobierno de Bachelet perdimos la sede, el domicilio conocido y quedamos sin rumbo. Pero es injusto criticar a los dirigentes actuales. No sé cómo habría actuado yo en estas circunstancias tan distintas. Es insólito que personas de la Concertación inteligentes, competentes, que llevan seis meses en campaña presidencial, y tienen algo sustancial que decir, marquen 1 ó 2 por ciento en las encuestas. Más allá del fenómeno Bachelet, hay un quiebre entre los políticos y la opinión pública, que no los toma en cuenta. Ahí se produce un vacío donde el mensaje se pierde.

En este panorama, ¿las primarias en la Concertación pueden ser un rito innecesario?

-Si alguien quiere primarias, se deben hacer. Pero a la luz de la última encuesta uno pensaría que algunos candidatos se desanimarían un poco de presentarse. En esa eventualidad, la ausencia de primarias no deslegitima en nada la candidatura de Michelle Bachelet.

La torta sin guinda

-¿Cómo lee las críticas de quienes ya no votan por la Concertación?

-Las ideas fuerza que inspiraron la primera etapa de la democracia ya están agotadas. Pero convengamos en que gracias a eso, ya nadie cree en la democracia protegida, ni en el derrame o “chorreo” como forma de distribución del ingreso. Nadie defiende el puro progreso individual ni pone en duda la violación masiva de los derechos humanos. Los que defendían esas ideas se han adaptado, en parte, a las nuestras; la primera agenda de la Concertación ya se impuso, no en su totalidad, pero sí en gran parte. Quizás, y esto merece una reflexión, no fue sustituida a tiempo por una nueva.

-¿Qué faltó?

-Faltó cerrar el ciclo eliminando el binominal, qué duda cabe. En el país en que los malls están llenos de todo tipo de cosas para competir, con carteras y zapatos de todos los colores, bienes de todas las formas, en la política estamos reducidos al blanco y negro. No había cómo cambiarlo, es cierto. Pero dentro de las reglas del juego está aceptar que la Constitución se cambie con las herramientas existentes. No soy partidario de saltarse esto y hacer una Asamblea Constituyente, pero si no actuamos a fondo sobre el sistema electoral y no ampliamos las libertades acorde con la nueva realidad, la crisis política y el descontento serán cada vez más profundos.

-¿Piensa que el modelo impulsado por la Concertación sigue siendo una opción vigente?

-Aspectos fundamentales, como la apertura económica, el aumento de la inversión pública, la ampliación de los servicios públicos, siguen plenamente vigentes. Pero ya rindieron sus frutos y, aun manteniéndolos, se requiere un impulso mucho mayor en materias como la calidad de la educación, el desarrollo científico y tecnológico, además de reformas sociales en los temas tributario y laboral. El desarrollo energético, que la Concertación impulsó muy fuertemente, está estancado y puede convertirse en nuestro talón de Aquiles si no hay una clara política pública al respecto.

Ministro primero

-¿Qué diferencia un ministro del Interior débil de uno poderoso?

-Lo que requiere ese trabajo es una muy buena sintonía con el presidente. El ministro del Interior es jefe de seguridad pública y de gabinete. No es el Primer Ministro pero es el ministro primero. Por ejemplo, todos los ministros recurrían a mí cuando sentían que el Presidente estaba demasiado atareado. Pero para que eso funcione, debes tener un respaldo absoluto del Presidente. No recuerdo que Lagos se haya demorado en escuchar lo que le tenía que decir.

-¿Pero tenía cierta autonomía?

-Se ha teorizado mucho esto de que Lagos se hacía cargo de la conducción estratégica y yo del día a día. Desde luego que el presidente es la persona que da la gran conducción y si hay algo notable en Lagos, es que se adelanta a lo que cada circunstancia exige, especialmente cuando se requiere de una visión estratégica. La tarea de un ministro se facilita mucho cuando el presidente sabe para dónde queremos ir.

-Se ha destacado su muñeca política. ¿Es un instinto? ¿Una escuela? ¿Un don?

-Esa parte mía la adquirí en mi casa, porque mi padre era radical y masón, mi mamá católica y votaba por la DC, y mi hermano era apolítico. Y sin embargo nos entendíamos muy bien los cuatro. También tuve la fortuna en mi juventud de mezclarme con gente de todos los colores y aprender que todos tienen algo razonable que decir.

-Se dice que saber negociar es propio de la escuela MAPU. ¿Hubo algo ahí?

-Sí, lo hubo. La derrota y el exilio fueron un aprendizaje. Producido el golpe, asumimos que más allá de la brutalidad y la violencia injustificada, hubo una crisis política que no fuimos capaces de manejar. Fue una gran lección para mi generación.

-¿Qué piensa de un próximo gobierno que abarque hasta el PC o la misma Revolución Democrática surgida en el movimiento estudiantil?

-Con los comunistas hemos forjado alianzas exitosas, más allá de nuestras diferencias y no me sorprendería que integrara un próximo gabinete. De Revolución Democrática me han hablado mucho, ¡incluso he escuchado decir que son el nuevo Mapu! Pero hay que ver cómo evolucionan. En todo caso, una fuerza u otra no son lo central, porque ninguna es mayoría por sí sola.

El terror de la ley antiterrorista

-¿Cuál es su visión sobre lo que está ocurriendo en la Araucanía?

-Me preocupa. Sin embargo, no es completamente inesperado, los signos ya estaban en el aire. Aunque los actos de violencia provengan de grupos extremos, hay un clima negativo que está en marcha. De ahí la urgencia y la necesidad de invitar a todas las fuerzas políticas y a las organizaciones sociales a concordar posiciones a través de un diálogo amplio.

-En esta materia, como en otras, se acusa de negligencia a la Concertación.

-El tema mapuche era un tema sepultado cuando llegamos nosotros al Gobierno. No existía. El presidente Aylwin, primero, y más adelante el presidente Lagos, son quienes pusieron efectivamente en marcha un proceso de diálogo y acercamiento. Este es, nuevamente, un caso en que los más reacios al diálogo en esos momentos, ahora culpan a los gobiernos anteriores, que son los que verdaderamente se preocuparon. Lo mejor es dejar de echarse la culpa y trabajar juntos.

-¿Qué le parece que el gobierno recurra a la ley antiterrorista?

-Todo lo que se hace en este país a nivel de represión, se puede hacer sin una Ley antiterrorista. Lo pensaba así cuando era ministro. Habría que fortalecer las leyes existentes en vez de recurrir a ésta. No estamos en un país donde exista realmente una oleada terrorista y la imagen de una ley que se aplica a pueblos indígenas, desde ya crea dificultades a nivel internacional. La situación es grave, han existido homicidios e incendios frente a los cuales es necesario actuar con energía, pero al mismo tiempo debemos hacerlo respetando derechos y atacando los problemas de fondo.

-¿Cómo se soluciona la demanda histórica?

-No creo que la solución al conflicto termine con un reconocimiento a los pueblos indígenas o una repartición de tierras. No es tan simple. Por mucho tiempo en América latina se ha asimilado el tema indígena como un problema de la condición de soberanía, sin asumir que hay otros problemas, como por ejemplo, que la mayoría de los indígenas es pobre. Los estudios recientes muestran que en América latina existen algo más de 180 millones de pobres, y de éstos la mayoría pertenece a los pueblos indígenas. En Estados Unidos ocurre lo mismo con los afroamericanos. El desafío es entonces levantar la condición de vida de los pueblos indígenas, manteniendo sus especificidades culturales. Mantener su identidad mejorando al mismo tiempo su nivel de vida, educación, salud, vivienda. •••