Aprovechando la (tensa) calma veraniega, entre temblores y sequía por el centro-norte, incendios y erupciones por el sur, nos preguntamos: “¿estamos preparados para las emergencias?” Y salimos a consultar con quienes viven ahí, al pie de la alerta… Que no cunda el pánico, porque podría ser peor. Por Daniel Trujillo Rivas.

  • 4 abril, 2008

Aprovechando la (tensa) calma veraniega, entre temblores y sequía por el centro-norte, incendios y erupciones por el sur, nos preguntamos: “¿estamos preparados para las emergencias?” Y salimos a consultar con quienes viven ahí, al pie de la alerta… Que no cunda el pánico, porque podría ser peor. Por Daniel Trujillo Rivas.

Para qué negarlo: si de algo podemos estar seguros es de que tarde o temprano va a temblar, algún volcán va a entrar en erupción, habrá inundaciones o sequías, incendios, tsunamis y aluviones… Es un hecho: nuestra loca geografía está llena de peligros latentes, más cercanos y amenazantes de lo que sería deseable. Por si fuera poco, el calentamiento global ahora viene a regalarnos una nueva y amplia gama de preocupaciones.

Decidimos averiguar si nuestra institucionalidad se encuentra preparada para hacer frente a lo que nos depare el destino, porque nadie quiere que cuando quede la embarrada (que quedará algún día) entre los escombros salten a primer plano la improvisación, la falta de recursos y la ausencia de planes preventivos.

Partimos nuestro recorrido en la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi), donde reina una tranquilidad engañadora. Engañadora, porque si bien nadie se ve agobiado por las emergencias, esa mañana hay dos alertas rojas en el sur, por la erupción del volcán Llaima, y un incendio cerca de Torres del Paine; otra amarilla en el norte, ante el inminente (y mal llamado) “invierno boliviano” y además se está constituyendo un grupo de coordinación técnica para enfrentar una sequía, entre otras urgencias menos urgentes.

Carmen Fernández asumió como directora nacional de Onemi en 2006, luego de ganar el concurso público e imponerse a 350 postulantes, aun cuando ya ocupaba el cargo de manera interina. Periodista de profesión, hizo completa la carrera funcionaria en el organismo y, fi nalmente al mando, tiene una convicción profunda de lo que hay que hacer, contra viento, marea, lluvia, terremoto, incendio, aluvión…

-Existe la idea de que Onemi se dedica sólo a organizar albergues y a repartir frazadas cuando ocurre algún desastre, y que incluso eso lo hace mal. Me imagino que su tarea no será sólo esa.

-Es verdad que existe ese prejuicio y en parte se debe a nuestras comunicaciones pero, sobre todo, a un factor cultural. La gente prefiere no pensar en estos temas y los medios tampoco ayudan lo sufi ciente a promover lo que hacemos. Lo cierto es que ahora Onemi está en un proceso de renovación y fortalecimiento muy importante, que apunta a formalizar un Sistema Nacional de Protección Civil.

Carmén Fernández

Hace un recuento:

-Esto comenzó cuando Naciones Unidas destinó la década de los 90 a la reducción de desastres. Entonces, comenzamos a estudiar de manera muy científi ca los factores de vulnerabilidad, incluyendo tanto los naturales como la negligencia humana. Chile tenía un sistema de emergencia de nulo enfoque preventivo, sólo dedicado a repartir ayuda, como tú dices, elaborado en 1977. De modo que tuvimos que partir de cero, con un proceso de investigación para determinar los principales riesgos que derivan en desastres. Así, en 2002 quedó establecido el Plan Nacional de Protección Civil.
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Desde entonces y hasta hace poco –según cuenta–, no hubo avances signifi cativos hasta que asumió la presidenta Bachelet (cosa que Carmen Fernández destaca cada vez que puede). Por eso resulta increíble que hasta hoy Onemi no contara con ofi cinas regionales y ni siquiera con una red de comunicación a prueba de contingencias. El hombre llegó a la luna el 68, pero hasta 2007 Onemi sólo tenía enlace radial con Valparaíso.

Ya era hora de que la cosa comenzara a cambiar.

-Un gran logro fue el aumento de presupuesto para 2008 (será de unos 5 mil millones de pesos), que permitirá la ejecución del Proyecto de Fortalecimiento y Desarrollo Institucional, dando inicio a un nuevo énfasis.

-De acuerdo, pero digamos que el cambio de énfasis se nota poco cuando se anuncia la creación de bodegas zonales de stock de emergencia, ¿no es más de lo mismo?

-No, porque estamos dotando a las regiones de una infraestructura básica que no tenían. Pero digamos que nuestro principal foco es desarrollar proyectos y gestión en prevención. Chile tiene que aprender a diferenciar de una vez por todas lo que se hace antes, para evitar que un fenómeno de la naturaleza nos genere grave daño, de lo que se hace después, para poder reaccionar una vez que ya el daño está hecho.

Se explaya en una serie de iniciativas que apuntan a potenciar el rol de Onemi como articulador del sistema de protección civil, perfeccionar el sistema de alerta temprana a nivel nacional e integrar a la comunidad mediante campañas enfocadas a los sectores más vulnerables frente a emergencias, desastres y catástrofes.

-Son buenos los avances, pero llama la atención lo precario de la estructura de emergencia.

-Bueno, por eso digo que ha sido un proceso en el que el elemento cultural ha sido clave. Por ejemplo, el proyecto de Red Sismológica Nacional, en el cual hemos trabajado en conjunto con el Servicio Sismológico de la Universidad de Chile, que tiene los mejores expertos en el tema y la mejor tecnología, es una iniciativa de larga data; pero a la hora de discutir los presupuestos, se nos preguntaba “¿cuántos terremotos podremos evitar con esta red?” o “¿cuánto nos vamos a ahorrar en daños con esta inversión?”. Comprenderás que eso es imposible de determinar. Entonces, con esa visión, los recursos no llegaban. El fenómeno del desastre se ha enfocado durante demasiado tiempo en los avatares de la naturaleza y no en lo que tiene que ver con las dinámicas sociales. Acá no sólo importa el desastre, sino que lo primero es el riesgo, que es la causa.

El ámbito de las atribuciones de Onemi parece exceder largamente lo que podríamos creer (desde la organización de albergues hasta campañas de educación escolar que, incluso, abordan el peligro de drogas) y Carmen Fernández está dispuesta a acelerar en todas las pistas con el afán de acercarnos lo más posible a la meta: aquel cambio cultural que, sostiene, es básico para que el sistema funcione.

Sin ir más lejos, el aumento presupuestario que este año tendrá Onemi es de un 425% en relación a 2007, pasando de $950 millones a $4.949 millones. Es harta plata, la mayor parte de la cual será destinada a “dos grandes líneas estratégicas de desarrollo”, según explica Carmen Fernández.

Uno: instalar la Red Sismológica Nacional, que considera tres etapas de aquí a 2010, la primera de las cuales comienza este año y demandará 58,08% del flamante presupuesto. La red consta de 196 estaciones a nivel nacional, dotada de la mejor tecnología existente para estudiar la activad telúrica y estará a cargo de la Universidad de Chile, con el apoyo de un consejo consultivo integrado por distintos organismos científicos y técnicos del país.
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Dos: fortalecer la estructura de Onemi a nivel nacional, para lo cual se destinarán $2.074 millones a fin de contar con oficinas y personal propio en cada región, junto con cuatro bodegas zonales de stock de emergencia que se emplazarán en Iquique, Copiapó, Concepción y Coyhaique.

Paralelamente, Onemi, mantiene en revisión el proyecto de Ley de Protección Civil, que apunta a la creación de una Dirección Nacional de Protección Civil, otro objetivo primordial de su actual directora.

Calentamiento total

 

Catalina Bau

En Chile se producen más de 5 mil 200 incendios forestales al año, 52 mil hectáreas quedan dañadas y causan pérdidas por 50 millones de dólares. Para peor, este capítulo tiene como infame protagonista a la irresponsabilidad y la maldad de ciertas personas. Acción y omisión humana, lejos, las principales causas de siniestros y, a pesar del proceso de mejora en la gestión que también está llevando a cabo la Corporación Nacional Forestal (Conaf), el problema, en lugar de enfriarse, se pone cada vez fogoso, ya que los factores de riesgo están en aumento por causa del cambio climático.

Catalina Bau, directora nacional de Conaf, es de las que creen que nuestro país debería tener una preocupación especial sobre este tema:

-Hay una influencia notoria del cambio climático que se une a la ubicación geográfi ca de Chile. Hace una década no teníamos las temperaturas que se registran hoy en Punta Arenas, y cuando uno ve que un lago desaparece, hay sequía y surgen determinadas enfermedades en los bosques, entonces yo creo que estamos en una situación distinta; no digamos de acabo de mundo, pero si de alerta.

-¿Este diagnóstico es una convicción de Estado? ¿Tenemos una política sobre cambio climático?

-Yo diría que cada vez más, pero estamos enfrentando los problemas en las distintas áreas con distintas políticas, teniendo conciencia de la situación. En lo que se refi ere a Conaf, para nosotros el comportamiento del clima es un factor relevante, ya que influye en distintos riesgos: incendios en verano, heladas en invierno, temperaturas extremas en los parques nacionales, etc. En este sentido, es un gran avance que después de 15 años de discusión por fin tengamos una Ley de Bosque Nativo.

-¿Qué otro cambio le gustaría ver cuanto antes?

-Bueno, apagar el fuego ya no es cosa de agua y mangueras. No podemos actuar en la prevención de incendios sin acceso a las tecnologías de la información y a todo el conocimiento que tienen las universidades. Ojalá de aquí a 2010 contemos con la cartografía adecuada y completa para conocer las zonas de mayor riesgo. Además, obviamente, necesitamos mayores recursos logísticos.

Catalina Bau cuenta que cada verano los índices de peligro se disparan y Conaf alista sus recursos aéreos y terrestres con que ha de hacer frente al fuego, sea donde sea. La combinación aire-tierra es clave, ya que las aeronaves lanzan agua para bajar la temperatura, de modo que los brigadistas puedan acercarse a las llamas sin que se les quemen las mangueras. Suena a chiste, pero no lo es, como tampoco la dotación logística y operativa: sólo tres aviones Dromader para todo Chile y un contingente de brigadistas temporeros en permanente déficit.
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-¿Cómo se las arreglan con tan poco?

-Antes que todo, déjame decir que nosotros nunca abandonamos un incendio. En aquellas zonas donde las forestales tienen propiedades existe un sistema conjunto, para el cual fi rmamos un acuerdo y, en el caso de que se nos haga insuficiente el personal, recurrimos a ellos. Los recursos aéreos son muy caros y, además, tienen que ver con características topográfi cas determinadas, de modo que más que aviones requerimos helicópteros. Hice un contrato marco por tres años con las empresas de helicópteros, que me permite movilizarlos, y ahora podemos tener hasta 40 máquinas combatiendo un siniestro. Además, tenemos que ver también la disponibilidad de agua, y por eso necesitamos camiones aljibes.

-¿Y este sistema de arriendo resuelve el problema? ¿No sería mejor contar con propios helicópteros propios?

-Sería ideal. Este año, la presidenta nos asignó recursos para comprar un primer helicóptero, para empezar, ya que es un cambio institucional tener helicópteros propios. Estamos pensando en uno que nos sirva no sólo para combatir incendios, sino también para fiscalizar todo el año. Siempre uno quisiera contar con más recursos, pero yo creo que el desafío está en hacer las cosas con lo que se tiene. Este año, el presupuesto nos creció en un 18,1% y, adicionalmente, en tres años tendremos una inyección de 20 millones de dólares, a través de un programa Gobierno de Chile/Banco Interamericano de Desarrollo. El desafío es sacar provecho de todo eso.

Viviendo sobre la caldera

Jorge Clavero

Ya se ha dicho. Chile es un lindo país con vista al mar provisto de todos los riesgos que la naturaleza ha ideado para amenazar la vida humana, excepto los tornados… aunque podemos esperar que el tío cambio climático nos traiga algunos de regalo. Mientras, tenemos que entretenernos monitoreando las amenazas geológicas: sismos, erupciones volcánicas, remoción de masas (aluviones), inundaciones y tsunamis.

El organismo encargado de tan relajante tarea es el Servicio Nacional de Geología y Minería, Sernageomin. Ahí labora el vulcanólogo Jorge Clavero, jefe del Departamento de Geología Aplicada y, por tanto, el encargado de “identifi car, caracterizar, evaluar y diagnosticar aquellas zonas, urbanas o rurales, que podrían verse adversamente afectadas” por éstos. Amontona trozos de lava y fotos de erupciones en su escritorio y habla con un dejo orgulloso de sus regalones, los volcanes:

-En Chile tenemos más de 2.000 volcanes, de los cuales más de 500 son considerados geológicamente activos y unos 60 cuentan con registro histórico de erupción en los últimos 450 años. Además, tenemos dos de los cuatro volcanes más activos de Sudamérica: el Villarrica y el Llaima.

-¿Le parece que la institucionalidad ante emergencias es adecuada?

-A nivel mundial existen dos grandes figuras: un sistema de público central que integra el monitoreo de todos los peligros, y o una red con diversos servicios especializados que colaboran entre sí, como es la nuestra. Por ejemplo, el monitoreo de posibles tsunamis lo realiza el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA); lo mismo sobre actividad sísmica, que es materia del Departamento de Geología de la Universidad de Chile. Nosotros tomamos la información que ellos generan y la integramos con la nuestra, a fin de prestar la asesoría más completa a la autoridad política. Desde ese punto de vista, me p

arece que el sistema no es malo, pero requiere de una coordinación bien defi nida, roles claros y presupuestos adecuados.

-¿Y ahí nos quedamos cortos?

-(Cara de circunstancias) Todavía hay cosas que hacer, obviamente.

-Ok. Pero, ¿qué tan preocupados deberíamos estar por nuestros volcanes?

-Además del Llaima y el Villarrica en la IX Región, hay otros cerca de zonas pobladas que podrían representar algún tipo de peligro por la actividad que han tenido en el pasado, como el Osorno, el Chillán, el Calbuco, el Mocho Choshuenco, el Lonquimay, el Hudson, etc. Sin embargo, Sernageomin creó en 1992 el Observatorio Volcanológico de los Andes del Sur (OVDAS) sin que mediara un desastre volcánico serio.

-Será en cuanto a vidas humanas, porque el Lonquimay y el Hudson crearon grandes estragos.

-Es cierto, pero también lo es que no hemos tenido que lamentar un gran desastre. Pero no se trata sólo de monitorear la a

ctividad, sino también de prevenir y educar para reducir los daños cuando el desastre ocurra. El Villarrica, por ejemplo, algún día va a entrar en erupción, y así como este hay varios otros.

-¿O sea que usted diría que en esta materia estamos a cubierto?

-En algunos casos sí, como en el Villarrica y el Llaima; pero en otros, no tanto. Falta trabajo, de todas maneras. Hay algunos volcanes que son potencialmente peligrosos en el norte y en el sur, y sería ideal tener estaciones de monitoreo, toda vez que tarde o temprano algo va a pasar.