Las estrellas se pasean por Santiago, los conciertos abundan, la oferta –por fin– existe. ¿Hemos cambiado? ¿Somos de otro pelo? Tal vez, pero además estas visitas ilustres forman parte de un fenómeno más profundo, más global. POR ANDRES VALDIVIA De un tiempo a esta parte se nos ha hecho normal –casi justo y exigible– ver […]

  • 6 abril, 2007

Las estrellas se pasean por Santiago, los conciertos abundan, la oferta –por fin– existe. ¿Hemos cambiado? ¿Somos de otro pelo? Tal vez, pero además estas visitas ilustres forman parte de un fenómeno más profundo, más global.
POR ANDRES VALDIVIA

De un tiempo a esta parte se nos ha hecho normal –casi justo y exigible– ver buenos conciertos en Santiago. Los precios son dementes, es cierto, y el acceso aún es bastante restringido en términos acionales, pero la oferta está y crece año tras año. Atrás parecieran haber quedado los días en que nuestra mala leche con Londres dejó a Blur lejos de la capital y Iron Maiden no podía conseguir un lugar para tocar en Chile. Y más atrás todavía la época en que Santiago simplemente no existía como estación viable para espectáculo alguno. Las cosas parecieran haber cambiado, pero detrás del desfile de estrellas sobre nuestra ciudad –Coldplay, Tom Jones, Deftones, Roger Waters, Pet Shop Boys, Placebo, entre los que ya estuvieron en lo que va del año; Velvet Revolver, Jethro Tull, Yann Tiersen, Evanescense y Keane, entre los que vendrán– se esconden cambios que no tienen que ver necesariamente con nosotros, y que, sospecho, aprovechamos poco y mal.

No cabe duda que en las últimas dos décadas Santiago ha sufrido una inyección de anabólicos verdes que ha puesto en marcha el sonoro engranaje de la entretención y la cosa pareciera no detenerse.

De una manera que nos hace sonrojarnos ante la comparación, Chile ya se va acercando a las mega-ciudades de América latina, a pesar de su lejanía. Somos esa estación donde pocos se bajan, pero al menos el tren llega. El volumen de nuestras billeteras no lo explica todo. De hecho, sospecho que la respuesta a nuestro súbito hype se encuentra, como casi siempre, en las fauces del mundo desarrollado y no es más que una externalidad positiva de un fenómeno supuestamente nefasto: el impacto del mundo digital en la industria de la música. La batalla entre las discográfi cas y los usuarios ha puesto el asunto de los derechos de autor sobre la mesa y, mientras los legisladores se toman Volver a la carretera su tiempo para resolver, los músicos poco a poco comienzan a tomar sus propios resguardos: si antiguamente el negocio estaba centrado en la venta de singles y álbumes –grabaciones realizadas de una vez, luego multiplicadas por cientos de miles a un bajísimo costo y por último distribuidas al público a precios bastante mayores, que aseguraban grandes utilidades– los músicos podían llegar a cometer la torpeza de considerar sus conciertos como solo otra instancia de promoción, entre otras tantas posibles.

Incentivos perversos dirán algunos, simple miopía dirán otros. Lo cierto es que los viejos tiempos de grandes cheques de royalties por ventas de CDs y otros soportes físicos se han terminado y cada vez veremos menos estrellas envejecer en sus mansiones ubicadas en islas tropicales, girando brebajes exóticos a costa de algún gran hit de juventud.

Como nunca en décadas, los músicos han debido sacudirse el polvo y recuperar su ofi cio primario: la performance. Desde esta perspectiva se genera una hermosa paradoja que explica muy bien esta invasión de estrellas en el tercer mundo: mientras más barato es grabar y distribuir música en el mundo entero, más obligados están los intérpretes a volver a tocar, trabajo que había quedado en un lugar secundario desde que la posibilidad de registrar, de congelar en el tiempo sus canciones alcanzó un nivel impecable de perfección. Bien sabidas son las hazañas que grandes músicos han logrado llevar a abo dentro de los estudios de grabación y las infi nitas maravillas que los computadores nos han permitido escuchar. No se trata de si una cosa es mejor o peor que la otra. Simplemente es. A los músicos, la plata hoy no les alcanza y han tenido que volver a la carretera por la misma ruta que alguna vez los trajo a la gran ciudad. Esa, en el fondo, es la razón de nuestras actuales visitas ilustres.

Profundizando en esa lógica, es probable que sean los viejos cracks quienes más incentivos tengan para retomar el camino –en directa proporción a los elevados impuestos que, por culpa de sus fortunas, hoy deben pagar– y, por lo tanto, es altamente probable que con ellos nos encontremos crecientemente en nuestros escenarios.

Claro, la billetera está. Pero seguimos sin ser Buenos Aires. Eso hay que aceptarlo. El problema es que de cierta manera dolosa estamos desperdiciando los beneficios de este nuevo orden: a juzgar por lo que nos está llegando, estamos resultando muy homogéneos y predecibles en nuestros gustos, tal vez demasiado para la enorme variedad que ofrece el mercado.