El problema surge cuando caemos en la lectura reduccionista que busca responder cuánto de lo que consumimos (justamente porque se presenta en forma de video, película, obra de arte, en fin) determina nuestro umbral o niveles de violencia social, o de qué forma la industria es solo un reflejo de la sociedad.
Por: Ana María Raad, antropóloga, experta en innovación y educación.

  • 15 agosto, 2019

En los primeros segundos del video, la alegre música afro se va fundiendo con la imagen de un hombre que se acerca contorneándose exageradamente y con el torso completamente descubierto. No ha pasado un minuto y el protagonista le pega un balazo detrás de la cabeza a un rehén encapuchado. Abruptamente, se instala el desconcierto y se larga la trama de This is America, el extraordinario video de Childish Gambino, un crudo y alegórico relato que grita y protesta contra la violencia. Aquí podemos vislumbrar una cierta “contra narrativa”, es decir, el recurrir a la violencia justamente para denunciarla y ponerla bajo la luz de interrogación. No me cabe duda que la relación entre este fenómeno y su posible reproducción o amplificación a través de la industria del entretenimiento, arte, medios, es compleja y requiere de lecturas menos lineales de causa y efecto.

El video de Gambino ya es un hito en la historia de la música. Este año se ganó casi todos los premios Grammy, el respeto de la industria y hay quienes sugieren que museos como el MoMA deberían coleccionarlo por su representación canónica de la sociedad actual. Pero como toda buena obra de arte, mientras más la vemos, más vamos descubriendo.

This is America también nos enfrenta al cuerpo del protagonista como símbolo de resistencia, o como él mismo menciona: esto es guerrilla. Poner el cuerpo para denunciar, dejar ver aquello que de alguna manera se está negando y violentando es un lenguaje de combate que se ha desarrollado en otras escenas como el arte, específicamente el body art o performance. En este registro, Chile ha tenido sin duda un legado excepcional con la generación de artistas de la talla de Carlos Leppe, Raúl Zurita o Diamela Eltit, que utilizaron su cuerpo como lenguaje de resistencia a la violencia y represión.

Por otro lado, desde el cine, películas como Pulp Fiction, más que naturalizar la violencia, nos presenta una narración pop que ha sido cortada en viñetas y reorganizada, un montaje de personajes atractivamente extraños. La parodia de la violencia es una forma de desactivarla a través de la risa o de la exageración y eso es justamente lo que nos propone Tarantino. Lo que nos devela a punta de golpes, cuchilladas y patadas son escenas de conflictos más cotidianos y cercanos de lo que queremos aceptar y se mezclan en nuestras cabezas entre carcajadas, adrenalina y miedo. El problema es cuando caemos en la lectura reduccionista que busca responder cuánto de lo que consumimos (justamente porque se presenta en forma de video, película, obra de arte, en fin) determina nuestro umbral o niveles de violencia social, o de qué forma la industria es solo un reflejo de la sociedad.

Desde la vereda de la educación, en cambio, ante la desesperanzadora realidad de miles de jóvenes afectados por la violencia, el narcotráfico, la exclusión y el olvido, aparecen propuestas muy innovadoras que le dan voz, visibilidad, espacio de reconversión. “Hip-Hop Ed” es un movimiento que busca irrumpir las estructuras de las escuelas a través del desarrollo del hip hop. A Chris Emdin, su creador, lo escuché hablándolesa profesores de escuelas públicas con niveles altos de vulnerabilidad. Su enfoque busca reconocer el estado de violencia y agresión en el que viven los jóvenes, lo que los llevaría a querer ser más agresivos, antisistema, antiescuela, anti todo, para desde ahí justamente replantear y reconfigurar esa fuerza, a través del hip hop (con sus letras, movimientos, denuncia), desarrollando el ingenio, la creatividad y la reflexión compartida.

A estas alturas, ya han pasado cuatro minutos y el nivel de desconcierto en This is America está desbordado. Han bailado niños contentos en sus perfectos uniformes, un coro de música gospel entero ha sido fusilado mientras cantaba, el caos se ha apoderado de la escena y una persona corre por su vida. Vivimos tiempos acelerados, altamente mediatizados, que nos obligan a revisar con atención el complejo entramado de lo que implica vivir rodeados de este fenómeno, ya sea para denunciar, visibilizar, burlar o simplemente aprender a neutralizarlo.