El ministro de Hacienda le pone paños fríos al debate sobre la regulación y define cual será su legado

  • 1 abril, 2009

 

El ministro de Hacienda, figura clave en el juicio que la ciudadanía hace del gobierno de Bachelet, le pone paños fríos al debate sobre la regulación. Dice que lo primero es sacar a los heridos de los escombros y que luego habrá tiempo para revisar las normas antisísmicas. En el caso de Chile, hace ver que hay mucho camino avanzado, de modo que no se desvela ante propuestas de todo tipo que surgen casi como reflejo pavloviano, ya sea que postulen mas Estado o menos impuestos. Por Roberto Sapag; fotos, Verónica Ortiz.

Probablemente ya se puede decir en voz alta: Andrés Velasco está ganando… y con él, la presidenta. Sí, porque han pasado tres años del gobierno de Michelle Bachellet, y este ministro de Hacienda se ha hecho un espacio de respeto en el duro juego de la política. Y eso que manotazos le han tirado a troche y moche, desde flancos dentro y fuera del gabinete. Pero él, fiel a su perfil, no se ha despeinado. Ordenado, con un sentido de humor un tanto alemán y sin frases para la galería, este economista ha hecho la pega en la arena política sin atraer focos. De hecho, puesto en la foto de los ministros de Hacienda de la Concertación, Velasco podría inscribirse como el más impermeable de todos a los coqueteos e ingratitudes de la política… Aunque quizás, dado que es humano, en su caso la procesión va por dentro.

Como sea, en momentos en que el país ya entró a un año electoral que muchos definen como el más crítico de la Concertación y mientras el mundo aún sufre las andanadas de la crisis económica más feroz de las últimas ocho décadas, Velasco no pierde el foco. Lo suyo, está claro, es blindar la economía contra los azotes externos. De hecho, pocos días después de que esta entrevista tuviera lugar, se le vio escoltando a la presidenta Bachelet el día del anuncio de un nuevo plan económico, esta vez enfocado en el crédito a las pymes.

Hacemos ver el punto, porque ilustra a la perfección al personaje. En efecto, la entrevista se realizó tres días antes de los anuncios, en un entorno inusual que no permitía anticipar que él y su equipo estaban de lleno diseñando ese conjunto de medidas: la terraza del Starbucks de Alonso de Córdova a eso de las 9 de la mañana. El ministro, probablemente después de su trote matinal, caminó desde su casa hasta el local, chaqueta al hombro. Allí disfrutó un caffé latte, saludó efusivamente a conocidos (como el escritor Rafael Gumucio y el director espiritual de The Clinic Patricio Fernández) y conversó con Capital.

-Ministro, citando a Felipe Lamarca, hay una frase que dice: “las prisas pasan, las cagadas quedan”. ¿Es posible que frente a las actuales urgencias económicas se pueda reaccionar en exceso, regulando más allá de lo prudente?

-Parto por hacer una distinción entre Chile y el resto del mundo, porque las situaciones son radicalmente distintas. Si bien en el mundo avanzado hay una crisis financiera y bancaria, en Chile eso no sólo no existe, sino que recientemente las agencias de rating subieron la clasificación de los principales bancos y a la República como un todo… Así, mientras otros bajan, Chile sube en solidez financiera.

La segunda distinción tiene que ver con la naturaleza misma de los sistemas financieros. Si hay un mercado ue se distingue por necesitar más vigilancia y más supervisión, ese es el mercado financiero y eso es algo que ciertamente no descubrimos ayer. Es una de las lecciones obvias de la crisis del 82, es una de las lecciones obvias de muchos otros remezones financieros de la década del 90 y es una lección relativamente evidente de lo que pasó en los últimos años en Estados Unidos y Europa. Ahora, enfatizo el punto de los mercados financieros, porque esas lecciones obvias no corresponde aplicarlas a rajatabla a otros mercados. Como decía Patricio Meller, el mercado de los préstamos no es el mercado de las papas.

-Pero más allá de lo obvio, lo cierto es que hubo una falla masiva del Estado y los privados, y que el tema del rol de cada uno está sobre el tapete.

-Indudablemente, hubo una falla regulatoria masiva. No se entendieron las implicancias de un conjunto de activos nuevos cuyo precio era difícil de fijar. Allí donde los reguladores debieron estar alerta no lo estuvieron. Fallaron también otras instituciones cuyo rol es tocar las campanas de alarma. Por ejemplo, las clasificadoras de riesgo privadas, que hasta poco antes de que reventara la crisis daban a algunos de estos activos tóxicos clasificaciones muy altas. Y fallaron los privados porque sus estructuras corporativas, sus modos de remunerar ejecutivos y los incentivos de los intermediarios financieros los hacían demasiado propensos al riesgo y creaban muchas veces conflictos de interés con los accionistas pasivos, no controladores. Eso ha quedado en tremenda evidencia, incluyendo el último bono de AIG.

-Si uno quisiera buscar culpables esos son, pero lo que está en juego ahora es cómo se ponen las dosis de remedio adecuadas pero sin trabar el fluido movimiento de los mercados… Es algo que está en la agenda del G20.

-Yo no creo que la prioridad número uno del G20 deba ser rediseñar hoy el sistema financiero del futuro. Y digo esto no porque no sea crucial (claro que lo es), sino porque hay otras prioridades más urgentes. Cuando hay un terremoto, primero corresponde llegar al lugar y salvar a las víctimas. Más tarde habrá tiempo para repensar los códigos de construcción y las exigencias estructurales. La prioridad hoy del G20 debe ser coordinar una respuesta macro a la tremenda caída de la demanda y del comercio internacional, que no tiene precedentes desde la II Guerra o acaso desde la Gran Depresión. Eso implica coordinar la respuesta fiscal de un conjunto heterogéneo de países, en donde hay algunos que han hecho políticas fiscales contracíclicas –como Chile–, y otros que tienen tremendos superávit, pero que no han actuado contracíclicamente.

Lo segundo que debe hacer el G20es coordinar políticas para estabilizar los sistemas financieros de modo que el crédito vuelva a fluir dentro de los países y entre países… Chile está en una situación privilegiada, porque tiene muy baja deuda pública y alta liquidez, pero hay muchos países emergentes que no están en esta situación y que se van a ver afectados por la falta de liquidez.

Y tercero, el G20 debe dejar muy claro que se rechaza el proteccionismo en todas sus formas… financiera y comercial. Esto es un asunto candente en los países avanzados. En momentos en que el comercio internacional se está contrayendo, añadir barreras comerciales sería muy nocivo.

-¿Es el modelo de mercado, el capitalismo, el que quedó malherido? ¿Podrían recobrar vida teorías que estaban en los estantes y que propugnan más Estado?

-Creo que una afirmación planteada a ese nivel de generalidad no es especialmente reveladora ni útil. Vuelvo a la idea inicial: hay mercados y mercados. Obviamente existen áreas donde se necesita la activa participación del Estado para regular y controlar riesgos. Es el caso de los mercados financieros, en donde esta crisis nos ha permitido sacar como lección adicional que la muy necesaria supervisión no debe limitarse al crédito bancario, porque hay muchas otras instituciones que no son bancos y que en los hechos extienden crédito. Ahí, indudablemente, hace falta algún grado de supervisión y transparencia.

Hay también otro papel para la política pública que a mi juicio ha sido insuficientemente discutido en Chile, pero que en estos días no puede estar más sobre el tapete: la política pro competencia. Los mercados funcionan bien cuando hay competencia. A veces se da sola y a veces hay que garantizarla por la vía de la fiscalización. En Chile hemos dado pasos tremendos en esta materia y el asunto de las farmacias lo deja muy en claro. Aquí nos estamos acercando a las mejores prácticas de los países desarrollados que tienen autoridades pro competencia con músculo. En Chile las tenemos y las vamos a tener aún más cuando se apruebe el proyecto de ley que está en el Congreso…

 

 

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-Es que a eso quería ir. Lo que sucede en el ámbito económico se transmite al mundo político. Ya sea porque se cree que esta fue ocasionada por la codicia o porque hay ciertas áreas que han funcionado mal, rápidamente los debates arriban al mundo político y se empiezan a cargar los discursos y a surgir ideas de regulación, intervención.

-En muchas actividades humanas hay codicia, lo importante es que en una sociedad bien estructurada se le pone cota a esa codicia y se crean los incentivos para que el bien común coincida con el bien personal y para que los comportamientos dañinos y destructivos sean penados…

Respecto a las ideas que puedan surgir o no, en todas las crisis surgen buenas ideas y malas ideas, pero francamente creo que la principal preocupación en este momento debe ser coordinar políticas para salir de esta tremenda caída de la demanda agregada. Pronto habrá tiempo para discutir bien las reformas regulatorias que corresponda, y no lo digo por Chile sino que estoy hablando del resto del mundo. Creo que el mejor antídoto contra los posibles errores o entusiasmos pasajeros es darse el tiempo necesario para hacer reformas que son de largo plazo.

-Y ya que estamos hablando de buenas y malas ideas, ¿es una buena o mala la idea de Juan Carlos Latorre de permitir al Estado una suerte de intervención en empresas con problemas?

-Como he dicho más de alguna vez, los partidos nos hicieron llegar ese documento y nosotros quedamos de mirarlo, analizarlo y entregarles a ellos ese análisis, cosa que vamos a hacer en su momento.

-O sea que aún no se le ha tirado la cadena…

-No quiero entrar en el juego de si descarta o no descarta… lo recibimos y lo estamos analizando.

-También a propósito de buenas y malas ideas, hay quienes proponen usar más el expediente de las bajas de impuestos (y no tanto del gasto) como forma de operar contra cíclicamente. ¿Ese tipo de propuestas pueden tener acogida en escenarios de excepción?

-La buena política tributaria no es privilegio de un grupo en particular. De hecho, este gobierno ha actuado sin tabúes en la materia y no solamente en la crisis, como se ha visto en materia de rebajas arancelaria, la eliminación del impuesto de timbres y estampillas, con el aumento en las deducciones que se pueden hacer de inversiones en activos fijos y el incentivo tributario para I+D.

¿Cuál ha sido el hilo conductor de todos esos cambios? Hacer las cosas bien. Y hacer las cosas bien implica identificar aquellos lugares en los que hay distorsiones que se pueden corregir usando los instrumentos tributarios con un costo acotado para el fisco. Eso no es lo mismo que el reflejo condicionado de algunos que, pase lo que pase, esté la economía mundial en boom o en crisis, ofrecen siempre la misma medicina de bajar impuestos como si fuera un reflejo pavloviano.

-¿Qué moralejas debiera dejar esta crisis?

-Yo haría una distinción muy grande entre los asuntos macro y micro. Desde el punto de vista macro, esta crisis deja en evidencia más que nunca que hay la obligación de poner en marcha políticas contracíclicas. Esto que hoy día parece una perogrullada, no nos olvidemos que en Chile hace tres o cuatro años era altamente controvertido… Desde el punto de vista político, lo que ha quedado claro es que las instituciones deben actuar antes y no después…

En cuanto a lo micro, con la crisis quedó claro que hay ciertos mercados, y entre ellos claramente el financiero, en que el potencial para fallas es grande, en que las asimetrías de información son comunes, en que la complejidad de los instrumentos no garantiza que los precios de mercado reflejen bien los riesgos implícitos. En los países avanzados había una especie de contrato social: la banca comercial tenía garantía de los depósitos y el quid pro quo era regulación. La banca de inversiones, por otro lado, los fondos de inversiones, no tenían ninguna garantía explícita y, por lo tanto, tampoco tenían mayor regulación. Ese contrato social se violó porque todos aquellos intermediarios financieros desregulados que se suponía no estaban cubiertos por el paraguas protector del Estado, ex post sí lo están. De modo que corresponde que, si en los hechos están garantizados, parcial o totalmente, tengan una regulación a la par de esa garantía.

-Hay economistas, como Gary Becker, que señalan a propósito de los planes de impulso fiscal que para los gobiernos se torna muy dificultoso gastar grandes sumas en cortos periodos de tiempo.

-No sé por qué no me sorprende que Gary Becker diga eso. La afirmación parece un poquito predecible y obvia. El desafío de gastar bien existe tanto en períodos largos o cortos e, indudablemente, el desafío es mayor en periodos cortos. Por eso en Estados Unidos, por ejemplo, se ha dado un debate muy saludable sobre qué proyectos de inversión pública están “pala en mano”, y los gobiernos de los Estados y municipales se han puesto las pilas para identificar esos proyectos. En Chile, antes de que esto comenzara en Estados Unidos, ya estábamos haciendo lo mismo.

 

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-¿Sí?

-Sí, porque hemos hecho una política contracíclica desde el primer día de este gobierno, en ambas partes del ciclo. Era contracíclica cuando el precio del cobre estaba a 4 dólares y sigue siéndolo cuando está a menos de 2 dólares la libra. Hemos hecho un esfuerzo por elegir proyectos para esta parte del ciclo que se puedan hacer y rápido, como son los programas de vivienda, donde hay protocolos preestablecidos. Por eso los 700 millones de dólares que la presidenta comprometió como inversión pública adicional en enero ya están siendo usados. Quiero ser muy claro, porque las cifras son públicas, pero la gente no siempre las mira con cuidado. A estas alturas del año pasado habíamos ejecutado 8% de la inversión pública total del año y este año hemos ejecutado 15%… Si comparas enero del año pasado con el de este año, la inversión pública creció 140%; y si miras por regiones también van en una ejecución más avanzada. No es fácil, pero se puede hacer.

-En el caso de Chile esto fue posible por la visión que partió con Nicolás Eyzaguirre y siguió con usted, pero también porque se ha dado una condición bastante especial (y que no sabemos si será permanente) que es que tuvimos un cobre en precios históricamente altos que permitió constituir estas reservas. ¿Cómo asegurar que a futuro el país podrá seguir resguardado?

-Yo lo veo exactamente al revés. El que tuviéramos un cobre tan alto en su momento dificultaba la labor de responsabilidad fiscal, porque la gente tiende a confundir la riqueza transitoria con la permanente y tiende a pensar que es bueno ponerse a gastar.

Desde el punto de vista de la política fiscal eso es un desafío, y a ese desafío respondimos con la creación de un sistema institucional. La pregunta no es cómo va a responder Chile en el futuro, porque Chile a partir del 2000 y, por la vía de la ley, a partir del año 2006 ya tiene las instituciones para responder… Se cuentan con los dedos de una mano y probablemente menos los países que por ley tienen un sistema de responsabilidad fiscal, que han creado por ley fondos de estabilización, con mecanismos de rendición de cuentas, con auditorías, con un consejo asesor externo autónomo, donde la utilización de los fondos es transparente. Es más, me atrevo a decir que desde el punto de vista de la legitimidad política también hubo un cambio de largo plazo, porque estas instituciones y reglas son valoradas y reconocidas por todos.

-Okey, nos hicimos del auto, pero, ¿cómo le echamos combustible cuando no haya cobre o cuando no estén las condiciones de precio adecuadas?

-Esa es una pregunta muy buena, pero es otro tema, es un asunto totalmente distinto, que no es institucional, sino que se refiere a cómo hace Chile para crecer en el largo plazo cuando el impulso principal de su crecimiento no venga del alto precio de los commodities. Ahí tenemos un desafío grande, respecto del cual este gobierno ha dado pasos. Pero quedan más por dar, y tienen que ver con políticas de adopción de tecnologías e innovación, cosa que abarca al sector público y al privado… y, de nuevo, hemos hecho cosas como la creación de un Consejo de Innovación, como la creación del Sistema de Becas Bicentenarios, que son cosas cuyos beneficios no se van a ver en seis meses ni un año, pero que están caminando… Como sea, aquí hay pega para todos.

Saldos y coletazos

-Como ministro ya está en el kilómetro 31 del maratón, a un cuarto de completar la carrera, y parece pertinente preguntarse sobre ¿cuál le gustaría que fuera el legado de su gestión en Hacienda?

-Me gustaría que se recordara como el periodo de construcción de un sistema de reglas para la política macroeconómica, que como tú dijiste no empezó con este gobierno, pero que sí avanzó mucho. A la luz de esta crisis, todos nos hemos dado cuenta de lo crucial que era y seguirá siendo este sistema, que está en la frontera mundial de las innovaciones macroeconómicas. Cuando fuimos a Londres hace un par de meses nos preguntaban por estas políticas no porque fueran de interés para otros países emergentes, sino porque son novedosas incluso en Europa y otros países desarrollados.

Creo también que como chilenos debemos sentir orgullo por la reforma de pensiones, un asunto respecto del cual hace tres o cuatro años había tremendos desacuerdos y las tentaciones extremistas corrían para todos lados. Se alcanzó un acuerdo destacable no sólo por su contenido, sino que por su formulación, con un consejo asesor en el que participó la gente más entendida de Chile y que se sacó la mugre durante meses para lograr consenso.

Tercero, creo que en este gobierno hemos dado pasos que no se aprecian pero que se valorarán más delante en materia de innovación. Hemos iniciado una conversación entre empresas, investigadores, académicos, universidades y otras fuentes del saber. Es imposible imaginarse a Sillicon Valley sin la Universidad de Stanford o Berkeley y la conexión que hay entre empresarios y académicos. Esa conversación prácticamente no existía en Chile y la hemos iniciado con incentivos muy concretos, como el 35% de granjería tributaria a los convenios de investigación que suscriban.

Menciono una cuarta cosa, que es el subsidio al trabajo. ¿Cuánta gente habría apostado que en un tema tan controvertido como el laboral íbamos a diseñar una política que se aprobara prácticamente en dos semanas unánimemente en el Congreso y que fuera celebrada por todos los partidos y todos los centros de estudio?

Ahí tienes cuatro legados del gobierno de Michelle Bachelet; algunos que dan frutos inmediatamente y otros que lo harán a mediano plazo, pero todos son contundentes.

-¿Cuánto de lo que habría hecho Andrés Velasco el economista en materia de políticas macro debió quedar en el refrigerador ante la realidad de ser Andrés Velasco, el ministro?

-Hay ciertas orientaciones básicas, ciertas creencias de fondo, que informan todo lo que uno hace como diseñador de políticas. Al mismo tiempo, como debe ser en un país democrático diverso, en que hay intereses distintos, el diseñar políticas es un ejercicio de conciliación y consenso, y la esencia de eso es que todos ponen de su parte para buscar algo que satisfaga a una mayoría de los ciudadanos. Esa no es una pega fácil, y de hecho a veces es una pega ingrata, pero es bueno constatar que en temas difíciles se puede lograr un óptimo. Se pudo en previsión, se pudo en responsabilidad fiscal, se pudo en subsidio al trabajo.

-¿Un año electoral le pone un ingrediente especial a la labor de gran guardián o administrador de las platas del país?

-Esa pregunta me la han hecho tantas veces que creo que la respuesta se escribe sola. A veces parecemos pensar que el año electoral es algo que ocurre una vez a las mil quinientas y no es así. Esta es la quinta elección presidencial desde el inicio de la democracia, hemos tenido elecciones municipales, parlamentarias, y, con todo, Chile ha tenido desde marzo del 90 un desempeño fiscal descollante. Hemos tenido superávits la inmensa mayoría de los años, hemos reducido la deuda pública, hemos acumulado activos. . Claro, un año de elecciones tiene sus desafíos, pero tenemos los instrumentos para enfrentar esos desafíos.

-El 2006 le dijo a Capital que al igual que su padre, que se dedicó hasta los cuarenta y tantos años a labor académica y de ahí pasó a la función pública, llegando a presidir un partido, usted también siente el llamado por la cosa pública. ¿Cómo seguirá canalizando a futuro esa inquietud por lo público?

-Si la pregunta es si me sigo sintiendo orgulloso de haber entrado al servicio público y haber invertido parte de mis horas y mis esfuerzos en formular políticas públicas, la respuesta es por supuesto, con pasión y con entusiasmo. Si la pregunta es qué voy a hacer el día que deje de ser ministro de Hacienda porque la presidenta así lo dispuso o porque el periodo terminó, la respuesta es no tengo la menor idea. Y te digo algo más: la persona con quien voy a conversar eso se llama Consuelo Saavedra.