Efectividad en la ejecución de políticas de gobierno Después de varios años en que la regla de superávit estructural ha rendido numerosos frutos, hoy la discusión acerca de la necesidad de mantenerla, modifi carla o simplemente eliminarla, ha comenzado a permear en los espectros políticos y económicos. La regla de superávit fiscal estructural, en términos […]

  • 6 abril, 2007

Efectividad en la ejecución de políticas de gobierno

Después de varios años en que la regla de superávit estructural ha rendido numerosos frutos, hoy la discusión acerca de la necesidad de mantenerla, modifi carla o simplemente eliminarla, ha comenzado a permear en los espectros políticos y económicos.

La regla de superávit fiscal estructural, en términos muy simples, tiene como objetivo que el gasto fi scal se ejecute con ingresos permanentes y no transitorios. De este modo, cuando, por ejemplo, el precio del cobre se eleva por sobre su precio de largo plazo, ese exceso de ingresos fruto del mayor precio se ahorra para cuando el mismo se encuentre por debajo de su nivel de largo plazo. Similar criterio se aplica para el caso del crecimiento económico, donde la recaudación tributaria se incrementa cuando el PIB crece por sobre su potencial.

Esta regla, que ha permitido que Chile acumule ahorros que a la fecha alcanzan más de US$ 10 mil millones, nunca fue pensada para una situación como la actual, donde los años de “vacas gordas” superan por mucho las más optimistas estimaciones. Es esta situación la que ha llevado ahora, a que la atención se centre en cómo gastar este incremento en la riqueza de todos los chilenos, generando disputas a nivel político y económico acerca de la conveniencia o no de mantener la regla tal como está.

Una confesión abierta de la situación seguramente llevaría a muchos de los que se oponen a cambiar la regla a explicar que las razones que los empujan a mantenerse en un 1% de superávit estructural estricto nacen de la desconfianza en la efi ciencia y efectividad de cualquier gobierno para gastar esta inmensa cantidad de recursos.

Si abrimos la discusión entonces, debemos comenzar por reconocer que nuestros gobiernos han demostrado no ser efi cientes en la administración de los recursos públicos. Ejemplos existen muchos, basta ver los resultados que arrojó el estudio del nuevo ministro de Energía, Marcelo Tokman, quien encontró que mientras el gasto público en salud creció a altas tasas durante los últimos 15 años, el número de prestaciones se elevó en forma marginal, resultado que se mantiene aun si se corregían las prestaciones por la calidad de las mismas; o los desastrosos resultados en educación, donde el gasto por alumno se ha multiplicado por 10, mientras que nuestros estudiantes siguen siendo los menos preparados no solo al compararse con los de países desarrollados, sino incluso al compararse con los de América latina; para qué hablar entonces del, a estas alturas, lastimeramente famoso Transantiago, que vino a ser la gota que derramó el vaso.

Es necesario entonces evitar que el gobierno siga administrando los recursos, ¿pero cómo lograr entonces, que los benefi cios de “las vacas gordas” sean fi nalmente percibidos por sus dueños, TODOS los chilenos? La solución es más fácil de lo que muchos piensan, y además es una en que nuestros gobiernos han demostrado ser exitosos. Debemos dar paso a que sean los privados los que ejecuten las políticas públicas.

Los más de veinte años de una gestión eficiente de los fondos de pensiones, y la calidad de las carreteras privadas con que hoy contamos son claramente un ejemplo de la diferencia entre la eficiencia y eficacia del gasto público y privado.

Baste comparar la calidad de las nuevas carreteras con la de nuestra recién pavimentada Alameda.

Debemos por tanto transferir estos recursos a la gente, permitiéndoles a ellos decidir y elegir, y dejar a los proveedores que compitan por sus clientes.

El camino está entonces en empoderar a los privados, para que sea la efi ciencia de su gestión la que permita la ejecución de las políticas públicas.

Solo así las políticas públicas ejecutadas con eficiencia dejarán de ser una utopía y comenzarán a ser una realidad palpable.