Por: Antonieta de la Fuente Fotos: Verónica Ortíz En enero pasado, Ramiro Mendoza sufrió un accidente grave. Mientras paseaba en su moto durante un fin de semana, un auto lo chocó por detrás. Salió disparado y quedó tirado en el pavimento con dos vértebras rotas y fracturas en su escápula, pelvis, rodilla derecha y mano […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Antonieta de la Fuente
Fotos: Verónica Ortíz

mendoza

En enero pasado, Ramiro Mendoza sufrió un accidente grave. Mientras paseaba en su moto durante un fin de semana, un auto lo chocó por detrás. Salió disparado y quedó tirado en el pavimento con dos vértebras rotas y fracturas en su escápula, pelvis, rodilla derecha y mano izquierda.

Estuvo consciente los 53 minutos que demoró la ambulancia en ir a buscarlo. Casi una hora, en la que vivió una historia que hoy es parte importante de las presentaciones públicas que hace a menudo en seminarios y eventos a los que es invitado a exponer. Cuenta que fue asistido por “buenos samaritanos” que lo auxiliaron en esos interminables minutos, sin saber que se trataba de una autoridad –en ningún momento se sacó los anteojos y el casco-, pero que también vivió en carne propia algunas de las ineficiencias del sistema público que hoy ya logra tomarse con humor.

Chapoteando en la adrenalina del momento y algo grogui por el choque, Mendoza había logrado hacerse un retrato del chofer que escapó tras impactarlo e incluso memorizar la patente del vehículo. Pero ese acto de heroísmo en que se empeñaba comenzó de inmediato a verse atrapado por los tentáculos kafkianos de nuestra realidad. Fue así como su versión fue puesta en duda por el carabinero que lo interrogó mientras se encontraba postrado inmóvil en plena calle, lo que se transformó en un episodio aún más confuso cuando el personal de la ambulancia del SAMU que llegó a recogerlo casi una hora después del impacto, insistía en llevarlo al Hospital Salvador, mientras él pedía que por favor lo transportaran a la clínica donde tenía contratado un seguro. “Si una costilla se me hubiera enterrado en el pulmón, no salgo vivo para contarlo”, dice al recordar esos episodios burocráticos.

A nueve meses del accidente, Mendoza ya está casi recuperado, pero confiesa que no ha tenido el tiempo para hacer todos los ejercicios de recuperación que requiere. Su nueva vida, luego de ocho años a cargo de la Contraloría General de la República, no es tan apacible como esperaba. Trabajólico como es, no soportó estar “sin pega” los dos meses que había fijado con la Universidad Adolfo Ibáñez para asumir como decano de la Facultad de Derecho. No llevaba ni cuatro semanas fuera de su cargo en el Estado cuando solicitó a la casa de estudio incorporarse a sus labores.

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Y así, de a poco, Ramiro Mendoza ha ido sumando además nuevos requerimientos: hace poco más de un mes Corfo le encargó un informe en derecho para el litigio que mantiene con SQM Salar por el arriendo de pertenencias mineras en el salar de Atacama. Y poco antes, la ANFP lo contrató para hacer una auditoría de los dineros recibidos por la Federación de Fútbol de Chile para organizar la Copa América.

Pero todas sus funciones en el mundo privado, no le quitan al ex contralor su pasión por lo público y no han logrado aplacar su espíritu crítico, que aflora en todo su esplendor cuando se trata de analizar el “proceso constituyente” anunciado por el Gobierno.

-Hoy, que existen más luces de cómo va a ser el proceso constituyente, ¿sigue creyendo que es un gato mono con genes de burro y cola de gato, como dijo el año pasado en un seminario respecto a la idea de cambiar la Constitución?

-Lo que pasa es que la propuesta sigue estando centrada en el proceso. Ahí está el error, el gato mono. Está cada vez más centrada en el cómo, porque queremos evitar la confrontación del qué.

Yo tengo la sensación de que la Constitución actual es una norma no defendida. El valor que tiene la democracia en Chile en los últimos 25 años está de la mano con la Constitución. Ahora, creo que tiene una serie de defectos desde el punto de vista de la arquitectura política del país. Y considero que lo primero que deberíamos hacer es identificar esos defectos para luego trabajar sobre ellos. Por eso, sería bien cauteloso de que antes de vaciarnos en el cómo, nos enfoquemos en el qué.

-¿Usted entonces es más amigo de una reforma que de una nueva Constitución?

-Esta Constitución que, de hecho, lleva más de 17 o 18 reformas, no se ha caracterizado por su espíritu pétreo. Y en realidad no sé qué constitución están leyendo. Ésta es una constitución que arbitró y estructuró la arquitectura de gobiernos que son claramente sociales y socialistas en su desarrollo. Y ahora hay que avanzar, a lo mejor, en las reformas más sustantivas conforme al régimen evolutivo que ha tenido la sociedad.

-¿Entonces cree que no se debiera partir de una hoja en blanco?

-Es que eso de la hoja en blanco significa de una u otra manera botar al tacho 25 años de gobierno democrático. Nosotros hemos avanzado en la democracia, no hemos retrocedido con la Constitución del 80, en consecuencia, lo que hay que hacer es seguir avanzando en la calidad de la democracia.

La apuesta de que lo que va a salir de las propuestas de reforma es mucho más democrático, es eso, una apuesta. No veo por qué, si yo no tengo una suficiente red cívica desde el punto de vista de formación institucional o de cómo funciona el Estado, un grupo de monitores va a tener la virtud iluminada de generar estos cambios. No me calza el concepto del iluminismo temporal de quienes puedan liderar este proceso, con el resultado de una nueva Constitución.

Y otra cosa: es curioso que una autoridad tenga que salir a explicar que no se va tocar el derecho a propiedad. Con la tesis de la hoja en blanco, eso no tiene sentido. Si la pizarra está en blanco, está en blanco.

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-¿Qué le parecieron las propuestas expuestas por el ministro Eyzaguirre de crear cabildos?

-Me produce cierta preocupación que seguimos despreciando la institucionalidad y absorbiendo una especie de nuevas relaciones para-institucionales, porque el 2012 se publicó la ley 20.500 de participación ciudadana. Hay toda una orgánica institucional para generar esa participación y bien pudiera ser que usáramos esa figura para generar esta discusión y no esta cosa de inventar una figura nueva que se va a anclar o consolidar en una glosa en la Ley de Presupuestos, ya en la Segpres o Segegob. En estos dos ministerios, el presupuesto les está creciendo más de 10%, porque se va a hacer por glosa lo que no se está haciendo a través de la ley 20.500.

-¿Comparte las críticas de Piñera de que plantear un proceso de esta magnitud en un tiempo tan extenso sólo generará incertidumbre?

-La incertidumbre del cómo va a afectar con el correlato del qué. Si dejamos la discusión en el cómo y el qué, lo mantenemos en esta sombría reacción de lo que nos vayan a decir en estas pizarras en blanco que van a rellenar los ciudadanos, es partir por el miedo, evitar la confrontación.

 

Desigualdad de trato

Una de las cosas que más le ha costado al ex contralor de dejar su cargo es constatar la violencia en las calles. Algo que, según él, cuando se es autoridad y se está “burbujeado” por escoltas y choferes, no se logra ver en su real magnitud. “Hay un ambiente de mucha tensión. Hay mucha desconfianza, cosa que uno siente cuando anda en el mundo real. Hay muchas personas que viven en una burbuja y no lo ven, pero el mundo real está muy duro”, dice.

-¿A qué responde esta tensión?

-Hay un cambio en la sociedad, en la forma en que nos relacionamos. Están cambiando los paradigmas. De alguna u otra manera, nos encontrábamos con relaciones que eran muy verticales, sobre todo con el poder. Con cualquier tipo de poder. Con el poder del Estado, el poder económico y el poder del jefe. Hoy, las relaciones son mucho más horizontales. Estamos en un período de acomodo. Se está produciendo una imbricación diferente y eso es bueno, pero produce incertidumbre y al chileno le gustan las certidumbres. Le cuestan los cambios.

-¿Le cuesta al chileno o les cuesta a las elites?

-Yo creo que le cuesta más a las elites. Siempre se critica la distribución de la riqueza en Chile, pero creo que el problema de Chile no está en la distribución de la riqueza, sino en la desigualdad de trato. Al tener esta relación más horizontal, hay más personas que son profesionales, que han tenido acceso a la educación y que tienen también más cobertura desde el punto de vista de sus bienes. No sabemos bien cuántos chilenos somos, pero sí sabemos que hay 24 millones de celulares. Todo eso generó un ciudadano diferente, que trajo mucha exigencia. Este tema se habló en la reunión del CEP. Hubo un mensaje de la presidenta que pasó inadvertido. La presidenta por primera vez cambió o rescató como eje central de la desigualdad, la desigualdad de trato, que es cómo percibe el ciudadano medio las relaciones de justicia e injusticia en la riqueza y en los conflictos del poder.

 

“La ineficiencia es corrupción”

-¿Son acertadas las herramientas con las que el Gobierno está enfrentando esta nueva sociedad?

-Creo que el Gobierno ha tenido una respuesta que es de diagnóstico. Es decir, se da cuenta de lo que sucede, pero está estancado porque no ha querido ver que hay un nudo gordiano que no le permite cumplir las expectativas de los ciudadanos,  en la medida que no mejoren las condiciones de la administración del Estado. Mientras no logre canalizar mejoras sustantivas y reales en ese nivel, todo lo que se nos ofrezca va a terminar en despilfarro, lo que en realidad es una condición que también puede ser explicada como corrupción. Si nos damos cuenta de que tenemos un Estado que no está funcionando, la magnitud de la oferta y su falta de concreción van a producir un malestar mayor. Y se va a producir con cada política pública que emprendas. Se nos produjo con el Transantiago, que fue el primer aviso.

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-¿Es decir, a su juicio, parte de la crisis de confianza está dada por un problema de administración?

-Falta hacer una carretera del Estado bien hecha, en el sentido de que los contratos públicos y administrativos sean eficientes y que el personal del Estado tenga los incentivos correctos. Hoy, lo que está surgiendo es una atomización de los conflictos, por ejemplo a nivel laboral dentro de la administración… Nunca habíamos tenido una Dirección de Aeronáutica Civil paralizada por un día, con todo lo que significó con millones de personas que no pudieron desplazarse. Y hoy (martes 27 de octubre) tenemos una tensión fuerte de los funcionarios del Registro Civil, que quieren una bonificación diferente. Si frente al monopolio estatal se genera dentro de los administrativos de ese monopolio una extorsión, estás en un problema estructural.

-¿Cómo se evita esta extorsión?

-Lo que tengo claro es que no se soluciona con otro bono. Y en los últimos años, todos los esfuerzos han ido hacia aplacar las exigencias sobre la base de contenidos remuneratorios adicionales. Tenemos una estructura donde no se pueden generar incentivos por trabajo y resultados, porque tienes que intervenir los estatutos y llegar a un diálogo sincero con el sector público. No se trata de pasar encima de ellos, pero sí de poner la gestión de por medio y no sólo el compromiso remuneratorio.

-¿Falta convicción política para resolver este tema?

-Creo que no es justo que un solo gobierno se lleve los costos de una reforma estructural del Estado. Lo que pasa es que tenemos períodos electorales de cuatro años, y la presión va más por la acción y no por dar con la solución correcta. Nadie quiere pagar ese costo, porque significa que vas a tener un problema real con los gremios. Pero los cuellos de botella que tiene esta administración van a tener que ser resueltos en algún minuto. Necesaria y urgentemente se deben revisar, porque tengo la percepción de que la toma de decisiones ineficientes es una pérdida de valor para las personas que más lo necesitan. La ineficiencia es corrupción. La falta de gestión es corrupción. Cuando no logro que a un precio decente un niño pueda satisfacer su necesidad alimenticia y estoy pagando más de lo que debo, eso es un problema.

 

El mapa de la política

-¿Qué le parece que las reformas planteadas por la Comisión Engel no logren avanzar con suficiente rapidez en el Congreso?

-Lo que pasa es que las reformas estructurales apuntan a la relación del dinero y la política y dicen relación con los partidos políticos. Ése es un tema muy complejo, porque está en el corazón de la distribución del poder. Y ahí me surge cierta contradicción de que los partidos políticos quieran gozar de toda la arquitectura de la persona jurídica de derecho público y además, del financiamiento público, pero que, en seguida, tengan ciertas reticencias a las rendiciones de cuentas y al rol fiscalizador de las entidades a quienes van a tener que responder.

-O sea derechos y no deberes…

-Es una paradoja. Y en ese sentido, los partidos políticos se parecen bastante a los estudiantes universitarios, quieren hartos derechos, pero no necesariamente quieren deberes. Los partidos debiesen tener cierta vigilancia desde el punto de vista de la calidad de los acuerdos y de la forma cómo ellos solucionan sus divergencias. Lo otro que me sorprende es que no puede ser que la opinión de Eduardo Engel o de la Comisión Engel, como terceros no políticos, no sea vista como un aporte desde afuera. Y en vez de eso se dice: “Pero si esta gente jamás ha participado en la política”, como si eso te exorbitara de tener una posición frente a la política.

-Se refiere a lo que le dijo Ignacio Walker a Eduardo Engel…

-Exactamente, y eso nos puede hacer muy mal. Creo que la Comisión Engel y muchos de sus integrantes han sido lo suficientemente valientes para no sesgar en este ataque del sector, y me parece bien. Y creo que se van a transformar en un ente catalizador de la mejor calidad de las leyes que salgan, que claro, no tienen por qué salir como Engel dice o como dice la Comisión.

-¿Pero tiene que haber cierto seguimiento?

-Al final, hay que velar porque no nos hagan la trampa del gatopardo, es decir, hicimos como que cambió pero en realidad seguimos iguales. Por eso es valiente el observatorio de Engel. Y creo que es importante que se levanten más observatorios.

-¿Cómo afecta la irrupción de nuevos grupos políticos en esa mayor transparencia?

-Creo que hay muchos que tienen cosas que decir, como Velasco, Lily Pérez, Evópoli. El cuadro se está pintando de una manera bastante diferente y está bien que así sea. Yo no le tengo miedo a cuadros distintos, pero sí le tengo miedo a quedar en banda en el avance de los proyectos. Se han ido cerrando aquellos proyectos más complicados, pero todavía en los temas de política dura nos quedan otros que tienen que avanzar.

-¿Se siente cercano políticamente a alguno de estos grupos que menciona?

-Creo que le hacen bien al país. Dan miradas distintas, y en algún minuto lo que nos está pasando la cuenta es que los sistemas binominales tienden a monopolizar las miradas. Y en países que además tienen poco entrenamiento político como Chile, donde tuvimos 17 años de muy poco entrenamiento político, es muy relevante que existan grupos que seguramente el día de mañana van a significar acuerdos electorales que van a cambiar el mapa. El mapa de la política no se petrificó en el año 90 y creo que efectivamente el cambio del binominal nos va a producir sorpresas muy superiores a las vistas en Argentina. No sé desde el punto de vista presidencial, pero sí en las municipales. Las municipales han sido súper testeadoras de lo que viene más adelante. •••
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Rajevic: “Con 35 días en el plató, todos te van a disparar”

-¿Qué le parece lo que pasó con el intento de nombramiento del contralor?

-Ya había pasado antes. Es la segunda vez que ocurre, porque el nombramiento del contralor posee una tensión por el hecho de tener un depósito nominativo exclusivo en el presidente de la Republica. Aquí no hay un compartimiento de decisiones como pasa con el fiscal nacional, donde la quina la promueve la Corte Suprema. Acá, el monopolio de la nominación es estrictamente presidencial y eso conlleva un riesgo, como le ha pasado a la presidenta en las dos últimas –excepto el caso mío.

-¿Era un buen candidato Rajevic?

-Considero que hay mucha gente que tiene talentos para ser contralor general. Yo creo que Enrique Rajevic es un buen profesor de Derecho Administrativo, pero con independencia de su competencia, pienso que es muy difícil que en una sociedad que tiene una alta desconfianza, una persona pueda resistir estar en el centro de una nominación de esta naturaleza durante 35 días. No creo que haya nadie que resista. No es un problema de Rajevic, es un problema de la exposición imprudente al riesgo, que fue muy fuerte. Con 35 días encima del plató, todos te van a disparar. Ahora, es también una responsabilidad política de la autoridad poder retraerse, pero acá no sucedió.

-¿Qué tan grave, a su juicio, es que todavía, en las condiciones que está la sociedad chilena, no se logre nombrar un contralor?

-Una de las cosas que me preocupa, no es tanto que no haya contralor, sino los efectos de la discusión presupuestaria sin un contralor y que el valor del control se esté degradando desde el punto de vista del aporte presupuestario. Hoy tenemos más transparencia, más reglas y, sin embargo, no hemos tenido la valentía de reconocer para los organismos fiscalizadores y para los organismos de control incrementos de mejor presupuesto. Y ahí a uno le entran ciertas sospechas, ¿queremos en realidad que la calidad del control sea mejor, que la detección de los conflictos de interés realmente esté a la par