La NASA celebra este mes de julio, 50 años desde que Neil Armstrong llegara a la Luna con su célebre frase “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. El cumpleaños sorprende a la agencia espacial con anuncios de ambiciosos planes.

  • 24 mayo, 2019

El Centro Espacial Kennedy parece, a primera vista, un parque de diversiones más que un lugar de trabajo. Amplios espacios, un museo, salas de cine con pantallas tridimensionales y avalanchas de gente buscando una foto junto a cohetes y réplicas de otros vehículos espaciales perfectamente ordenados en este famoso rincón de la península de Florida. A pocos metros de la entrada, el símbolo de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) y una tienda de recuerdos.

Es mayo y la agencia espacial estadounidense se prepara para celebrar los 50 años de la llegada del hombre a la Luna. A lo largo y ancho de este país hay agendados actos, charlas y conmemoraciones. La NASA además está llamando, a quienes quieran participar, a enviar un relato de voz contando en qué estaban ese 20 de julio de 1969, cuando el astronauta Neil Armstrong pisó por primera vez la superficie de la Luna, asegurando desde 400 mil kilómetros de distancia de la Tierra haber dado “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

Autobuses típicamente estadounidenses, de esos sin ventanillas que se puedan abrir, son los únicos vehículos utilizados para acercarse al lugar. En un camino rodeado por las aguas del océano Atlántico, se ven –a veces lejos, a veces cerca– las entradas hacia las plataformas de lanzamiento. Y de lejos se vislumbra una construcción de 160 metros de alto, tan grande que, según el guía, equivale a casi cuatro edificios Empire State apilados uno sobre otro.

Se llama Edificio de Ensamblaje de Vehículos (VAB, por sus siglas en inglés) y está localizado en el mismo Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral. Fue construido en los 60 para el ensamblado de cohetes y puede soportar la presión y las vibraciones causadas por la potencia que generan los motores de estas naves. Es una de las construcciones más grandes del mundo, un hangar gigantesco, símbolo del poder tecnológico de los Estados Unidos de entonces.

Desde lo lejos se observan las rampas de lanzamiento. Solo desde ahí se puede y se debe mirar: no está permitido moverse libremente por las instalaciones y hay que conformarse con la versión para turistas.

Según la NASA, alrededor de 600 millones de personas vieron en vivo la transmisión del primer alunizaje, cuando tres astronautas –Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins– hicieron que la ciencia ficción se convirtiera en realidad. “No había precedentes. Ni manera de predecir lo que iba a ocurrir cuando la nave alunizara. Y no había margen para el error”, dice en una sala de conferencias del centro espacial el astronauta Charles Duke, mientras habla de los logros y de la década de trabajo, pruebas y entrenamiento que lo hizo posible. Él fue el hombre que manejó la radio durante ese histórico alunizaje. Su voz, hasta ahora que tiene 84 años, resulta inconfundible. Fue él quien gritó aliviado “¡Volvemos a respirar!”, después de que Armstrong pronunciara la frase “el Águila ha aterrizado” al momento de llegar a la luna.

Un equipo de 400 mil científicos e ingenieros –sí 400 mil–, más un presupuesto de miles de millones de dólares y el cohete más poderoso nunca antes puesto en el espacio, dieron origen a esta locura que entonces parecía quijotesca.

Ese viaje temerario a otro mundo partió el 12 de septiembre de 1962, cuando el entonces presidente estadounidense, John F. Kennedy, aseguró que antes de que terminara esa década, su país lograría colocar un hombre en la luna y traerlo de vuelta sano y salvo. “Yo me reí de Kennedy y su atrevido discurso. Como país apenas habíamos estado 15 minutos en el espacio ¡e íbamos a ir y volver a la luna en ocho años y medio! Pero ahora echo la vista atrás y veo que efectivamente ocho años y dos meses después yo estaba en el centro de control hablándole a Neil Armstrong”, narra Duke.

Kennedy pronunció ese discurso en plena Guerra Fría con la Unión Soviética (Rusia), cuando la rivalidad entre ambas potencias llevó a que la exploración del espacio se tornara una carrera frenética. Tras poner en órbita el primer satélite (Sputnik, 1957) y enviado al primer hombre al espacio (Yuri Gagarin, 1961), los rusos parecían ir ganando.

Kennedy no escatimó recursos para que la bandera estadounidense estuviera sobre la superficie de la luna antes que cualquier otra.

Tras la exitosa misión de Armstrong, Aldrin y Collins, hubo otros seis alunizajes hasta diciembre de 1972. El 20 de abril de ese año, Charles Duke, el mismo que nos habla, caminó sobre la superficie del satélite y dejó una foto de su familia, en la que aparecían su esposa y sus dos niños.

Una ampolleta brillante

Después, las cosas cambiaron y mucho. Con la desintegración de la Unión Soviética a fines de los 80, la rivalidad en la carrera espacial dio paso a la colaboración internacional. También se acabaron los casi ilimitados presupuestos para exploración al espacio. Y hasta ahora, solo China ha vuelto a la Luna, pero con un robot y por el lado oscuro del satélite.

En 2011, la NASA puso fin a los vuelos de sus transbordadores espaciales y, desde entonces, depende de Rusia para llevar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional, mientras Marte comienza a perfilarse como el nuevo gran objetivo.

En total, hasta ahora, solo 561 astronautas en la historia de la humanidad han estado en el espacio. Son los primeros seres humanos en abandonar su mundo de origen. “Una de las cosas más impresionantes es la vista desde la ventana. Nada se compara con eso. Y recuerdo que traté de describirle a mi hijo, que entonces tenía siete años de edad, cómo fue ver la Tierra desde el espacio. Todo lo que pude pensar fue en imaginar una ampolleta brillante, la más brillante que jamás haya visto, salpicada con todos los colores de la Tierra… tan brillante y hermosa”, dice la astronauta estadounidense Nicole Stott (56), quien viajó dos veces al espacio. La primera ocasión fue en 2009, cuando pasó 91 días a bordo de la Estación Espacial Internacional, apoyando la investigación científica. La segunda vez fue en 2011, cuando formó parte de la última tripulación del transbordador Discovery.

Ambos tuvieron un gran efecto en ella, y cambiaron su visión de la vida para siempre.

“Me dio una nueva perspectiva de todo”, dice. “Vivimos en un planeta, todos somos terrícolas y la única frontera que importa es esa delgada línea azul (la atmósfera de la Tierra) que nos protege a todos”.

Desde que se retiró de la NASA, en 2015, Stott se concentró en su carrera artística. Centró su obra en el espacio, con acuarelas y pinturas sobre la Tierra a miles de kilómetros del planeta.

Una vuelta cada 90 minutos

En 1969, los tripulantes del Apolo 11 solo sabían con certeza a dónde iban a llegar. La misión, que partió de la Tierra el 16 de julio de 1969 y aterrizó cuatro días después en la luna, era un salto al vacío extraterrestre. No había atmósfera y todos se preguntaban cómo sería un viaje espacial de ese tipo, la vida dentro del módulo de comando y en la superficie de la Luna.

Con las décadas, los astronautas aprendieron que desde arriba, mientras sus naves orbitaban, se podía llegar a ver varios amaneceres y puestas de sol en el equivalente a un día de la Tierra. La velocidad de los vehículos espaciales significaba dar vueltas por la Tierra cada 90 minutos. También que sus cuerpos cambiaban. Y que todo eso escondía significados humanos profundos:

“Le pregunté a un físico cómo me afectaba el espacio desde una perspectiva de la relatividad y él me dijo que era 7 milisegundos más joven en el espacio. Estaba tan emocionado que pensé, hombre, he salvado 7 milisegundos de mi vida. Eso es una cosa real. Y estaba hablando con una amiga mía que es actriz en Hollywood sobre eso y ella me dijo: ‘Me estás tomando el pelo, necesito ir al espacio’, narra medio en broma, pero muy serio, el astronauta Terry Virts (52).

Coronel retirado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, él es uno de los cuatro astronautas que han piloteado transbordadores espaciales, volado en los vehículos Soyuz rusos y comandado la Estación Espacial Internacional, donde pasó 200 días entre 2014 y 2015. “Hay tantos billones de planetas por ahí… Uno pensaría que debe haber vida en otra parte. Por otro lado, la vida es muy complicada, ya que necesita un creador… no solo sucede por sí sola. Es una cosa tan complicada”, dice.

Operación retorno

Medio siglo después de la llegada del hombre a la Luna, el regreso al satélite no parece contar con el mismo interés, ni mucho menos con el relato épico que tenía en los sesenta. En marzo de este año, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, anunció el compromiso de la Administración del presidente Donald Trump de retornar al satélite en los próximos cinco años. Aseguró que la primera mujer y el próximo hombre que vuelvan a pisar la superficie lunar serán, sí o sí, estadounidenses.

Claro que ello implicará varios cambios. Esta semana, el mismo Trump le pidió  al Congreso añadir 1.600 millones de dólares al presupuesto de la NASA para volver a la Luna e ir a Marte. “Bajo mi Administración vamos a restaurar la grandeza de la NASA y volveremos a la Luna, iremos a Marte. Estoy actualizando mi presupuesto para incluir 1.600 millones de dólares adicionales para que podamos regresar al espacio a lo grande”, aseveró Trump en su cuenta de Twitter.

Hoy, parte de las instalaciones de la NASA en Cabo Cañaveral son utilizadas por SpaceX, la empresa del fundador de Tesla, Elon Musk, que tiene en carpeta ambiciosos proyectos de viajes comerciales fuera de la Tierra y la creación de una red de internet global mediante satélites. Otra parte del centro espacial fue entregada a la conservación de la naturaleza.

La importancia de un reloj

En 1964, cuando la NASA realizaba las pruebas para sus misiones, el entonces director de Operaciones de Vuelos Tripulados, Donald Slayton, les pidió a fabricantes de relojes de todo el mundo que presentaran sus modelos para probarlos antes de subir al espacio. Ir con un reloj fuera de la Tierra era clave: se necesitaba un cronómetro que pudiera acompañar a la tripulación y que fuera capaz de soportar las condiciones externas, los cambios de temperaturas y las fuertes vibraciones que suponían el lanzamiento, aterrizaje y regreso de una nave tripulada.

Solo el modelo Speedmaster de la fabricante suiza Omega sobrevivió. Y el 1 de marzo de 1965 fue declarado como el reloj oficial de la expedición. “Cuando vas al espacio, puedes predecir tu trayectoria con una semana de antelación. Todo se basa en el tiempo. Es por eso que quieres un reloj confiable. Tenemos una computadora interna también. Pero cuando estamos afuera usamos un Omega, el único reloj que cumple con todas las especificaciones difíciles. En cuanto al calor de la luz solar, el vacío puro, la vibración del despegue, todo eso”, explica el veterano de cuatro misiones espaciales de la NASA y comandante del Apolo 10, Thomas Stafford.

De 84 años, el también piloto fue uno de los invitados estelares a la celebración de los 50 años del alunizaje que Omega organizó en Orlando, Estados Unidos.

En el mismo Edificio de Ensamblaje de Vehículos, en Cabo Cañaveral, la firma de relojes ofreció una gala de homenaje con el actor George Clooney y su mujer Amal y una impresionante lista de veteranos de la NASA.

Servida debajo del cohete Saturn 5, la cena contó con el mismo menú ofrecido en 1969 para celebrar el éxito de la misión. “Es un gran logro aterrizar en otro mundo. No puedo pensar en una mejor razón para levantar un vaso en homenaje”, dijo el presidente y CEO de OMEGA.

Para celebrar el 50 aniversario, OMEGA lanzó una nueva edición del Speedmaster.