Nicolás Boetsch marcó la vida de muchos… Yo fui uno de ellos.

  • 4 abril, 2008

 

Nicolás Boetsch marcó la vida de muchos… Yo fui uno de ellos. Por Santiago Muzzo

En junio de 1999, yo tenía 29 años y regresaba a Chile con mi señora y dos hijos, luego de dos años de MBA. Aterrizaje en Pudahuel y recorrido por Vespucio. El denso smog de invierno. Nada parecía haber cambiado. En EE.UU. había sido testigo directo de la vorágine de emprendimientos en Internet, entendí su dinámica, pero no sentí que yo podía ser parte de esa revolución. En cambio, había conseguido trabajo en McKinsey; para mí, la mejor consultora del mundo. A los pocos meses me hicieron una oferta para liderar un gran portal de internet en Chile, pero la rechacé de plano. Esas eran mis opciones.

Sin embargo, por esos días me reencontré con Nico. Como siempre, desbordaba simpatía, con su sonrisa, ojos luminosos y sus frases chispeantes. Encontrarse con él era una nueva bienvenida. Era tal la calidez con que te acogía, que uno se sentía cómodo y parte del grupo en cualquier ambiente. Conocerlo y sentirse su amigo de él eran una misma cosa. Siempre estaba disponible para atender los llamados. Cariñoso, generoso y atento a los detalles, todos sabíamos que podíamos contar con él cuando lo necesitáramos. Su presencia en un grupo garantizaba alegría. Verlo en acción, ya fuera esquiando o rompiendo el hielo al inicio de una negociación importante, era un deleite para los sentidos. Un tipo encantador, de cuya personalidad era imposible no enamorarse.

Nico había seguido la veta empresarial de su familia, y cuando nos reencontramos ya contaba con varios emprendimientos en el cuerpo. Recuerdo que estaba muy inquieto con lo que pasaba en Internet y tenía varias ideas. Con su humor de siempre, me decía que quería asociarse con sus amigos mateos, ingenieros cabezones; y que él, como ingeniero comercial, los iba dirigir. Intercambiamos ideas y analizamos posibles negocios. Me mostró un estudio de mercado que había hecho con unos amigos para evaluar un video club con despacho a domicilio. Fue un proceso rápido, no más de dos meses, y lo que para mí partió como un ejercicio analítico terminó en una posibilidad concreta de emprender con Nico. El proyecto requería dedicación absoluta, imposible en paralelo. Esto me sacaba de todos mis esquemas.

Nico era el socio perfecto. Tenía un liderazgo innato, que pude constatar en los grupos con los que subimos cerros, en la Infantería de Marina y en sus emprendimientos anteriores. Era tal su vitalidad, que uno se encantaba rápidamente con sus ideas y terminaba por hacerlas propias. Siempre con un objetivo claro en mente, sabía trabajar en equipo y destacaba por su habilidad para coordinar y delegar tareas complejas. Diez años atrás, su empresa BD Producciones montó un espectáculo del nivel de los increíbles X-Games que se ven hoy en el cable. Recuerdo también el parque de diversiones que armó con varios juegos extremos. El equipo, todos muy jóvenes y alegres, cumplía religiosamente los delicados procedimientos de seguridad. Me impresionaba su capacidad para sacar lo mejor de las personas.

Contaba con una inteligencia emocional privilegiada. Construía nuevos vínculos de confi anza y amistad cada día. Era sensible y no era raro que se emocionara hasta las lágrimas en situaciones positivas. Tenía cientos de amigos que lo querían. Era un hombre bueno y de vivir sano. Una de sus cualidades distintivas era su rapidez de mente y adaptabilidad a los cambios de escenarios; especialmente, en las situaciones de crisis o en emergencia que requerían tomar decisiones complejas con la cabeza fría. Estas habilidades, junto con su disciplina para aplicar procedimientos y protocolos, las debe haber desarrollado en la práctica de deportes extremos. Nico decía que nunca tomaba riesgos, y yo le creía.

Emprender era para mí una decisión radical. Tenía claridad sobre la oportunidad del negocio, así como la confi anza en que podríamos, mediante un servicio de arriendo de películas, construir una marca potente, activo clave para cualquier negocio en Internet. Es decir, estaba la idea y era el momento oportuno. Pero eso no bastaba para renunciar a una promisoria carrera como consultor.

Tener a Nico como socio fue el factor que me convenció de dar el salto, a quemar las naves. A los pocos días estaba frente a su escritorio, le dije que había renunciado ese día y que estaba listo para partir: desde cero. El, en tenida informal y yo de pantalones grises, camisa y mocasines, ya que no concebía aún vestirme de otro modo para el trabajo. Es que esto de emprender era todo nuevo para mí. Nico fue acogedor, me debe haber dado un abrazo de bienvenida y, haciendo gala de su mente práctica me hizo notar que me faltaba un computador para trabajar. Le dije que tenía uno en mi casa y partimos juntos a buscarlo… Era el 31 de noviembre de 1999, el día en que partió Bazuca.