Anacleto Angelini fue por lejos el más poderoso, el más visionario y el más austero de los grandes hombres de empresa de Chile. Hombre discreto y muy poco expuesto, laborioso y de gustos sencillos, siempre se rodeó de un pequeño círculo de colaboradores de su más absoluta confianza. El siguiente es el testimonio de uno de los hombres que mejor lo conoció, Manuel Bezanilla Urrutia, socio del estudio Portaluppi, Guzmán y Bezanilla y vicepresidente de Celco.

  • 7 septiembre, 2007

Anacleto Angelini fue por lejos el más poderoso, el más visionario y el más austero de los grandes hombres de empresa de Chile. Hombre discreto y muy poco expuesto, laborioso y de gustos sencillos, siempre se rodeó de un pequeño círculo de colaboradores de su más absoluta confianza. El siguiente es el testimonio de uno de los hombres que mejor lo conoció, Manuel Bezanilla Urrutia, socio del estudio Portaluppi, Guzmán y Bezanilla y vicepresidente de Celco.

 

Trabajé con don Anacleto durante 40 años y lo conocí muy profundamente, tanto a él como a la señora Marita, una mujer llena de cualidades, y a su familia, sobre todo en los últimos 15 años. Fue una relación muy cercana, porque don Cleto tenía un campo en Santo Domingo y yo tengo casa en ese balneario, por lo cual lo visitaba con frecuencia con mi señora y pasábamos largas jornadas juntos.

En su casa de Santiago no hacía vida social y se volcaba por entero a su familia; prefería el trato directo y eludía reuniones sociales. Pero recibía con gusto a los hijos de su hermano Gino, Roberto y Patricia, y a sus siete sobrinos nietos. También era muy acogedor con los parientes de la señora María.

Don Anacleto fue tremendamente afectuoso y un hombre de gran bondad y generosidad. Era muy cálido y expresivo con las personas que estimaba. Cuando se casó mi primera hija, una persona que estaba sentada al lado suyo en el matrimonio y que no lo conocía me comentó después que le había tocado sentarse al lado de un señor que parecía querer levantarse del asiento en la ceremonia y llegar hasta el altar de lo compenetrado que estaba. Así era él: frontal en sus afectos. Cuando uno iba a su casa, después te acompañaba hasta el auto, te cerraba la puerta y esperaba parado con la señora Marita que el auto se alejara. Siendo un magnate, nunca se hizo rodear de una parafernalia de guardias, mozos o lacayos. Entre otras cosas, porque era extremadamente humano. Y no solo con las personas cercanas a él. Muchas veces me tocó ir caminando juntos por el centro y que lo parara gente que por distintos motivos lo conocía, gente sencilla y don Cleto se daba el tiempo de oír aunque fuéramos apurados a una reunión de la máxima importancia. Lo notable es que no era él quien cortaba la conversación, sino la otra persona.

Lo que más lo definía era su austeridad y sencillez, no solo en términos de cosas materiales, sino también de trato. Siendo muy generoso, nunca quiso que se supiera que era él quien estaba detrás de las donaciones. Ahora último se sabía más, pero don Anacleto toda la vida colaboró con innumerable cantidad de obras, sobre todo educacionales y médicas, y con personas que lo necesitaban. Parecía tener un sexto sentido para esas cosas, porque él mismo contestaba el teléfono cuando le avisaban que tal persona necesitaba hablar con él. Era muy agudo y no era persona de negarse al teléfono ni de cerrar la puerta de la oficina. Privilegiaba las relaciones directas, no las impersonales o multitudinarias. Por eso, pienso, nunca quiso meterse en política. Tampoco se integró o interesó por participar en partidos o asociaciones gremiales.

Tuvo con la señora Marita un matrimonio muy unido. Ya estaban cerca de cumplir 50 años de matrimonio. Nunca le oí hablar de la falta de hijos y creo que esa circunstancia los acercó todavía más. A Roberto, su sobrino, lo formó como un discípulo y en la tradición europea quiso que aprendiera no solo la teoría, sino la realidad desde adentro, pasando por todas las áreas y desde los empleos más bajos.

Don Anacleto era también un agradecido de Chile y se sentía profundamente chileno, diría yo que por responsabilidad. El consideraba que este país le había dado la oportunidad de desarrollarse y se sentía comprometido a retribuirle al país por medio de sus empresas. Nunca pensó en irse de Chile, ni siquiera durante la Unidad Popular, cuando distintos grupos hicieron evidentes los propósitos de despojarlo de todo.

Se ha dicho mucho que don Anacleto era una persona muy intuitiva y que ese rasgo marcaba su manera de hacer negocios. Pero en realidad no era así. Era extremadamente racional. Cada vez que creaba algo nuevo, y también respecto de los negocios que ya tenía, era tremendamente estudioso y dedicaba todo el día y parte importante de la noche (dormía poco) a informarse de todas las características de la operación que iba a realizar. También estaba al tanto de lo que pasaba en sus empresas, no solo en el sentido de estar encima de la operación diaria, sino yendo más allá, interiorizándose y actualizándose permanentemente sobre el negocio en cuestión, los competidores, la proyección internacional, los centros de consumo.

Eso fue así hasta el final. Su éxito nunca se basó en la tincada ni en la suerte. Tenía una mente privilegiada, con una inteligencia muy bien aprovechada, pero desarrolló sus negocios con un esfuerzo tremendo. Por eso no le interesaban los bienes materiales, porque su gozo estaba en las personas y los proyectos.

Hombre extremadamente culto y lector apasionado, le gustaba leer sobre negocios y estaba suscrito a todas las revistas sobre la materia que se publican en Italia y a muchas otras norteamericanas y europeas. Con frecuencia encargaba traducciones de artículos que le interesaban, porque solo hablaba italiano y español.

También leía mucho de historia y en ese campo era un verdadero experto. Realmente parecía un erudito, no solo por la cantidad de datos que manejaba, sino por su entendimiento profundo de las corrientes y tendencias de la historia. Creo que esta disciplina lo ayudaba a comprender mejor al ser humano. A esto se unía una enorme curiosidad intelectual por los temas científicos, médicos y tecnológicos.

La suya fue una muy excepcional combinación de talentos. Cuando estaba molesto lo manifestaba fuerte y no ocultaba sus disgustos. Pero no era hombre de enojos largos, más allá de que casi siempre era él quien tenía la razón.

También se ha dicho –y no era así– que fue una persona fría en lo profesional y un negociador duro y difícil. Don Anacleto estaba muy lejos de responder a esa imagen. Lo que pasa es que era muy programado y cuando suscribía un esquema determinado de negociación era persistente para mantenerlo. El caso de Carter Holt, donde buscó hasta el final que se respetara el acuerdo con los neozelandeses, respondió específicamente a esta característica.

Con él, había que respetar los negocios en los términos en que se habían concebido. Así como nunca fue un improvisador, tampoco hay nada más lejos suyo que ser un empresario de pasada. Siempre pensaba los negocios a futuro y también preocupándose de los intereses de los otros.

Las grandes cosas las llevaba él y siempre estaba preocupado de los accionistas minoritarios; cada vez que tenía que tomar una decisión importante pensaba en ellos y por eso nunca tomó para sí oportunidades de sus empresas. Por eso hacía pasar los negocios por las empresas Copec, para que se beneficiaran el 40% de accionistas independientes. No lo movía el lucro personal, sino planificar y crear empresas. Le preocupaba el desarrollo del país y dar trabajo y educación. Lo de don Anacleto era el mundo real, le gustaban los negocios con chimenea, las empresas que producían y por eso no le interesaba el tema financiero. Era en ese sentido como los artistas, que no están movidos por el lucro principalmente, sino por crear. El arte de don Anacleto era desarrollar empresas. Estaba acostumbrado a la adversidad.

Vivió los rigores de la guerra, estuvo en un campo de prisioneros inglés y vino a probar suerte literalmente al otro lado del mundo. Vivió también problemas en sus empresas, pero estoy seguro que lejos lo que más lo angustiaba eran las reducciones de personal. De hecho, las evitó cuanto pudo, porque le importaban genuinamente las personas, al margen de las potencialidades profesionales que pudieran tener.