Isla Dawson vuelve a estar sobre el tapete. La trae a colación la película que allí filma Miguel Littin, pero también los recuerdos, encuentros y desencuentros que provocan los hechos que allí ocurrieron a partir de 1973. Como confiesa este reconocido director de cine, “más allá de la situación coyuntural chilena, lo que me interesa rescatar es al hombre frente a la adversidad, frente a la naturaleza, frente a Dios…”. Capital, el único medio presente en el rodaje, comprobó in situ que no pudo encontrar un lugar más adecuado para ello.

  • 10 octubre, 2008

 

Isla Dawson vuelve a estar sobre el tapete. La trae a colación la película que allí filma Miguel Littin, pero también los recuerdos, encuentros y desencuentros que provocan los hechos que allí ocurrieron a partir de 1973. Como confiesa este reconocido director de cine, “más allá de la situación coyuntural chilena, lo que me interesa rescatar es al hombre frente a la adversidad, frente a la naturaleza, frente a Dios…”. Capital, el único medio presente en el rodaje, comprobó in situ que no pudo encontrar un lugar más adecuado para ello. Por Patricia Arancibia Clavel.

Estoy en Dawson, una isla que comenzó a formar parte de nuestra memoria histórica en septiembre de 1973. Situada unos 100 kilómetros al sur de Punta Arenas, su superficie es 11 veces mayor que Isla de Pascua. Desde mayo de 1972 es una base naval, por lo que tiene acceso restringido. Para llegar aquí, se necesita no sólo una autorización especial de la Armada, sino coordinar con ella una fecha que coincida con el viaje que –no siempre de manera regular– realizan a la isla una barcaza, un avión o un helicóptero institucionales.

La diferencia es sustantiva y todo depende de las condiciones climáticas y la disponibilidad de transporte existente. En la barcaza, la travesía desde Punta Arenas puede extenderse por entre cinco y siete horas. Por aire, no más de treinta minutos. Pero uno no elige. Hay que estar dispuesta a cualquier eventualidad y alerta al llamado de un oficial que, con poco tiempo de anticipación, avisa el lugar de embarque y el medio de transporte. En mi caso, el llamado llegó al hotel Tierra del Fuego, en Punta Arenas. Tuve suerte. Debía partir en helicóptero a las siete y media de la mañana siguiente, aprovechando la visita de inspección que realizaría a la isla el jefe del Estado Mayor de la Tercera Zona, capitán de navío Jorge Aguirre.

El vuelo es a baja altura sobre el Estrecho de Magallanes. Hacia el este, se observa la ciudad de Porvenir y, luego de unos quince minutos avanzando hacia el sur, aparecen a nuestra vista los contornos perfectamente delineados de esta isla semi desierta que a partir del 16 de septiembre de 1973 fue lugar de relegación tras el golpe del 11. Mientras en Santiago aún se combatía, la Junta Militar ordenó confinar allí a los colaboradores más cercanos del presidente Allende y a un grupo de detenidos políticos de la región magallánica.

Desde el aire se divisa un conjunto de construcciones bajas de color blanco y techo rojo, diseminadas en torno a un muelle: estamos llegando a Puerto Harris, centro de la base naval y donde hace 35 años desembarcó, de madrugada y con incierto destino, una treintena de personalidades del régimen depuesto, entre los que se encontraban los ex ministros Clodomiro Almeyda, Sergio Bitar, Orlando Cantuarias, Edgardo Henríquez, Fernando Flores, Arturo Jirón, Orlando Letelier, Luis Matte, Aníbal Palma, Osvaldo Puccio, Pedro Felipe Ramírez, José Tohá, Jaime Tohá y otras figuras activas del gobierno de la Unidad Popular.

Los recuerdos vienen al caso, porque he viajado a Dawson para observar de cerca el rodaje de la película Isla 10, basada en el libro homónimo de Sergio Bitar, que fi lma in situ desde hace un par de semanas el cineasta Miguel Littin. El tema ha causado polémica entre algunos de los propios “protagonistas”, que acusan al director de darle demasiada “pantalla” a Bitar, como también entre quienes critican a la Armada por facilitar sus dependencias para revivir hechos de un pasado que incomoda.

Al ver flamear nuestra bandera en este simbólico y solitario punto del territorio austral, es muy difícil no preguntarse, una vez más, sobre qué nos pasó, en qué fallamos, por qué no fuimos capaces de evitar la confrontación y permitimos –los de uno y otro bando– que en un momento crítico de nuestra historia nos dominara la lógica de la violencia y de la guerra.

 

 

In situ

El día está soleado, pero corre un fuerte viento helado. Con la caballerosidad propia de los marinos, me da la bienvenida el comandante de la base, capitán de fragata Claudio Jofré Montaner.

Llego al casino de oficiales, donde espero encontrar a Littin y a su equipo de filmación. Aunque son apenas las ocho y cuarto de la mañana, no encuentro a ninguno de ellos. Están desde muy temprano en el lugar de rodaje, a 15 kilómetros de Puerto Harris. Después de un buen café, decido dar una vuelta por los alrededores para admirar el paisaje y conversar con los lugareños. La población estable de la isla no supera las trescientas personas. Viven allí 93 oficiales, suboficiales y gente de mar, con sus respectivas familias. Camino hacia la iglesia San Rafael, una construcción que, en tiempos de la presencia salesiana, fue levantada por la empresa ganadera Gente Grande en 1918 y que conserva aún toda su belleza. Luego me acerco al muelle, donde varios niños juegan y andan en bicicleta.

Está con ellos Micaela, la señora de un suboficial que lleva viviendo aquí dos años, y le quedan todavía tres más… No le parece mucho tiempo. “Asumo mi realidad –me dice sonriendo–, el paisaje es espectacular y aprovechamos para tener mucha vida de familia y ahorrar. La escuela es buena para mi hija: allí le entregan una educación personalizada, ya que en total son 130 niños, pero –me agrega– sólo tiene hasta octavo básico”. Me cuenta que la isla se ha revolucionado con la llegada de actores famosos como Cristián de la Fuente y Benjamín Vicuña, y que pese al frío y la nieve, salen a dar una vuelta por si se los topan por ahí. Impresiona que –más allá del aspecto farandulero– ella tenga clara conciencia de que la película que se está filmando posee un importante significado histórico, “no sólo para nosotros acá en la isla –me dice– sino para todos los chilenos”. No conoce el guión ni ha leído el libro de Bitar, pero –agrega– “sé de qué se trata y pienso que es bueno que se haga, aunque sea duro rememorar momentos difíciles. Debemos dejar atrás ese rencor del pasado y aprender a convivir. Yo no tengo condición política, soy joven y creo que hay que olvidarse del odio que un día dividió a nuestros padres”. Su calidez y hospitalidad quedarán demostradas al anochecer, cuando me invita a su casa y comparto con ella una rica pizza.

De vuelta al casino de oficiales, donde me alojo, me encuentro con tres cabos que trabajan al costado del helipuerto. Se muestran contentos porque su rutina y aislamiento ha cambiado en las últimas semanas. Con autorización del mando, están participando activamente como extras en la filmación de la película. Uno de ellos cuenta que le tocó hacer de prisionero. “Subí con los actores a un camión militar, me pasaron una capucha de saco y, con ella puesta, como todos los demás, filmaron la escena en que los detenidos llegaban a la isla. Gente también nuestra, con uniforme de campaña, hizo de guardias. Nos empujaban bruscamente y nos apuntaban con sus fusiles, recreando lo que al parecer sucedió aquí el 73”.

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Menos locuaces que Micaela, no se pronuncian sobre el contenido de esta y otras escenas en que han participado, ni saben si las cosas sucedieron tal como se están recreando. “Nosotros –reconoce uno de ellos– no conocemos el guión, pero intuimos que algunas tomas van a causar polémica porque son muy fuertes, y los que estaban en ese tiempo aquí no van a quedar bien parados”. Al preguntarles si eso los afecta en lo personal, responden que no, que ni siquiera habían nacido en esa época y que lo que a ellos les interesa es el futuro y no el pasado.

Almuerzo con los oficiales en un ambiente distendido. Explican que han intentado hacer lo más grata posible la estadía de Littin y de su equipo, coordinando sus requerimientos y allanando las cosas para que todo salga bien. Son 40 personas a las cuales hay que atender, darles alojamiento y “rancho”. Claro que la productora paga los costos, incluyendo materiales de construcción para las escenografías, bencina y teléfono… cuando funciona. No hay señal para celular y las comunicaciones con el exterior son muy difíciles. En el casino alojan unos pocos. Son los VIP: Littin, su hijo Joan, que es el director de fotografía; Carlos Garrido, el director de Arte; el productor Jorge Infante; una pareja de brasileros –Nicolás Hallet y Simone Dovrado– que son los sonidistas, y algunos actores; entre ellos, Pablo Krogh (que interpreta a José Tohá), y Bertrand Duarte, también brasileño, quien caracteriza al arquitecto Miguel Lawner. De la Fuente y Vicuña ya se han ido, dejando una muy buena impresión: llanos y abiertos, compartieron con todos, sin aspavientos hollywoodenses. El resto del personal técnico, asistentes y otros actores, como Alex Rivera y Luis Bravo, alojan –por razones de espacio– en “la leonera” o “favela”, como ellos mismos le han puesto a un pabellón que queda más abajo y donde se dispuso –en un amplio dormitorio (entre- puente)– una corrida de más de veinte literas-camarotes. Hay allí también cocina, comedor y sala de estar.

La tarde se pasa volando. Releo el libro de Bitar y tomo algunas notas. Estoy ansiosa de encontrarme con Littin o alguien de la película, pero se han quedado trabajando hasta tarde, aprovechando al máximo la luz para luego reunirse en la leonera a presenciar el partido Chile-Brasil. Me voy a la casa de Micaela sin verlos. Con Littin, camino al set Es maravilloso el amanecer en Dawson. Desde la ventana de mi pieza observo el muelle, un mar embravecido y oigo el silbar del viento. Son las siete de la mañana y se escucha actividad. Tengo que apurarme. No quiero perderme este día de filmación. Me encuentro en el pasillo con Littin. Le doy las gracias, porque Capital es el único medio de comunicación al cual ha permitido estar presente en el rodaje. Se le ve cansado, pero contento. Tomamos desayuno rápidamente y me invita a que conversemos en la camioneta que nos llevará al lugar donde se ha levantado el set.

El trayecto dura alrededor de 25 minutos. Antes han partido un bus y un furgón con el grupo, la cámara y los otros implementos de filmación. Vamos bordeando el canal Whiteside –paralelo al Estrecho de Magallanes– por un camino de tierra, con muchas curvas y pozas de aguanieve. Me cuenta que está aquí gracias a que ha llegado a un entendimiento con la Armada: “un acuerdo transparente, que está buscando el bien común y que se ha respetado por ambas partes”. En verdad, reflexiona, “yo podría haber filmado en cualquier parte del mundo, pero aquí no hay nada que ocultar. La polémica no la crea la película, sino la historia de lo que sucedió. Todo esto nace de un gesto de la Marina en que se reconocen el pasado y el hecho cierto de que, en esta isla la institución mantuvo con suspensión de libertad a un grupo de detenidos políticos. Ese gesto se hizo efectivo en 2003, treinta años después de lo sucedido. Vine y grabé un documental, primer paso que me impulsó después a pensar en una película”.

Littin dice que la estructura general del guión la ha cambiado varias veces, que lo afina permanentemente y que no necesariamente refleja todo lo que verdaderamente ocurrió. Los escritores, como los cineastas, se dan licencias. No hacen historia, sino ficción. Hay caracterizaciones reales, con nombres y apellidos, pero también personajes y situaciones inventadas. El guión provisorio lo terminó de escribir en febrero de 2007 en base al libro de Bitar, pero también de otros testimonios que leyó y escuchó en distintos lugares. “Muchos de los que estuvieron aquí me han contado sus experiencias, que son experiencias humanas que hablan de la cotidianeidad de la conducta del hombre, de su dignidad. Más allá de la situación coyuntural chilena, lo que me interesa rescatar es al hombre frente a la adversidad, frente a la naturaleza, frente a Dios… Es intentar relacionarse con lo mejor y también con lo peor de nosotros mismos en un momento dado de nuestra historia”.

Después de recorrer alrededor de 6 kilómetros, detenemos la camioneta. “Aquí –me informa Littin– estuvo ubicado el primer campamento de detención: el COMPINGIN, construido por una compañía de Ingenieros de la Infantería de Marina”. Es un sitio abandonado donde no queda ni un atisbo del pasado. Sólo restos de materiales usados por la producción que recreó el recinto de confinamiento, ciñéndose a algunos dibujos trazados por uno de los detenidos. Nos bajamos unos minutos. Hace mucho frío.

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Rodeados de árboles de lenga, en el silencio de la mañana, se escucha a los caiquenes y bandurrias que sobrevuelan por ahí. “Nosotros –reflexiona– debemos buscar la fórmula para vivir con tolerancia y con respeto por las ideas de los demás, que nos permita no desalojarnos permanentemente, sino por el contrario, alojarnos. Yo diría que la palabra de hoy es alojémonos, encontrémonos, busquemos un espacio donde podamos convivir en común”.

Seguimos adelante otros nueve kilómetros y, después de una curva, aparece ante nosotros una bien lograda escenografía: una, dos, tres, cuatro barracas de madera distribuidas en torno a una especie de patio; todo, rodeado de alambres con púas. A un costado, una torre de vigilancia, la bandera chilena y un arco de entrada con un pequeño cartel donde se lee “Campo Militar Río Chico”. Desde el COMPINGIN, los prisioneros fueron trasladados aquí en diciembre de 1973.

 

 

 

En pleno “campo militar”

Aquí bulle la actividad. Cada uno de los miembros del equipo hace su tarea. Algunos tiran cables, otros desplazan la cámara, los de allá prueban sonido. Varios actores repasan el guión y arreglan sus maquillajes y vestuario. Los cabos y marineros que hacen de extras se confunden con el todo sin que a primera vista pueda diferenciarlos.

Littin entrega las primeras instrucciones. Se nota un respeto casi reverencial hacia el director. Todos están atentos a sus movimientos y órdenes. La cámara es responsabilidad de Joan, de quien su padre me ha hablado con indisimulado orgullo. Llama la atención la cantidad de gente joven que integra el equipo, entre los cuales hay un par de españoles. Se nota –a estas alturas– que es un grupo afiatado en el cual participan más de 10 alumnos en práctica que comparten por primera vez con jóvenes más maduros, ya titulados, la experiencia de filmación. “Estoy llevando el proyecto de escuela viva a su límite”, me había comentado Littin en el camino.

No tengo idea qué parte de la película se rodará. El texto del guión es reservado, por lo que no tengo otra alternativa que usar mi grabadora para registrar al menos una escena. Estoy consciente de que, pese a la amabilidad de todos, soy una “intrusa”, que debo molestar lo menos posible. Nunca he visto cómo se realiza una película “de verdad” y agradezco la posibilidad de estar aquí. Llega la hora, el set está preparado. Alguien comenta que se fi lmará la escena 170 y observo con atención. Ya están todos en sus puestos, la asistente grita ¡silencio! y oigo esas palabras mágicas que dan inicio a todo rodaje en exteriores: “video, corre”, “sonido, corre,”, “cámara, corre” y la voz de Littin que da la última señal: “acción”.

Los detenidos -actores que personifican a Almeyda, Tohá, Puccio, Lawner, Letelier y a varios más– están dispersos en el patio. En un rincón, unos escuchan concentrados a alguien que les lee en voz alta. Más allá, otros cortan leña, trasladan utensilios, apilan madera. De pronto, irrumpen varios soldados y con ellos un teniente que manda formación. Se ordenan en dos filas, con desgano pero también con curiosidad. El teniente se cuadra frente a ellos y con voz firme y segura les habla: “prisioneros: he llegado hoy a la isla. Tienen que olvidar lo que eran… Miren lo que son ahora. Cualquier conscripto es cien veces mejor. Chile no necesita intelectuales vagos y ociosos como ustedes. Lo que Chile necesita son soldados y eso haremos de ustedes… cueste lo que cueste. ¿Me oyeron? Cueste lo que cueste… y el que no lo entienda así, quedará a un lado del camino…”

Algo no ha salido bien y la escena se repite una y otra vez. Littin es tremendamente estricto con los actores. Pero ellos no se quejan y se esfuerzan por mejorar. Es increíble cómo les saca partido hasta lograr al fin, en la sexta o séptima repetición, hacer el corte, darles respiro e iniciar una nueva toma.

Quien imagine que hacer una película es fácil, está muy equivocado. Más aún bajo las condiciones climáticas en que ésta se filma. Aquí el desgaste físico y emocional es grande para todos los involucrados. Las horas pasan y todos se mantienen a a intemperie hasta que el sol desaparece. Sólo se interrumpe el trabajo a la una o dos de la tarde, para comer un sandwich y tomar una bebida. Entremedio, mucho café y cigarrillos.

Presencié otras escenas de similar factura y lenguaje. Antes se han filmado algunas de igual o mayor crudeza, como también otras donde aparecen en toda su dimensión momentos de gran contenido emocional.

 

 

Perfil de un personaje

Quien hace un papel espectacular es Pablo Krogh caracterizando a José Tohá. “Mi interpretación es difícil –me dice– porque él ya no está con nosotros, pero sí en el imaginario colectivo de muchos, no sólo de su familia, sino de los políticos y de personas comunes y corrientes que aún lo recuerdan. Estoy enamorado del personaje. Por lo que he investigado, era una persona intachable y de gran sensibilidad. He tratado de ahondar en su humanidad y me ha costado, pero por otra parte estoy feliz porque era un hombre muy querido por sus pares, independiente de su posición ideológica”. Le pregunto sobre cuál escena le ha llegado más a fondo y me contesta que básicamente dos: “una, que es la despedida de Tohá de la isla, enfermo. Todos los que están en el campo de concentración sienten que es un logro que uno de ellos salga, pero si bien Tohá está contento, se siente culpable de que los demás se queden; entre ellos, su hermano. Se produce entonces una serie de sentimientos contradictorios que son duros para cualquier persona. La otra escena es cuando, en los últimos momentos antes de partir, tiene un encuentro muy profundo con uno de los personajes de la película, el sargento ‘Malacueva’, quien siempre lo había protegido y le regala una naranja, en un gesto muy lindo de mancomunión. Fue súper emocionante para todos”. Pablo representó en Machuca, la película de Wood, al coronel Sotomayor y está convencido de que la gente va al cine a ver buenos trabajos y no tendencias políticas.

Se está poniendo el sol y hay que regresar a Puerto Harris. Tengo la sensación de que mi viaje no ha sido en vano. He percibido entre todos aquí –marinos y visitantes– un espíritu de amistad cívica y de búsqueda de entendimiento que me parece sincero. No se puede poner en duda que la película que se filma está pensada y sentida desde una perspectiva de izquierda. No sólo su director es de esa tendencia, sino que gran parte de los dolorosos hechos que se recrean sucedieron, efectivamente, a los dirigentes de la Unidad Popular confinados aquí. Pero tampoco podemos olvidar que Isla 10 no es un documental, sino una película basada en testimonios que, si bien son un elemento importante de la memoria histórica, no constituyen por sí solos, en rigor, la Historia.

Quienes tenemos un punto de vista diferente no debiéramos inquietarnos, ofendernos ni descalificar a priori el esfuerzo que se está realizando. Es más, me parece que una sociedad madura y segura de si misma debe ser capaz de mirar atrás y sentirse, al menos, en paz con su propia conciencia.